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Ciruelo (II)

XXVI

¿Quién iba a suponer que el infortunio se abatiría sobre tu familia? ¿Quién podía imaginar que a la agonía y muerte de tu abuelo sucedería la de tu abuela?

A los pocos meses de haber fallecido su marido, tu abuela se resfrió. Nada de importancia. Estornudaba y le lagrimeaban los ojos. Se quejaba también de dolor en las articulaciones.

Mediaba la primavera y achacasteis la indisposición al aumento de la temperatura que fue la causa de un apresurado despojamiento de prendas invernales. Esta explicación, sin embargo, no era válida para ella que seguía casi igual de abrigada.

Por diversos motivos os hallabais fuera de casa. Tu tío y tu hermana no habían regresado aún de Sevilla. Tu madre y tú habíais ido a ver a tu tía.

Pasabais revista a las novedades del pueblo y acabasteis hablando de los vestidos que, a causa del calor y del luto que cumplíais, os veríais obligadas a teñir de negro. Sobre las telas que admitían tinte surgieron dudas.

Tu tía y tu madre se enzarzaron en una discusión. Para ilustrar sus argumentos, tu madre te pidió que fueras a casa y trajeras una falda tuya. Tú intervenías cuando te dejaban. Tus razones eran escuchadas con condescendencia pero no eran tomadas en serio. Esa actitud te producía irritación.

La puerta estaba encajada. Empujaste y llamaste a tu abuela que no respondió. Pensaste que estaría cosiendo a la sombra del naranjo.

Entraste en tu habitación, cogiste la falda y con ella colgada del brazo fuiste al patio.

Tu abuela estaba sentada en una postura forzada. Tenía el cuerpo ladeado a la izquierda y la barbilla pegada al pecho. Parecía que estaba durmiendo. Pero ella no tenía la costumbre de sestear.

Un cosquilleo recorrió tus piernas que se te aflojaron. Te disponías a comunicarle el motivo de tu regreso pero no acertaste a decir nada.

La llamaste con voz quebrada y diste un paso en su dirección. La anciana seguía callada. Observaste que respiraba, lo cual te tranquilizó.

Desechaste la lúgubre idea que habías concebido, y te acercaste más. Era evidente que estaba echando un sueñecito.

Le tocaste el hombro pero no reaccionó. De nuevo el miedo se apoderó de ti. Y ese miedo se convirtió en pánico cuando escuchaste sus roncas inhalaciones.

La zarandeaste ligeramente y tu abuela cayó al suelo como un fardo. Te pusiste blanca. Una mueca de espanto desfiguró tu cara.

No sabías qué hacer, si ir primero a casa de tu tía, a casa del médico o arrastrar a la moribunda a la cama. Dado su peso, rechazaste esta última posibilidad.

Optaste por volver zumbando a casa de tu tía. Sin aliento, desencajada, contaste lo que había pasado insistiendo en el hecho, tan penoso para ti, de que la abuela estaba tendida en los gastados ladrillos.

Por la calleja, mientras os apresurabais, tu tía te increpó. Según ella, deberías haber avisado a una vecina y entre las dos haber trasladado a su “pobre mama” al dormitorio.

En tu mente han quedado impresas las continuas carreras que tuviste que dar. En cuanto llegasteis, te mandaron a buscar al médico.

La respiración de la anciana era cada vez más anhelosa. Cuando la llevabais a la cama, notaste que se estaba poniendo azulosa o grisácea, de un color feo.

Tu tía, rodeada de vecinas que intentaban consolarla, gemía en el comedor. Cuando saliste del cuarto, donde ella no entró porque estaba muy afectada, se informó. Mostrándole la receta que había extendido el médico, le explicaste que había estado reservado. Y a escape fuiste a comprar el medicamento.

Tu abuela, que tenía una dolencia de corazón, expiró esa misma noche.

 

XI
Y siguen los cortejos, las peregrinaciones,
las noches y los días, las glorificaciones,
la fe de los creyentes, prodigios, curaciones.

A los ruegos responden las sobrenaturales
voces tonitronantes
que exhortan y conminan,
mientras la muchedumbre
se pone de rodillas.

La sangre de los muertos
borbotea de nuevo.
Las esferas entonan
su cántico perfecto.
Hasta la tierra llegan
sus armoniosos ecos.

XXV

Días radiantes de mañanas frescas en que tu madre te despertaba zarandeándote suavemente a la par que decía: “Ya es hora, vamos, levántate”, y tú, apartando la sábana y el cobertor, te dirigías medio dormida al cuarto donde teníais la palangana, un espejo y una repisa de cristal con los objetos de vuestra higiene diaria, y vaciabas una parte del contenido del aguamanil, te restregabas la cara y luego te enjabonabas las manos, demorándote en esta operación porque te gustaba juguetear con la espuma, entonces se asomaba tu madre y te ordenaba: “Enjuágate las manos y ven que te voy a peinar, ¡qué niña!”…y seguía tu madre con su retahíla a la que no prestabas atención por escucharla a diario y formar parte del ritual con que inaugurabas un nueva jornada, y te pasaba el peine por tu melena, desenredándola, alisándola, dándote ligeros tirones que te arrancaban fingidos ayes de dolor cuando lo que experimentabas era una agradable sensación, y luego procedía a dividirte el pelo en crenchas que entrelazaba con rapidez y pericia apareciendo al momento la primera trenza anudada con un lacito de color, y te decía: “Estate quieta, ¿dónde has puesto el peine?”, “Ahora vacía la palangana en el cubo, no te vayas sin tirar el agua, que te conozco”, y luego ibas a la cocina donde te esperaba un tazón de leche con un chorreón de café y una tostada muy fina, y en cuanto dabas un bocado declarabas: “No tengo hambre” “¡Qué!” “Que no tengo hambre”, y te llevabas el tazón a los labios, tu madre te miraba con severidad y decía: “Me parece que no he oído bien”, y en ese tira y afloja se os iba el tiempo hasta que tu madre, percatándose de que ibas a llegar tarde, te ponía la tostada en la mano y te lanzaba un ultimátum: “Si me entero de que la has tirado o se la has dado a alguien, para qué quieres más”, y con la sombra de esa amenaza que no te afectaba gran cosa, cogías despreocupadamente la cartera, y con esta en una mano y la tostada en la otra te encaminabas a la escuela, días radiantes de mañanas frescas en que nada hacía presagiar un cambio por mínimo que fuese, en que sentiste la vida en toda su diafanidad.

Almendros (XI)