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Forjar el atizador fue una tarea que ocupó a los aprendices toda la mañana. El problema se planteó cuando acometieron el vaciado en yeso para el mango. Pocos fueron los que consiguieron dar la forma adecuada a la cabeza del animal elegido.

Luego, cuando echaban el hierro fundido en la cavidad, ocurría que el molde se resquebrajaba y tenían que empezar de nuevo.

La confección del mango se reveló tan complicada que algunos renunciaron, optando por una pieza cilíndrica o por un asa.

Cuando no se tenía destreza manual, las indicaciones del Maestro Herrero servían de poco. En una de sus vueltas se paró junto al grupo de Roque y se quedó contemplando la obra de Folo. Este muchacho larguirucho, sin llegar a ser desgarbado, rubio, con el pelo más largo de lo que era habitual en Haitink, estaba pertrechado de una sonrisa bobalicona que llevaba a preguntarse por la razón de esa felicidad permanente.

Folo era uno de los aprendices más hábiles. Estaba perfilando una cabeza de jabato de gran verismo.

Cuando Brog desvió la vista del trabajo de Folo y la dirigió al de Roque, sus ojos echaron chispas.

Y sus rasgos se endurecieron. “¿Acaso no sabes que los dragones están prohibidos?”. El zagal miró a quien le amonestaba sin achantarse, con aire insolente.

El Maestro cogió las toscas pero identificables fauces entreabiertas y las arrojó a un cubo.

La mayoría de los muchachos había optado por un lobo, un carnero o un perro. Uno por la cara de un búho y otro por un águila de corvo pico.

Mako, para hacer honor a su condición de gracioso, moldeó el hocico de una comadreja, animal al que daba caza en su isla natal.

Edu había escogido la cabeza de un caballo a punto de relinchar y Hemón la de un zorro.

No acabaron hasta el día siguiente. A continuación los aprendices alinearon sus atizadores en la muralla del castillo. Brog, con la solemnidad que requerían las circunstancias, los inspeccionó parsimoniosamente. Los cogía, los sopesaba, los remiraba. Las paradas más largas las hizo delante de los trabajos de Folo y de Edu.

Al final, tras corta meditación, se dirigió a la herramienta fabricada por Edu y la mostró. Esta era la ganadora.

Había buenos resultados, explicó el Maestro. Nadie debía sentirse subestimado. Pero el atizador de Edu era la obra de un herrero experto, dijo Brog.

El muchacho se ruborizó al convertirse en el centro de atención de sus compañeros. Estaba incómodo y orgulloso al mismo tiempo.

A Hemón no le pasó desapercibido el gesto desdeñoso de Roque cuando el Maestro comunicó su fallo.

El hecho de que lo hubiese descalificado por haber infringido una norma, fue considerado una humillación por parte de Roque que se revistió de una agorera seriedad. Más tarde, propagaría la especie de que el premio lo merecía Folo, a quien Brog se lo había escamoteado por ser amigo suyo.

A Edu no le extrañó esa reacción. Lo conocía. Ambos habían nacido y crecido en la misma isla.

Roque pertenecía a una familia acomodada y no toleraba que lo reprendiesen o contrariasen. Era un niño consentido y autoritario que estaba acostumbrado a hacer su santa voluntad.

Por eso a Edu no le sorprendió su actitud rencorosa. Por eso, en su fuero interno, temió que esa historia trajese cola. Roque no era de los que encajaban un golpe y pasaban página.

Romero (IV)


332.-Emma y yo comentamos un hecho reciente. A un hombre que llevaba separado de su mujer cinco años le tocó la lotería, un premio importante. Ella, que fue quien forzó la ruptura, había cortado completamente la comunicación con él.

Cuando se enteró de los miles de euros con que había sido agraciado, le faltó tiempo para coger el teléfono y ponerse en contacto. Después de cinco años de no querer saber nada, estaba deseosa de tener noticias suyas. ¿Cómo se encontraba? ¿Qué hacía? Y por supuesto quería felicitarlo por ese morrocotudo golpe de suerte, del que se alegraba un montón. Acabó sugiriéndole que podían verse y tal vez reanudar su relación.

“¿Adónde la mandó él?” pregunta Emma. “A ningún sitio. Le recordó que habían acabado hace tiempo, y colgó”.

Pero ella insistió. Se puso pesada y él, medio en serio, medio en broma, le dijo que la denunciaría por acoso si no lo dejaba tranquilo. Aquí la señora se enfadó y recurrió a un grupo feminista que la apoyó. Ella sólo quería hablar. ¿Qué había de malo en eso?

Sin comerlo ni beberlo el hombre se vio involucrado en una situación desagradable. Su único pecado era su repentina riqueza. Su ex le pidió una entrevista personal. Él estaba tan confundido que, poniendo como condición que su abogado estuviera presente en ese cara a cara, accedió. Ella replicó que nanay…

El respaldo del grupo feminista consiguió que la actitud rastrera de la mujer no pudiera ser siquiera criticada. Gracias a Dios la pareja no había tenido hijos porque en ese caso ella le habría sacado hasta la cerilla de los oídos.

Como era ridículo alegar amor e incluso amistad, argumentaron que la estaban censurando y marginando por ser mujer. El periódico ABC fue acusado de mentiroso, manipulador y otras lindezas por airear esa historia deplorable.

“Fíjate hasta dónde hemos bajado. La ideología, como siempre, lo guarrea todo y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, reparte mamporros”. Emma asiente.

Llegamos a la conclusión perogrullesca de que ni todos los hombres son unos miserables ni todas las mujeres son unas santas. También coincidimos en que el pensamiento dominante no tolera los cuestionamientos ni la imparcialidad.

“¿Qué solución ves a esto?” me pregunta Emma. “Quizá ha llegado el momento de sustituir la igualdad por el respeto. Todos somos iguales ante la ley, o deberíamos serlo. Y todos somos dignos de respeto. Este concepto se presta menos que el otro a la demagogia y a los usos torticeros.

“Una buena medida sería crear el ministerio y las correspondientes consejerías “ad hoc”, desde los que se vigilase que todo el mundo es tratado con la debida consideración. Desde los que se abordase los casos de violencia y discriminación sin adjetivarlos previamente para convertirlos en un arma política.

“La violencia se manifiesta de variadas maneras. Unas veces la cara que presenta es la de la brutalidad. Otras veces la de la insidia. La primera resulta escandalosa, la segunda no es menos mortífera”.

“¿Eres feminista?” “No soy machista. He sido testigo de las vejaciones sufridas por algunas mujeres de mi entorno. Esa actitud caracterizada por un comportamiento arbitrario, por una afirmación personal basada en el desprecio del otro, me ha provocado siempre nauseas” “No te he preguntado eso” “Feminista tampoco. Después de haber vivido las nefastas consecuencias de la prepotencia masculina, ¿cómo me va a gustar su contrapartida femenina?”

19

Los aprendices se dirigieron a la herrería, situada en el exterior del castillo, a uno de cuyos muros estaba adosada. Se trataba de un cobertizo abierto por su parte frontal. Allí los esperaba Brog, el Maestro Herrero.

Trabajar bajo aquel techado era como hacerlo al aire libre. Salvo a la lluvia y a la nieve, se estaba expuesto al calor, al frío y a los golpes de viento. No obstante, gracias a los carbones encendidos de la gran fragua que ocupaba el centro del recinto, no se estaba mal.

Se quedaron a la entrada y observaron las idas y venidas de Grog que ultimaba los preparativos de la prueba. Avivó el fuego, comprobó que las herramientas estaban en su sitio, echó un vistazo a las reservas de hierro. Daba la impresión de que se creía solo, ni una sola vez miró a los jóvenes.

Sólo cuando hubo acabado, y tras pararse a pensar durante unos minutos, reparó en ellos. Les dijo que pasaran y se distribuyesen en grupos de cinco alrededor de los yunques.

Grog, barbado y corpulento, tenía gruesas muñecas acostumbradas a manejar los martillos y las tenazas. Su aspecto era imponente. A todos les sorprendía el dato de que antes que herrero había sido veterinario. Sus manos fuertes y velludas parecían hechas ex profeso para trabajar el hierro.

El Maestro Herrero les habló del fuego y su inmenso poder. Luego les explicó que la prueba consistía en que cada uno de ellos fabricase su propio atizador. Supervisados por el Maestro, a quien podían recurrir en caso de necesidad, los aprendices demostrarían sus dotes metalúrgicas.

“El atizador” prosiguió Brog, “como sabéis, sirve para alegrar la lumbre y para mantenerla a raya. Con él podemos removerla, manipularla, convertirla en nuestro aliada. Sin su ayuda tendríamos que limitarnos a ver cómo se consume, a ser simples testigos de sus avances y retrocesos, de sus fulgurantes llamaradas, y de su extinción”.

“Sin el atizador” concluyó Brog, “nos quemaríamos las manos o los pies. Estaríamos condenados a ser espectadores o víctimas de esa fuerza primordial. Vuestro trabajo no consiste solamente en forjar ese valioso instrumento. También debéis personalizarlo con la cabeza de un animal”.

Así pues, tendrían que hacer un molde de yeso en el que verterían el metal fundido. Finalmente soldarían el mango zoomorfo a la herramienta.

Era una prueba laboriosa que requería pericia e imaginación. El mejor atizador sería devuelto a su artífice en reconocimiento a su trabajo. El resto sería licuado para reutilizar el hierro.

Los carbones de la fragua refulgían al rojo vivo. La temperatura en la herrería era elevada. Los muchachos se pusieron un delantal de cuero y empezaron a faenar.