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3
El aula era pequeña y estaba acristalada. Tenía una magnífica vista a la plaza Marqués de Figueroa. El número de alumnos era reducido. Los conocía del curso anterior. No eran la flor y nata del instituto.
Cuando me senté, la sala tan luminosa y poco poblada, me pareció más grande. Contemplé a Rafaela Astorga. Esperaba haberme librado de ella este año. Ladeada en la silla, con una lánguida mano encima de la mesa, parecía derrengada. Probablemente no había traído ni cuadernos ni bolígrafos. Bien empezábamos.
Llamaron a la puerta que se abrió de inmediato. Quienquiera que fuese no esperó mi permiso. Varios alumnos pasaron y se sentaron haciendo más ruido del necesario.
Saqué mi material de la cartera y me dispuse a pasar lista. Quería comprobar si estaban todos.
Pero antes de pronunciar el primer nombre la puerta se abrió de nuevo y entró más gente. No sólo alumnos sino vecinos del pueblo entre los que había algunos conocidos.
A medida que unos se acomodaban, otros llegaban, agrandándose el aula para que cupieran.
Si no hubiese sido por mi desazón, me habría mondado de risa.
Entre los presentes se hallaban algunas autoridades, incluidos el alcalde y su mujer. También estaba mi suegro y sus compañeros de dominó.
Aquello no era una clase sino un mitin y yo no estaba sobre la tarima, sentado a la mesa del profesor, sino en una tribuna que habían montado en la plaza Marqués de Figueroa.

4
Quiera que no, me sentí en la obligación de dirigir la palabra a los congregados. Mi discurso fue breve.
“Como ustedes comprenderán, no puedo dar clase en estas condiciones. En este espacio abierto se pierde la voz. Tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano para hacerme oír. Ni siquiera voy a intentarlo. De hecho, me está costando tanto trabajo hablar que ya me está picando la garganta. Lo que voy a hacer es ir a ver al jefe de estudios y pedirle que me aclare este asunto”.
Todos permanecieron inmóviles y silenciosos. ¿Qué estaban esperando? ¿Querían que les soltase un rollo, que los distrajese?
Ostensiblemente cogí mis papeles y mi bolígrafo, y los guardé en la cartera. Miré una última vez a esos pasmarotes y bajé de la tribuna.
Desde la clase acristalada los contemplé de nuevo. Allí seguían como estatuas de sal. Me entraron ganas de abrir la ventana y gritarles: “¡Es a mí a quien tienen que dar explicaciones!”.

 

 

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1
El instituto se encontraba en el cogollo del pueblo, ni más acá ni más allá, en la plaza Marqués de Figueroa. El número de alumnos era muy elevado. Más que un centro de enseñanza parecía un termitero. Los estudiantes rebosaban y se desparramaban como una marea por los alrededores.
La sala de profesores estaba siempre atestada. Éramos, como cabía suponer, el ciento y la madre. A pesar de que llevaba varios años trabajando en el instituto, tenía siempre la impresión de estar en proceso de adaptación.
Cada curso se renovaba una buena parte del claustro. El primer día era el de las caras desconocidas, los corrillos de colegas comparando horarios, parloteando, afirmando, negando, dándose la mano, besándose.
Parecía un concurrido cóctel en el que había libros y carteras en lugar de bebidas y entremeses.

2
Llegué al aula con el tiempo justo. El timbre estaba sonando en ese preciso momento. Mi malestar subió de tono. Había tenido que ir corriendo al bar donde había olvidado mis cosas cuando fui a tomar una tila.
Los contratiempos y las prisas me alteran y me ponen de mal humor.
La sensación de angustia fue seguida de sudor frío, visión borrosa y, finalmente, una arcada. Salí de clase y a paso ligero fui al cuarto de baño donde arrojé la infusión y el parco desayuno.
Me refresqué la cara con agua y me dirigí a la sala de profesores. Había pocos. La mayoría estaba en clase que era donde yo debía estar también.
Una compañera me habló pero no me enteré de lo que dijo. No podía dejar de pensar que iba a llegar tarde a la primera hora del primer día de clase.
Sonreí estúpidamente y respondí que me tenía que ir, pero no sabía adónde. Mi mente se había quedado en blanco.
A cuatro patas me metí debajo de una mesa y allí vomité de nuevo una baba amargosa que me dejó un espantoso sabor de boca.

 

 

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