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Posts Tagged ‘Angélica’

Me había vestido correctamente. Nada de vaqueros ni ropa informal. Me había puesto una camisa clara y mi mejor chaqueta. De la corbata, que tan convencional me resulta, prescindí. Fue una pequeña concesión que me hice a mí mismo.
¿De qué vale arreglarse cuando se salta al vacío? Con ella uno nunca sabe a qué atenerse. Es impredecible. Ella es Angélica.
El trayecto hasta su casa no lo hice en mi coche sino en autobús. Era consciente de que no las tenía todas conmigo.
No quería pensar. Quería distraerme mirando a través de la ventanilla.
Confiaba en que esta vez sería diferente. No esperaba que todo fuese como una seda. Eso sería soñar con los ojos abiertos. Me conformaba con que todo transcurriese con normalidad. ¿Era mucho pedir?
Sé que no hay soluciones definitivas, que raramente nuestras expectativas se ven colmadas. Mis ilusiones habían mordido el polvo a menudo. Sin embargo, me resistía a darme por vencido. La trémula llamita de la fe se mantenía encendida.

-o-

Durante el viaje en autobús me convierto en el campo de batalla de emociones contradictorias. Como si yo fuera un botín de guerra, unas forcejean por hacerse con mi corazón que late como si fuera a apagarse; otras por hacerse con mi cabeza que, bajo el peso de mis obsesiones, se inclina sobre el cristal. En mi estómago despunta la náusea.
Aunque la sangre no llega al río, ese malestar mina los cimientos de mi confianza.
Bien es verdad que esas somatizaciones son controlables. De hecho, cuento con ellas.
Son la respuesta del animal que se apresta a la lucha. El primer combate que libra.
Estas consideraciones me ayudan a encarar mi situación con el espíritu de un guerrero al que, indefectiblemente, se le ofrecen dos posibilidades: el triunfo o la derrota.
Delante de mí, en un asiento de la derecha, va un hombre gordo, vestido con atildamiento. Tiene un morrillo como el de un buey. Un cuello robusto que se alarga como el de una serpiente antediluviana.
Cuando vuelve la cabeza, muestra su rostro en el que brillan sus ojos enrojecidos. Observo sus fauces entreabiertas y su monstruoso pie guarnecido de grandes uñas corvas.
El dragón habla con una voz ronca que se superpone al ruido del tráfico, que anula cualquier sonido, una voz retumbante imposible de silenciar. Comenta que su madre tiene novecientos y pico de años.
“Y está como una rosa”. Una bruja de nariz ganchuda y mejillas hundidas le pregunta por el secreto para conservarse en tan envidiable estado.
“Bueno, mi señora madre tiene una gotera” “¿Qué le pasa?” pregunta la vieja en un tono meloso que trasluce su falso interés.
“No lo van a creer” responde fijando sus protuberantes ojos, que recuerdan los de un besugo gigante, en la bruja, la cual, sin pestañear ni achantarse, le sostiene la mirada.
“Le duele la muela del juicio” declara soltando una carcajada que la vieja corea de buena gana. “¡La muela del juicio!” repite entrecortadamente el dragón muerto de risa.
De pie, agarrado a la barra, un doncel de cabeza arrogante contempla con la barbilla alzada a esa singular pareja.
Como aún no ha sido armado caballero, no lleva espada. Si tuviese una, tal vez la usara para hacer callar a esos dos patanes.
Del cuello del joven cuelga una cadena con un medallón. Figura en él una leyenda en letras góticas que, por más que aguzo la vista, no consigo leer.
El doncel, disgustado por el espectáculo que están dando esas dos criaturas, cambia de postura y se pone de cara a la ventanilla. Luego, abstrayéndose del entorno, mueve la cabeza al son de una música que sólo él oye.
Mi viaje llega a su fin. Angélica me espera, no quiero llegar tarde a la cita. Me levanto. Mejor dicho, nos levantamos el dragón, la bruja y yo. Los tres bajamos en la próxima parada.

 

 

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