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III
Ese peso interior gravitando incesante,
esa voz que te llama, tan cerca, tan distante,
esa zarza que alumbra, que en llamaradas arde.

La terca voluntad tratando de imponerse,
desafiando a los cielos, orgullosa, insolente.

Lo reflejan sus ojos que me miran tranquilos,
que traspasan mi carne buscando el infinito.

 

 

 

 

 

 

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V

Por una de sus partes el soberado se convierte en un zaquizamí de techo muy bajo con una ventana al fondo desde la que se ve tu patio perfectamente. No era la primera vez que la utilizaba.

Una tarde de enero en que lucía el sol, razón por la que tú y otros miembros de tu familia os hallabais fuera, enfoqué con mis prismáticos el encantador cuadro de tres mujeres cosiendo.

En realidad los prismáticos no eran necesarios. De la misma manera que vuestra charla llegaba audible a mis oídos, salvo si os poníais a cuchichear, vuestros cuerpos inclinados sobre vuestras labores se ofrecían nítidos a mis ojos.

Los binoculares me servían para aislar a una de vosotras y estudiarla por separado, y también para ampliar mi campo de observación. Así, por ejemplo, el interior de la cocina y otros ángulos del patio.

Estabais tu madre, vestida de negro, zurciendo calcetines, tu hermana, que no dejaba hablar a nadie, remendando unos calzoncillos de tu tío, lo cual deduje por sus dimensiones, y tú, con el bastidor sobre los muslos, bordando una sábana.

Recuerdo los detalles, aparte de porque tomé nota en un cuaderno, porque esa imagen ha quedado grabada en mi mente y forma parte de las vivencias que afloran inopinadamente sin que esté en nuestra mano contrarrestar su poder.

Tu hermana estaba eufórica. El asunto de la tienda de modas iba por buen camino. Como yo no estaba al tanto, no comprendía casi nada de su atropellado discurso.

Desde hacía tiempo ella trabajaba en un taller de costura, en Sevilla. Tu madre se mostraba reacia a los argumentos que exponía la mayor de sus hijas con la misma pericia y rapidez con que parcheaba los zaragüelles de tu tío. Tu madre, por principio y por sistema, desconfía.

Volvía a la carga tu hermana una y otra vez sin desmoralizarse por la actitud refractaria de vuestra madre que, sin oponerse a los planes, no mostraba ningún interés. Cuando intervenía era solamente para señalar los inconvenientes y las molestias derivados del cambio de trabajo.

El nuevo empleo le había salido por mediación de una ex compañera conocedora de las excelentes cualidades de tu hermana en lo que a buen hacer, puntualidad y responsabilidad se refiere, sin olvidar su simpatía y su llaneza, que todo cuenta en esta vida. Esa amiga fue quien la recomendó al dueño de la tienda de moda como la persona idónea para ocupar el puesto de arregladora.

Tu madre movía la cabeza poco convencida. ¿Acaso no estaba contenta en su trabajo actual? ¿Había tenido problemas alguna vez?

Por fin metiste baza con tu vocecita chillona. Dijiste: “Esta mujer no entiende nada”. Luego ensartaste la aguja con una hebra amarilla, tiraste del extremo que había penetrado por el ojo y proseguiste tu tarea de bordar lunares en la tela.

Tu hermana repitió que ganaría más que en el taller. Y recalcó que el trabajo no era tan rutinario.

No había comparación entre llevarse cosiendo todo el santo día y dedicarse a arreglar las imperfecciones que cuatro señoras exigentes encontrasen en los vestidos, caprichos de mujeres gordas y ricas que no tenían otra cosa mejor que hacer que ir a una tienda chic y descubrir faltas donde no las había.

Remató su argumentación confesando que estaba ilusionada con desplegar su conocimiento del oficio en ese lugar, muy ilusionada, esa era la verdad. Trabajar allí tenía que ser hasta divertido.

Tu madre se levantó de la silla baja, se quitó el delantal y se lo puso por la cabeza, luego se volvió a sentar y con la ayuda de un huevo de madera siguió eliminando zancajos.

No corría viento. Inmóviles, como vosotras estabais, picaba el sol de enero. Os habíais instalado cerca del naranjo, en corro.

Esa tarde hablaste poco. Estabas enfrascada en tu labor, bordas que bordas, ajena a los dimes y diretes de tu madre y tu hermana.

Durante un rato me tuviste hipnotizado observando con qué maestría empujabas la aguja y luego repetías la operación a la inversa, de abajo arriba, y así una y otra vez hasta que aparecía un redondelito amarillo en la tela tirante.

Tu hermana sacudió los calzoncillos y los dobló cuidadosamente, poniéndolos en una silla que tenía al lado. Según ella, cualquiera en su lugar no lo pensaría dos veces.

Y añadió que ya había ido con su amiga a la tienda y había hablado con el dueño, un hombre amable y atento que había quedado satisfecho de su presencia y de su comportamiento. Esto último no lo dijo literalmente pero lo dejó entrever.

Fue entonces cuando tú, con retintín, le pediste detalles de ese dechado de educación. ¿Gordo o flaco? ¿Alto o bajo? ¿Guapo o feo? Y tu madre: “Niñas, niñas”. Y tú, insistente: “¿Cómo es?” “Mayor” “Hay mucho de Pedro a Pedro” “Este no está mal” “Niñas, niñas” “Y está soltero”.

Tu madre, apartando el peto del delantal que medio le tapaba la cara, anunció: “Voy a hacer el café”.

 

 

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Dejando a un lado la intervención de lo maravilloso y el fasto que rodea a la mayoría de estos cuentos, llama la atención que ninguno de ellos tenga ni busque un final sorpresivo. La estupefacción que a veces producen está en relación con el planteamiento y el desarrollo, pero no con el desenlace en el que se mantiene el tono del relato.

Los finales no son culminaciones al estilo de los de una novela de intriga, sino el último tramo del camino narrativo que se recorre al mismo paso. Las partes más intensas se encuentran en otras etapas aunque, normalmente, todas tienen la misma importancia. Desde el principio el lector se siente atrapado.

Esta recopilación de cuentos demuestra ampliamente la capacidad de traslación de la literatura. La irrealidad se vuelve realidad o viceversa. O, sencillamente, la frontera entre ambas desaparece.

Cualquier cosa puede suceder. La libertad y la imaginación son los pilares de ese mundo sutil que burla y escapa a las leyes vigentes en el mundo material.

La traslación del lector a las alturas de la creación literaria se produce en pocas líneas, por no decir palabras. Esta depuración narrativa está relacionada con la brevedad de las composiciones. Las hay también largas, que caen en la trampa del retoricismo.

Esa afición a liarse y a repetir lo mismo por activa y por pasiva produce empalago, como ocurre en la historia de Nuredin-Alí y Bedredin-Hasán, de profesión pastelero. La cual, a pesar de contener tanta crema, no deja de interesar por su carácter equívoco.

No está ausente la penetración psicológica en este repertorio del siglo XII. La corta historia del jorobadito es una ilustración de cómo funciona el complejo de culpabilidad y de cómo se le neutraliza mediante la confesión. La culpa, además, no era de nadie. El jorobadito era el responsable de su propia desgracia, pero el miedo traicionó al sastre, al médico y al mercader.

El fragmento elegido para la ocasión pertenece a la historia del joven y enamorado cojo, al que curará de su enfermedad consuntiva una vieja experta y astuta. Ella se encargará de buscarle y administrarle la medicina que necesita para su recuperación. La acción transcurre en Bagdad que, junto con Basora, Damasco, El Cairo e incluso la India, constituye el mítico espacio geográfico de Las Mil Y Una Noches.

“Desesperaban ya de salvarme la vida cuando llegó una vieja, me examinó detenidamente y adivinó la causa de mi padecimiento. Entonces mandó que se retirasen todos los presentes, y cuando hubieron salido se sentó a la cabecera de mi lecho y me dijo:

-Hijo mío, os habéis obstinado hasta ahora en ocultar la causa de vuestra dolencia, pero yo no necesito que me la manifestéis: tengo suficiente experiencia de la vida para penetrar vuestro secreto y no lo negaréis, seguramente, cuando os diga que vuestra enfermedad es de amor. Yo os puedo curar si me decís el nombre de la afortunada (…). He venido con el exclusivo objeto de curaros. Espero que no rehuséis mis servicios”.

Lástima que, una vez concertada la primera cita, para que lo acicalase, el joven llamara a un barbero que era también médico, astrólogo, alquimista, gramático, retórico, matemático, lógico, historiador, poeta, novelista, además de filósofo, arquitecto y abogado. Con tantos títulos nada podía salir bien.

 

 

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Palmera datilera

 

 

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IV

Pasada esta racha en la que todo venía pintiparado, me percaté de que mi proyecto revestía serias dificultades. Estuve bordeando la decepción y la deserción.

Los primeros días, en contra de lo previsto, se deslizaban sin que atinase a trazar una línea maestra.

Sentado con mi tía abuela a la mesa camilla, frente al ventanal que daba al patio, me distraía jugando al parchís, leyendo los libros que había traído y otros que encontré en la casa, en el soberado.

Diccionarios enciclopédicos, novelas de aventura, manuales de contabilidad que ya en mis años infantiles me ayudaron a combatir el tedio. Sobre todo los tomos de la enciclopedia que, entonces como ahora, me proporcionaron momentos de placer.

Mi tía abuela se ponía las gafas y, mano a mano conmigo, revisaba esos volúmenes de páginas amarillentas. Mojando un dedo en saliva las pasaba y recorría de arriba abajo, deteniéndolo en las imágenes. Las tardes las dedicábamos a este agradable pasatiempo.

La calma conventual y la lectura obraron los efectos de un sedante.

En una de mis incursiones por los rincones de la casa me llevé la sorpresa de encontrar el Quijote en una edición carcomida. Fue hurgando en la despensa situada en el hueco de la escalera donde lo descubrí.

Allí dentro olía a humedad. Sabría Dios el tiempo que ese cuchitril no se aireaba. En los anaqueles superiores había platos, vasos y una sopera. En el inferior medicamentos caducados: pastillas, jarabes, supositorios…En el suelo, en cajas de cartón y de dulce de membrillo, había libros, cuadernos y papeles. También había una caja de zapatos llena de corbatas.

Saqué ese material a la luz del día. No había nada interesante. Folletines de antaño saturados de crímenes pasionales y estrambóticas conspiraciones, biografías de santos y prohombres, cuadernos de caligrafía y de cuentas, un breviario…

En el fondo de ese cajón de sastre ennegrecido por el moho estaba el ejemplar del Quijote, perforado por la polilla, con las costuras del dorso deshilachadas, hermanado con una devota edición de Genoveva de Brabante en mejores condiciones.

La creación cervantina, ilustrada por Doré, soportaba el peso de ese batiburrillo de homicidios, amoríos y transportes místicos, el libro sobre el que, cuando aún era analfabeto, sentado sobre la falda de mi tía abuela, paseaba mis ojos a la par que movía los labios como si fuera yo quien leía las gestas del hético caballero manchego, poniendo mi mano sobre la página cuando la anciana iba a pasarla porque, enfrascado en la recitación, no había tenido tiempo de examinar los grabados del francés, hecho lo cual yo mismo la pasaba, mi tía seguía leyendo en voz alta y yo seguía haciendo el paripé.

Casi me había olvidado de ti. Tan atareado estaba, tan imbuido de mi papel de enfermero, de tal forma me había ganado ese ritmo de vida apacible y propicio al estudio de lo que fuera, preferentemente civilizaciones periclitadas o sistemas filosóficos abstrusos, que el Diablo, que no desaprovecha una ocasión, me tentó.

Bastaba con que enterrara los prismáticos en uno de los baúles arrumbados en el soberado, bajo vestidos, echarpes y abrigos que nadie se pondría jamás. Con este gesto simbólico el Protervo quería hacerme abdicar de mis intenciones.

 

 

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