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XXII
Me encanta la rutina,
un día igual a otro,
igual o parecido, con pocas variaciones.

Levantarme, saber
qué me está reservado.
Contratiempos, placeres, cada cosa en su sitio.

Nada de sobresaltos
que tan sólo son buenos
para alterar los nervios, la cabeza, el estómago.

Me encanta levantarme,
preparar el café,
refrescarme la cara, mirarme en el espejo,

comprobar los estragos,
sonreír, hacer burla,
volver a la cocina, mirar por la ventana

la luz del nuevo día, las nubes en el cielo.
Y podría seguir
hasta entrada la noche,

hasta esa última hora de paz y de silencio,
cuando enciendo la lámpara
y me pongo a leer

o a escuchar el murmullo del viento, de la lluvia.
Qué más puedo pedir
tras un día en que todo

ha venido rodado, sin ninguna sorpresa,
sin ninguna trifulca,
problemas los previstos.

Un día acogedor,
sosegado, trivial.
Un día que te deja
un regusto de paz.

Estos días conforman
el sustrato profundo
de mi fe y confianza
en la marcha del mundo.

 

 

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Michel Tournier expone en estas pocas líneas toda una filosofía existencial que podría resumirse en dos palabras: marcha y frugalidad. Es decir, andar y practicar la templanza. Así es como viven los nómadas del desierto que han conseguido matrimoniar la vida física y la vida espiritual.

La clave se halla en la búsqueda de la verdad, por modesta que sea. Ese objetivo sólo se puede alcanzar desde la máxima sencillez. También es necesario tener la humildad de reconocer que la regeneración requiere una fuerza sobrehumana.

Por esa razón los trashumantes van de un lado para otro al tiempo que mantienen una actitud de espera. Para ellos no hay duda de que la reconciliación total se producirá tal vez mañana mismo o dentro de veinte siglos.

 

“Nosotros, nómadas del desierto, hemos elegido la extrema frugalidad unida a la actividad física más espiritual: la marcha. Comemos pan, higos, dátiles, productos de nuestros rebaños, leche, mantequilla clarificada, muy raramente quesos, carne todavía más raramente. Y andamos. Pensamos con nuestras piernas. El ritmo de nuestros pasos ejercita nuestra meditación. Nuestros pies imitan el avance de una mente en busca de la verdad, una verdad ciertamente modesta, tan frugal como nuestra alimentación. Subsanamos la ruptura entre comida y conocimiento esforzándonos en mantener una y otro en su sencillez más extrema, convencidos de que elaborándolos sólo se agrava su divorcio. Ciertamente no esperamos reconciliarlos con nuestras propias fuerzas. No. Haría falta para esta regeneración un poder más que humano, divino en verdad. Pero por eso mismo esperamos esa revolución, y nos colocamos con nuestra frugalidad y nuestras largas caminatas por el desierto en la disposición más conveniente, según creemos, para comprenderla, acogerla y hacerla nuestra, ya acontezca mañana o dentro de veinte siglos”.

 

Fragmento de “Melchor, Gaspar y Baltasar”

Traducción: Antonio Pavón Leal

 

 

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8

Recogió las monedas que había en la caja y las echó en un deteriorado bolso étnico con un diseño de elefantes. Sus gestos eran naturales, ni lentos ni precipitados. Como si lo que estaba haciendo fuese lo más normal del mundo.

En ese momento se encendió una lucecita en mi cabeza. No era la primera vez que un alma caritativa la invitaba a un café o a un desayuno completo.

La caja, una vez vacía, la guardó dentro del edificio, en un rincón.

Sus movimientos precisos me impresionaban. Ella, ciega tenía que haber sido para no percatarse de mi perplejidad, me preguntó con retintín: “¿Se encuentra bien?”.

“Muy bien. ¿Tomamos ese café?”.

9

Retiramos nuestras consumiciones del mostrador y no sentamos a una mesa, junto a la cristalera. Era un establecimiento concurrido. Los clientes no paraban de entrar y salir. Me hubiese gustado un lugar más tranquilo.

Además hacía frío. La gente me distraía, la de dentro y la de fuera. Lo anterior impedía que me concentrase. Tampoco ayudaba el hecho de que, sin ningún motivo, máxime cuando era yo quien había tenido la iniciativa, estuviese nervioso.

No era ese el caso de la chica que había cogido el vaso de café con leche y lo apretaba entre sus manos.

Mi compañera de mesa estaba feliz. Eso me irritó. Tomar un café con leche no justificaba ese regocijo, ni siquiera en una desabrida mañana invernal.

Era un día gris. La chica no hablaba. Se limitaba a calentarse las manos con el vaso y a dar sorbitos de su contenido.

10

No era de recibo que no hiciese nada por agradar. Sin saber por qué me sentí estafado. Incluso pensé que se había olvidado de mí, a pesar de tenerme en frente.

Dije lo primero que se me pasó por la cabeza. Me había acordado de que tanto ella como los otros dos mendigos leían un libro. Lo cual, aunque no pudiera calificarse de extraño, fue un detalle que me chocó.

“¿Qué lee?”. Ella dejó el vaso en la mesa y sacó del bolso con dibujos de elefantes un ejemplar de los diálogos platónicos. Orientó la portada en mi dirección. La selección incluía Fedón, El Banquete y Gorgias.

“¿Usted cree en la inmortalidad del alma?”.

Estuve tentado de darle una respuesta académica, de relacionar el pensamiento griego, el cristianismo y el taoísmo. De demostrar que era un hombre culto. De irme por los cerros de Úbeda.

Pero en un rapto de inspiración, o quizá porque la figura de Brioso emergió en mi mente, procedí a la gallega.

“¿Usted pertenece a la Orden, verdad?”. Los ojos de la joven destellaron. Estrujó el bolso que tenía sobre los muslos. Sonriendo ladinamente me devolvió la pelota: “¿Qué Orden?”.

 

 

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4

No doy dinero a la gente que encuentro en la calle. Ni a los mendigos ni a las señoras de la Cruz Roja. Si alguien hace sonar la hucha impúdicamente, acelero el paso. Reconozco, no obstante, que con el cuento de la filantropía a veces me sacan los cuartos.

Por voluntad propia no suelto un céntimo. No porque me cueste trabajo ganarlo. Supongo que el mismo que a cualquiera. No por cicatería. O porque me atenga a unos principios estrictos. Procedo así por comodidad. Para evitar familiaridades indeseadas.

5

“¿Pasa algo?” dijo la chica entornando los ojos y ladeando un poco la cabeza.

No detecté en sus palabras ni en su actitud señales de que se sintiera molesta. Su pregunta era lógica. Quería saber qué hacía allí clavado, frente a ella.

Cogí el monedero y eché un euro en la caja de cartón.

La chica me estudiaba. Pensaría que yo era un bicho raro. O alguien con intenciones deshonestas.

Ella era la más joven de los tres, de rasgos finos, delgada, bien parecida.

En mi curiosidad no había nada de indecoroso. Probablemente ella lo intuía.

Esa situación era ridícula. Mejor dicho, yo era quien estaba haciendo el ridículo.

6

“No tengo suelto” dije la próxima vez.

Mis palabras sonaban a indigna justificación. La chica no me había pedido nada. Estaba en la vía pública, con la caja de cartón a sus pies. Pero no había tendido la mano ni había hablado.

En realidad, se tomó su tiempo para levantar la vista del libro que leía. Durante un par de minutos ignoró mi presencia.

Me observó pero no críticamente. No como a un burgués arrebujado en su buen chaquetón de lana comprado en Cortefiel. No como a alguien que pretende hacer una buena obra. O rescatar a jóvenes descarriados.

La bribonería se reflejó en su cara. Me acordé de un amigo del pueblo que es un pillo redomado. Brioso, por mal nombre Perindola, reconoce que domina el arte de vivir del cuento. Su objetivo en la vida es ser feliz.

A quien cuestiona ese principio, lo tilda de hipócrita. No discuto con él sobre esto ni sobre nada, pues está dotado de una lengua viperina.

La semejanza con la chica acababa en ese aire de desafío, entreverado de insolencia en el caso de mi amigo hilandario.

7

Acabé sacando mi monedero que sólo contenía calderilla. Me daba vergüenza arrojar unos pocos céntimos en la caja de cartón. Y no estaba dispuesto a coger un billete de mi cartera. Mi esplendidez limosnera no llegaba a tanto.

Mi confusión incrementó la picardía de sus facciones. No dijo nada, manteniéndose a la espera, como una espectadora segura de que la función no la va a defraudar.

Miré en dirección al bar que hay en la esquina de la calle Condes de Bustillo. “¿Le apetece tomar un café?”.

 

 

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