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Yuca (III)

Los perros

El sendero discurre paralelo a la carretera. En algunos tramos se ancha adoptando la apariencia de un cómodo camino. Pero también tiene algunos repechos rocosos que obligan a encorvarse cuando subes y a frenar cuando bajas. A veces lo invaden las zarzas, los juncos y los lentiscos por entre los que se abre paso bravamente.

El sendero, que se transforma en camino y en trocha, tiene la humorada de hacernos creer que en una sombría hondonada es un túnel. Por arriba las ramas de los arbustos de ambas orillas se tocan. Si vas con la cabeza agachada para ver dónde pones los pies, tienes la impresión de adentrarte en una galería. La claridad disminuye notablemente. Una vez que sales fuera de ese pasadizo vegetal, la sensación es placentera.

Lo que voy a contar ocurrió a la altura de un macizo de malvas altísimas, tanto como un hombre. Es uno de los segmentos en los que la senda se reduce a su mínima expresión.

Me detuve a la entrada de esa frondosidad tachonada de flores de un delicado color lila. El pasaje era tan angosto que me pregunté si no sería mejor contornearlo por la derecha, aunque tuviese que dar una buena vuelta. Me inquietaba el contacto con esas malvas tan pagadas de sí mismas.

Estuve sopesando si valía la pena cruzar o desviarme. Finalmente decidí que no iba a dar ningún rodeo. Seguiría andando aunque esas plantas, a causa de su gigantismo propiciado por las abundantes lluvias primaverales, no me inspirasen confianza.

Me hallaba en mitad de ese bosquecillo cuando a la salida divisé dos perros que, a su vez, me divisaron a mí y se pusieron a ladrar como locos, provocándome una inmediata descarga de adrenalina.

La cosa no quedó ahí. Los dos sabuesos se dirigieron a mi encuentro.

Clavado en la tierra, más muerto que vivo, rodeado de malvas que me sobrepasaban y que se balanceaban con una indiferencia criminal, concluí que no valía la pena retroceder.

Más aún, con la gallardía de un sastrecillo valiente, seguí avanzando como si tuviera que vérmelas con dos caniches a los que, si se atreviesen a tocarme, arrearía tal puntapié que los pondría en órbita.

Los perros, uno detrás de otro, se acercaban de prisa. En cuanto a mí, a pesar de mi resolución, andaba cada vez más despacio.

Imágenes de malvas teñidas de rojo con mi sangre, y de jirones de carne entre las fauces perrunas acabaron paralizándome. En ese momento álgido en que el héroe asume su trágico destino, una mujer apareció al final del túnel.

Llamó a los animales por su nombre y estos, gruñendo de contrariedad, se pararon. Por fortuna, a pesar de su frustración, obedecieron la orden de su dueña a la que no sabía si estar agradecido por haberme salvado, o si mandar al infierno por dejar sueltas a esas dos fieras.

Primero salieron los perros y luego yo, los tres resoplando por diferentes razones. Lancé una mirada de través a la mujer que era una señora mayor, con pinta de amazona. Acariciaba a los chuchos y les hablaba en voz baja. No pude oír lo que les susurraba, pero no me pareció que les estuviese riñendo.

Finalmente, la señora dijo: “Lamento lo ocurrido”.

No repliqué nada. Pasé de largo y me alejé de prisa. Ella, alzando la voz, tuvo la desfachatez de añadir: “Váyase por la carretera”. Volví la cabeza un momento. Ante la mujer con botas altas, pantalones ajustados y cazadora de cuero estaban los dos podencos sentados sobre sus cuartos traseros.

Jacintos

25

Edu se detuvo ante el guardián que custodiaba la puerta del jardín. Tenía encasquetado un yelmo y vestía una cota de malla hasta los tobillos. Llevaba las manos enfundadas en guanteletes. Con la derecha enarbolaba una espada y con la izquierda sujetaba por el borde superior un escudo alargado.

El muchacho sangraba por el arañazo. Ni él ni el guardián hicieron alusión a ese percance. Transcurridos varios minutos se oyó una voz ronca y lejana. A través de las aberturas del sólido yelmo no se advertía más que negrura.

“¿Cuál es la búsqueda que nunca acaba?”. Edu, deduciendo la respuesta del discurso de Michael, dijo: “La del caballero”.

“¿Qué idea debe presidir su vida?” “La idea de servicio”.

“¿Cuál es tu misión inmediata?” “Encontrar a mi amigo Hemón”.

El guardián dejó el paso expedito.

-o-

Ante el Maestro de Caballería y sus compañeros, Edu contó que la visión del jardín lo encandiló. Estaba acostumbrado al verdor de la Isla. No esperaba esa explosión de blancura.

Cuando reaccionó, se dirigió a una rosaleda que resplandecía como el nácar y acarició los pétalos irisados para cerciorarse de que no eran un sueño.

Había largas varas de inmaculados gladiolos. Los claveles, las camelias y los crisantemos competían en albor.

Ante una cascada de níveas lilas que exhalaban una delicada fragancia, el muchacho perdió la noción del tiempo.

La bronca voz del vigilante lo sacó de su embeleso. De mala gana abandonó el “hortus conclusus” con parterres nevados de ásteres y pérgolas iluminadas por los racimos de glicinias.

Una vez acabado su relato, Michael lo mandó a la enfermería del castillo.

Allí, Seneyén, el Maestro Herbolario, le preguntó por qué no tenía puesta la camisa de lino. La herida del brazo no era un simple rasguño sino el surco de una uña puntiaguda con riesgo alto de infección.

Edu confesó que le habían robado las dos camisas. “¿Estás seguro?” replicó Seneyén frunciendo el ceño. El muchacho asintió.

Geranios (II)


 51
Carmíneas, blancas,
enarbola la jara
sus oriflamas.

52
En fragantes oleadas
el brezo anega
ribazos y vaguadas.

53
En su atalaya,
el vigía las sombras
ve cómo avanzan.

54
Véspero fulge
por llanadas y alcores,
entre dos luces.

Montera