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Anteo (IV)

IV
Sigo andando por esa calleja curvilínea,
calleja de los sueños,
donde mana la vida
en un punto concreto,
donde está la salida
del mundo rutinario,
donde el júbilo anida
cual ave de los trópicos
cuyas plumas se irisan
con la luz matinal, con la luz vespertina.

15

Después del almuerzo, aprovechando que tenían la tarde libre, los Zapadores se encaminaron al bosque de Tuum.

Deteniéndose a escasa distancia de ese recinto sombrío y misterioso, contemplaron los árboles centenarios sin despegar los labios, sintiendo cómo se les erizaban los pelos del cogote.

Roque indicó que era allí donde había que realizar la invocación. Para tranquilizar a sus compañeros añadió condescendiente que no era necesario entrar. Si acaso alguien saldría, bromeó.

Luego les mandó que formaran un círculo cuyo centro ocupó. Kim, con la confianza que le daba ser su lugarteniente, preguntó al líder si sabía lo que estaba haciendo. Este respondió que controlaba la situación. Sonriendo vagamente añadió que pronto lo comprobarían.

Elevando la voz y las manos Roque principió el conjuro. Las palabras guturales resonaron ininteligibles. Las estuvo repitiendo a pleno pulmón hasta que un brazo de niebla oscura y espesa surgió del bosque.

Esa emanación avanzó y se cernió sobre el corro de inmóviles muchachos. A continuación giró en espiral hasta formar un lóbrego dosel que desprendía un vaho fétido, como el aliento de un enfermo.

El oficiante y sus acólitos se asustaron y huyeron. De lejos vieron cómo la nube descendía y se transformaba en un cuerpo de apariencia humana, cuyas extremidades crecían y menguaban, cuya cabeza aparecía y desaparecía, asomando por diversos puntos del contorno irregular de esa figura en perpetuo estado de cambio.

El terror se apoderó de los miembros de la banda cuando se percataron de que ese ente o ese genio fallido, como lo definió Roque más tarde, salía en su persecución.

Por fortuna, bien porque sus fuerzas se debilitasen a medida que se alejaba del bosque de Tuum, bien porque la camisa de lino bordada con la H de Haitink cumpliese su función protectora, las prolongaciones tentaculares de esa gigantesca ameba no lograron capturar a los pandilleros.

329.-La India es uno de los países que más fascinación ejerce. El griego y el latín, de los que derivan las actuales lenguas romances, son ramas del indoeuropeo cuya cuna es ese superpoblado país asiático. Muchos son los escritores que se han sentido atraído por él, entre otros Henri Michaux que le dedicó una parte de su libro “Un bárbaro en Asia”, y Octavio Paz que fue embajador en Nueva Delhi, y que en 1995 publicó “Vislumbres de la India”.

El sistema de castas, la literatura védica y las numerosas divinidades que integran el panteón ario, son indudables centros de interés.

Pero no es de sus dioses buenos ni de sus demonios, de Indra, el señor de la fuerza, de Agni, el señor del fuego, ni del soma, de lo que queremos hablar, sino de algunos conceptos clave de la filosofía y de la religión hindúes ampliamente difundidos en Occidente.

Es posible que el primer lugar lo ocupe la creencia en el karma, según la cual todo acto tiene efecto. Todo acto produce resultados positivos o negativos. El karma se podría definir como el peso que generan nuestras acciones.

El Brahman es la gran fuerza cósmica. Es el Universo, el Todo, el Absoluto.

El atman es una personalidad propia, un yo. Es también la conciencia, el alma.

El samsara es la gran rueda del destino, que recuerda y es en gran medida semejante a nuestra rueda de la fortuna. En el hinduismo representa el inacabable ciclo de renacimientos, muertes y reencarnaciones.

Para escapar de esa despiadada “imperatrix mundi”, para detener sus demenciales vueltas que nos condenan una y otra vez a chapotear en el fango, debemos comprometernos con nuestra propia liberación (moksa).

La liberación de las miserias humanas consiste en lograr que atman sea uno con Brahman. Este objetivo no se consigue así como así. Hay tres caminos que requieren un alto grado de concienciación y de responsabilidad.

La madre del cordero es la “avidya”, palabra sánscrita que significa ignorancia. Es ella la causa de que procedamos incorrectamente acumulando cada vez más energía nociva. Nuestras acciones regidas por el egoísmo, la codicia, la gula, la envidia, la lujuria, etc. van conformando un karma de plomo que permanecerá enganchado a la infernal noria del samsara.

Si pasamos al budismo, que apareció en el subcontinente indio entre los siglos VI y IV a.C., a pesar de las diferencias con el hinduismo, la meta es la misma: la liberación. El término utilizado en este caso es nirvana, que significa extinción. Ambas religiones coinciden en que bueno está lo bueno. Lo sensato es cortar y volver a Brahman, o poner punto final a este disparate mediante la iluminación.

Para alcanzarla Sidarta Gautama propone la vía media de conducta. Alejada de los extremismos ascéticos y ritualistas, esta prudente opción ha seducido a miles de occidentales.

Dharma es el vocablo polisémico que se emplea para designar la doctrina budista que acepta las nociones de karma, samsara y moksa, pero que rechaza las de Brahman y atman.

El núcleo de esta enseñanza lo constituyen las cuatro nobles verdades. La cuarta es un camino de ocho sendas, el óctuple camino, que lleva al despertar. Es decir, al nirvana. ¿Y después qué?

Después el paranirvana, la extinción total, la nada. Eso es lo que nos espera tras el arduo trabajo de la liberación. Buda no era de los que condescienden a dorar la píldora.

Solano (II)

14

La ceremonia tuvo lugar en la Sala Abovedada. Los aprendices recibieron dos camisas de lino bordadas con la H de Haitink. Siempre debían llevar puesta una.

En el espaldar de una silla había también una burda camisa de arpillera. El Gran Maestro explicó que estaba reservada para quien alcanzase la libertad.

Roque, mirando de reojo a su lugarteniente Kim, esbozó una mueca de rechazo. Sus aspiraciones eran otras.

Mako, menospreciado desde que recibiera el castigo por irse de la lengua, percatándose de ese gesto, arrugó la nariz al tiempo que señalaba la camisa con un movimiento de la barbilla en un intento de congraciarse con el jefe de la banda.

Mortimer hablaba ahora de las blancas camisas de lino que eran un talismán protector. Debían guardarlas cuidadosamente. Si las perdían o las desgarraban, les sería más difícil no sólo superar las restantes pruebas, sino también enfrentar las trampas y peligros que el destino les tenía reservado.

A juzgar por las sonrisitas y los cruces de miradas, a Roque y los suyos las propiedades bienhechoras de esas prendas les resultaban divertidas. El mozalbete cariancho, de nariz en forma de silla de montar y orejas a las que faltaba poco para ser de soplillo, masculló que eso era un cuento de vieja.

La influencia de Roque había aumentado por inexplicable que tal hecho pareciese a Edu y a Hemón. Los otros miembros de la banda se habían convertido en sus lacayos. Mako, relegado a un estatus bufonesco, ocupaba el escalafón más bajo, pero todos acataban igualmente las disposiciones del cabecilla sin objetar nada.

Este preparaba, por cierto, algo grande, una contraprueba que, invistiéndole de poder, le permitiría desafiar a los mismos Maestros de Haitink.