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Palmeras (III)

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10

Cada cual tenía sus propios puntos de referencia. Los míos eran las chumberas y la casita abandonada. Ninguno de los dos apareció.

Poco a poco nos fuimos relajando. Cuando nos cercioramos de que nos habíamos zafado de ese círculo vicioso, Pedrote lanzó un hurra que tuvo amplia resonancia. Para descargar la tensión nos pusimos a cotorrear. Nuestro parloteo estaba salpicado de vivas que eran coreados a pleno pulmón.

“¡Qué calor!” exclamó Carmelina.

Nuestro alborozo se manifestaba en ataques de risa contagiosa. Pedrote era quien más destacaba. En ocasiones parecía que estaba rebuznando.

“Sé prudente, que esta carretera es peligrosa” me aconsejó Luisa.

Las frondosas encinas estaban cuajadas de amentos. Sus agrietados troncos se abrían en dos gruesas ramas casi paralelas al suelo. Las copas eran inmensas.

Mientras cruzamos la arboleda, guardamos silencio. A continuación el seíta remontó una cuesta y apareció ante nosotros una calle espaciosa, con acacias en las aceras.

En los balcones había macetas de geranios y claveles, cuyas flores asomaban a través de los barrotes.

“¡Por fin!” dijo Carmelina. “No sabéis las ganas que tenía de llegar” “Ahora tenemos que dar con la casa. ¿Quién tiene la dirección?” pregunté.

“Yo” respondió Luisa y se puso a buscar en su bolso. “No encuentro el papelito” dijo al cabo de un rato. “Debería haberla anotado en mi agenda” “Mira bien” “Lo siento mucho, la he olvidado en Sevilla”.

“¿Y ahora qué hacemos?” preguntó Carmelina. “Ninguno de nosotros sabe dónde vive” “Demos un paseo” respondí “e informémonos”.

Recorrimos el pueblo sin ver un alma. De los barrios recientes nos trasladamos al casco antiguo, formado por calles, algunas con escalones, que culebreaban por la ladera del monte.

Aminoré la velocidad a causa de los desniveles y de la irregular pavimentación de guijarros, en cuyos intersticios crecía la hierba.

Acabamos extraviándonos en las vueltas y revueltas de ese dédalo de vías estrechas con casas de aleros bajos y rústicos arriates.

Había pintorescos rincones en los que se apeñuscaban tiestos y latas sembrados de rosales, hibiscos y capuchinas. Pero nuestro objetivo no era hacer una visita turística. Queríamos salir de allí cuanto antes y proseguir nuestra pesquisa.

El problema estribaba en que no lográbamos orientarnos. Yo obedecía sin rechistar las indicaciones de mis compañeros. Si, en un rapto de inspiración, me decían que cogiese por aquí o por allí, yo me atenía a sus instrucciones. Luego permanecía a la espera. Entonces declaraban: “Nos hemos confundido. Por ahí no es, ¿verdad?”.

Ni siquiera me molestaba en contestar. Yo no sabía nada tampoco y habría sido hablar por hablar.

Cuando nos poníamos a razonar, era peor. A los cuatro nos parecían correctas nuestras deducciones que, sin embargo, no coincidían. En cuanto a nuestros argumentos, nos parecían irrebatibles hasta que los poníamos a prueba.

El resultado era que íbamos a parar siempre al mismo lugar.

“¡Estoy harta!” se lamentó Luisa. El coche corcoveaba por el empedrado. “¡Harta!” “Otra vez no, por favor” suplicó Carmelina. “Esto acaba con la paciencia de cualquiera” “La mía está agotada. Si no salimos de aquí en cinco minutos, me pondré a gritar”.

“Ya te guardarás” repliqué. “Si tú gritas, yo canto” añadió Pedrote. “Y yo te estrangulo” remató Carmelina.

Iba ofuscado y dejé de prestar atención al itinerario. A fin de cuentas daba igual girar a la izquierda o a la derecha. Así fue como nos metimos en un callejón sin salida.

En vez de dar marcha atrás me quedé mirando la pared que nos interceptaba el paso.

“Tenemos que hallar una solución” dije. “¡Bravo!” exclamó Pedrote. “Voy a sacar el coche de aquí…” “¿Y luego?” “Luego voy a soltarlo, que haga lo que quiera” “Una idea brillante” ironizó Carmelina.

“¿Tú crees que eso funcionará?” preguntó Luisa. “Ya veremos”.

 

 

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El título completo del libro es “Vathek, cuento árabe”, que remite a “Las mil y una noches”. El protagonista, además, es nieto de Harún al-Rashid, aunque quizá habría que adjudicar ese papel principal a la fantasía de la que el autor hace un extraordinario despliegue.

Esta narración no cabe calificarla de imaginativa. La imaginación, por mucho que se aleje, permanece conectada a la realidad, en la que revierten sus planteamientos. Esta narración es fantástica porque va más allá de la realidad, de la que suelta amarras para cabriolar en el vacío.

La imaginación tiene, por escasa que sea, una vertiente práctica. La fantasía es la negación de toda veleidad utilitarista. A Beckford, heredero de una inmensa fortuna, le eran ajenas las preocupaciones materiales que atan corto a los seres humanos.

Repleto de tics literarios, el libro demuestra que la retórica puede ser sumamente eficaz a la hora de contar. Los tópicos están colocados en su sitio y, en lugar de lastrar el desarrollo de la acción, están a su servicio.

El tema central es el ansia desmedida de poder que a veces se enmascara de conocimiento. Para conseguir su objetivo, Vathek, secundado y espoleado por su madre, no duda en aliarse con las fuerzas del abismo. El deseo luciferino de omnipotencia mueve al cruel y soberbio califa.

Tras recibir una carta, Carathis, madre de Vathek, y trasunto de la posesiva y autoritaria madre del autor, sale en busca de su hijo que había desaparecido. Emprende tal expedición montada en un camello que comparte con dos negras. Cuando encuentra a su hijo, le canta las cuarenta.

“Ordenó que prepararan su gran camello Alboufaki y que hicieran venir a la horrenda Nerkes y a la implacable Cafour: No quiero nada de cortejos, dijo al visir; voy por asuntos urgentes, así que nada de desfiles; cuidaos del pueblo; desplumadlo bien en mi ausencia (…).

La noche era oscura y soplaba, de la llanura de Catoul, un viento malsano que hubiera hecho retroceder a cualquier viajero por mucha prisa que tuviera; pero Carathis se complacía mucho en todo lo que fuera funesto, Nerkes pensaba lo mismo y Cafour sentía particular predilección por las pestilencias. (…)

Carathis puso pie en tierra, así como las negras que llevaba a la grupa, y quedándose todas en camisa y calzones, corrieron bajo el ardiente sol para recoger hierbas venenosas que abundaban a orillas del pantano. (…)

Durante cuatro días y cuatro noches continuó sin detenerse su viaje. Al quinto atravesó montañas y bosques quemados a medias y al sexto llegó ante los hermosos biombos que ocultaban a todos los ojos los voluptuosos extravíos de su hijo. (…)

Carathis avanzó con sus negras y, montada todavía en Alboufaki, desgarraba las muselinas y las finas cortinas del pabellón. (…) Sin bajar de su camello y espumeante de rabia (…) estalló: ¡Monstruo de dos cabezas y cuatro piernas! ¿qué significa ese hermoso amontonamiento? ¿No te da vergüenza abrazar ese pimpollo en vez de los cetros de los sultanes preadamitas? (…) ¿Este es el fruto que sacaste de los grandes conocimientos que te di? (…) Despréndete de los brazos de esa tontuela; ahógala en el agua y sígueme”.

 

 

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Caminos (XXI)

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9

Me preguntaba si sólo yo estaba atrapado en ese segmento espacio-temporal. Y también cuánto duraría la broma. Ese grotesco disfraz de la eternidad, ese vislumbre del infinito consistente en repetir una y otra vez los mismos gestos en un decorado inmutable amenazaban con desequilibrarme.

Me entraron ganas de reír. Primero disimuladamente y luego a carcajadas, di rienda suelta a mi hilaridad.

Me volví hacia mis amigos con los ojos llorosos por ese estallido de risa maligna y, al ver sus caras de circunstancias, se redobló mi jolgorio. Parecían estatuas. Ni el más leve tic los traicionaba.

En un arranque de rabia me puse a zamarrearlos. “¡Despertad! ¡Decid algo!”.

En cuestión de segundos conseguí revolucionarlos. Luisa empezó a gritar asustada. Carmelina no tardó en unírsele. Pedrote, desorientado, preguntaba: “¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”.

Como se limitaban a defenderse, me apliqué a repartir mamporros. “¡Despertad! ¡Despertad!”.

“Que se esté quieto” decía Luisa sin hacer nada por evitar mis embestidas. “Pedrote, tú que tienes más fuerza, agárralo”.

Pero cuando este intentaba atraparme, la emprendía a tortazos con él.

“Yo solo no puedo. Tenéis que ayudarme” “Si lo llego a saber…” se lamentaba Carmelina.

“Tiene que ser entre los tres” insistió Pedrote. “¿Qué mosca le ha picado? ¿Por qué nos pega? ¿Qué le hemos hecho?” decía Luisa.

Mis golpes se fueron espaciando a causa del cansancio y ellos aprovecharon la ocasión para inmovilizarme.

“¿Por qué eres tan malo?” preguntó Luisa. “¿Y si ahora te sacudiésemos el polvo?” apuntó Carmelina. “Soltadme. No puedo respirar” “¿Para que empieces de nuevo?”

“No puedo respirar” repetí acezante. “¿Tuviste tú compasión de nosotros?” replicó Carmelina. “Hasta ahora nadie se había atrevido a levantarme la mano y tú te has ensañado”.

Al cabo de un rato Pedrote dijo: “No podemos seguir así todo el viaje. A ver si el remedio va a ser peor que la enfermedad”.

Carmelina y Luisa lo miraron extrañadas. “Si no lo dejamos conducir, acabaremos estrellándonos”.

Las dos mujeres vacilaron. La presión de sus manos disminuyó un poco.

“Pero si este coche sabe el camino. ¿No ves que va solo y no pasa nada?” repuso Carmelina. “Que estemos teniendo suerte, no significa que la vayamos a seguir teniendo” dijo Pedrote.

“¿Y tú qué piensas?” preguntó Carmelina a Luisa. “No sé qué pensar”.

Con la cabeza agachada, escuchaba estos dimes y diretes y recapacitaba sobre lo ocurrido. Por fin, me decidí a intervenir y les conté mi pasada experiencia, que me afectó hasta el punto de perder los estribos. Yo mismo estaba asombrado y ahora, en frío, no me explicaba esa reacción.

“Pues yo” dijo Pedrote “sigo notando esa sensación de la que tú has hablado” “Sí” confirmó Luisa, “estamos recorriendo una y otra vez el mismo tramo” “Eso es imposible” replicó Carmelina.

“Soltadme y vamos a aclarar este asunto” “¿Prometes no volver a las andadas?” “Lo prometo”.

 

 

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Mandrágoras (IV)

 

 

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