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Archive for the ‘Una apariencia de normalidad’ Category

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“La Placa Tectónica quiere endulzar la vida a sus visitantes” proclama a través de la megafonía una cautivadora voz femenina. La marea humana se agita.
Los tres o cuatro guardias de seguridad colocados en puntos estratégicos se ven desbordados por ese movimiento instintivo, atávico, arrollador. Así que cesan en sus gestos de apaciguamiento. Aunque no se pueda afirmar que se inhiben de sus funciones, el hecho es que renuncian a controlar ese guirigay.
Los empleados de la pastelería no disimulan su miedo ante la creciente impaciencia de la multitud. Y lanzan una mirada asesina al jefe de la sección cuando a éste se le ocurre decir: “La campaña publicitaria ha tenido una excelente acogida”.
Cada cual está en su puesto. Cuando se escuche una tintineante campanilla, la selecta clientela podrá escoger su pastel favorito, haciéndosele graciosamente entrega en un disco de cartón dorado.

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Una mujer levantó la mano y acto seguido señaló un esponjoso borracho coronado por una guinda rodeada de nata.
“¡Señora, que la campanilla no ha sonado todavía!” exclamaron voces airadas. La mujer, en lugar de achantarse, respondió a las protestas esbozando una mueca que dejó al descubierto sus caninos. Luego clavó sus ojos en la empleada y apuntó de nuevo con el dedo al pastel. La chica uniformada sucumbió a ese gesto imperioso y le dio el empapado bizcocho en su disco dorado junto con una cucharilla blanca de plástico. Éste fue el pistoletazo de salida.
La señora se lo comió en un santiamén, pero no se fue como todo el mundo esperaba. Alguien hizo un comentario mordaz. La mujer, sin darse por aludida, manifestó claro y alto: “No me ha sabido a nada”. Esta declaración fue objeto de un abucheo.
Cuando, tras no pocos forcejeos y empellones, me llegó el turno, comprendí la frustración de la señora de marras. Sus palabras sonaron a guasa, pero estaba ateniéndose estrictamente a la verdad.

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Los expositores se vaciaban a una velocidad vertiginosa. O la gente no había almorzado o estaba aquejada de bulimia o los pasteles eran tan insustanciales que uno no se sentía nunca satisfecho por muchos que comiese.
Y sin embargo su aspecto era inmejorable de forma que la elección constituía un problema.
Aturdido, recorría con la vista las palmeras de chocolate y de yema, las tartaletas de fresas y de moras, los merengues, los piononos, los almendrados, las milhojas con crema de pistacho…
Finalmente me decido por un dulce de leche y advierto que la señora tenía razón. Ese exquisito manjar no sabe a nada. Es un puro engaño.
Hinco el diente con fruición pero la boca no se me llena. Contemplo el pastel que aparentemente es real. Tiene textura, color, forma. Todas las cualidades que definen a cualquier objeto. Paso mi dedo por encima y compruebo que está blandito. Pero cuando le doy otro mordisco el resultado es tan decepcionante como la vez anterior.
Esto no quita para que me lo coma entero, que es lo que hacen los demás.
A juzgar por su cara de desilusión, todos están teniendo la misma experiencia, pero nadie se da por vencido, nadie abandona, nadie se va.
Todos queremos otro pastel. Y lo queremos ya.
Levanto el brazo para llamar la atención de una de las dependientas que pasa rauda sosteniendo en alto una bandeja vacía, y le grito: “¡Aquí, por favor, aquí!”.

 

 

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                                 II
No recordaba dónde había dejado el coche. Pero no me importaba demasiado. Así callejearía un poco. Hacía una noche de verano bochornosa. El solano había estado soplando todo el día y ahora se había echado. El recalmón ponía los pelos de punta.
Me acordé de aquellos nórdicos que no acababan de creer, pese a estar sufriéndolo en sus carnes, que cayera la noche y siguiera haciendo el mismo calor. Ellos asociaban oscuridad y bajada de temperatura. Aquí, entre sofocos y trasudores, comprobaron que vivían en el error.
Caminé sin rumbo, más en busca de frescor que del auto.
Besoto se ha extendido en ondas concéntricas a partir de su inmensa mole parroquial que, aunque no se levanta en el centro, es sin duda el punto de referencia de la población. Las calles parten serpenteando de la imponente iglesia desprovista de gracia y elegancia en sus líneas y volúmenes, cuyo aspecto es el de un mazacote proyectado para imponerse implacablemente a los fieles.
A pesar del calor, me sentía bien. Tenía la impresión de que nada de lo que estaba ocurriendo me concernía. En ese apacible estado de ánimo llegué sin proponérmelo adonde estaba aparcado el coche.
Pensaba marcharme, pero comprendía que era una faena. Si me iba, ¿cómo regresarían los que habían venido conmigo? Esa idea me detuvo. Me guardé la llave y desanduve lo andado.
Todos debían estar en el sótano donde no tenía la intención de bajar. Recorrí las habitaciones cuya distribución y decoración correspondían a las de la vivienda de un rico hacendado.
En lugares penumbrosos había parejitas bisbiseando y haciéndose carantoñas, pero el grueso de la clientela estaba abajo.
Se oía el lejano retumbo discotequero, pero no lo suficiente para romper la ilusión de hallarse en una casa particular. En cuanto a los enamorados o a los individuos solitarios que encontraba a mi paso, podía catalogarlos como sus moradores.
Subí tres escalones y llegué a un cuarto de medianas proporciones donde había, al lado de una mesa baja, un sillón de asiento de anea en el que me acomodé.
Se estaba a gusto. El zumbido de la música no era molesto. No había nadie.
Apoyando el codo en el brazo del sillón y la mejilla en la mano, me dispuse a velar, a dejar que las horas transcurriesen plácidamente, como un río tranquilo.
No pensaba en nada concreto. El tiempo parecía haberse detenido en esa habitación encalada con reminiscencias de celda monacal. Me entregaba a vagas ensoñaciones cuando entró una mujer que rondaría los cincuenta años, metida en carnes, de aspecto cordial.
En cuanto me vio, esbozó una sonrisa y dijo: “Enseguida vuelvo”.
Me enderecé en el sillón y esperé su regreso. Apareció con una bandeja en la que había una taza de caldo humeante que depositó con cuidado en la mesa. “Le he puesto un poco de hierbabuena” comentó. Luego se fue dejándome de nuevo solo.

 

 

 

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                                   I
Sito se aplicó a soliviantar a unos y a otros hasta que consiguió su objetivo. En una discoteca de Besoto daban una fiesta bárbara.
Con los ojos chispeantes y en un patente estado de agitación, Sito no paraba de preguntar: ¿quién tiene coche? ¿cuántos somos? ¿cabemos todos? Explicaba exultante que la discoteca estaba situada en una casona antigua, lo cual le daba un toque especial, haciéndola diferente de los demás establecimientos de su género.
No puedo decir que me contagiara su alborozo, pero como todo el mundo parecía encantado, también yo me sumé a la iniciativa.
“Nos tenemos que ir ya” repetía Sito coreado por otro insensato que lo apoyaba incondicionalmente.
Era tarde. La consigna era seguir al primer vehículo, en el que iba Sito, único conocedor de la ubicación exacta del local nocturno. No podíamos perderlo de vista, sobre todo cuando entrásemos en el pueblo.
Había poco tráfico. En el cielo resplandecía una luna amarillenta en cuarto creciente.
Durante el camino se cantaba, se contaba chistes, se hablaba compulsivamente. Como iba conduciendo, me mantenía al margen de ese guirigay, salvo cuando entonaban “En el coche de papá” viéndome obligado entonces a dar un par de bocinazos.
Como en la parte antigua de Besoto, donde se encontraba la casona, era imposible aparcar, dejamos los coches en un barrio cercano, desde donde nos dirigimos a nuestra meta armando jaleo a pesar de lo avanzado de la hora.
Esta situación me ponía violento. Mis compañeros no paraban de soltar risotadas y de dar voces. Si alguien rogaba que se guardase silencio, esa prudente petición enconaba los ánimos y el resultado era más lamentable.
“Al menos, que lleguemos pronto” pensaba para mis adentros.
En la entrada había dos focos iluminando un panel rectangular pintado de negro y dorado donde se inscribía el nombre de la discoteca. Desde fuera sólo se oía un murmullo apagado. Entramos en el zaguán en el que había una cabina acristalada donde vendían los tiques. Detrás había un cortinón de terciopelo granate entre cuyos pliegues se hallaba camuflado el portero.
Desde luego aquello parecía lo que era: la planta baja de un caserón de gruesos muros y habitaciones más bien destartaladas con muebles antiguos y fotos desvaídas de color sepia.
Sito estaba radiante. Encendiendo el enésimo cigarrillo, con la satisfacción pintada en el rostro, nos preguntó: “¿A que no esperabais esto? ¿A que es superoriginal?”.
Dada la perplejidad reinante, el mentecato que le seguía el juego formuló la objeción que a todos nos bullía en la cabeza: “Pero esto no es una discoteca”. Sito, aspirando con fruición el humo del pitillo, repitió triunfante: “¿A que es una chulada?”.
La sala de baile estaba en el sótano, adonde se llegaba por una escalera de ladrillos desgastados. Agarrados al pasamano, en fila india, iniciamos el descenso al sanctasanctórum.
Conforme bajábamos, se iba desvelando a nuestros ojos el mundo colorista y alborotado de un gran cubo de vidrio insonorizado que ocupaba la mayor parte del subterráneo.
Mis compañeros se precipitaron en su interior, desperdigándose por todas partes. Yo entré también pero me quedé a un lado, cerca del disc-jockey. La pista estaba llena. Allí dentro la música era atronadora. Decidí acercarme al bar y tomar una copa, pero lo pensé mejor, di media vuelta y me fui.

 

 

 

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Llevo esperando una hora o más. Mi paciencia está al límite. Desde su punto de vista caciquil, esta desconsideración está justificada. Ese mastuerzo ilustrado se cree alguien importante y, por tanto, estima natural que los demás dilapiden su tiempo si desean hablar con él. Si la espera, además, es en la puerta de la calle, su valía queda realzada.
En lo que a mí respecta hay que añadir otro detalle, un matiz que hace más compleja la significación de la espera. Manolo Rubio y un servidor somos parientes. Nuestros abuelos maternos eran primos hermanos. Siempre es él quien saca a colación esta historia.
Mi madre ha insistido en que vaya a hablar con él porque, si le da la gana, puede ayudarme. Me he hecho el remolón mucho tiempo. Incluso me he negado lisa y llanamente. Al final, ante la machaconería materna, he acabado cediendo.
Estaba cansado de oírla repetir que no perdía nada con exponerle mi caso. Concluía su argumentación señalando que no me estaba pidiendo nada vergonzoso sino tan sólo un pequeño esfuerzo por mi parte.
Por supuesto, no se trata de un pequeño esfuerzo. En cuanto a lo de avergonzarme, no estoy tampoco seguro.
La fachada de la casa es apabullante. Tanto las ventanas de la planta baja como los balcones de la planta alta están coronados de frontones triangulares y curvos en alternancia. Estos elementos arquitectónicos y el almohadillado de las esquinas están pintados de color albero. Las barandillas de los balcones lucen perinolas doradas. Las rejas de las ventanas son un impresionante trabajo de filigrana. La maciza puerta está provista de dos aldabones con forma de mano que agarra una bola. El umbral es de mármol níveo de Macael.
No soy, por cierto, el único que está esperando. Hay dos chicas con las que mantengo una conversación forzada e intermitente. Las conozco de vista. Nunca había cruzado una palabra con ellas. No sabemos de qué hablar. Ellas se miran entre sí y ríen.
La situación se me hace cada vez más incómoda. Me siento atrapado. Le he prometido a mi madre que no regresaría a casa sin haberme entrevistado con el primo Manolo, pero mi paciencia se está agotando. Estoy a punto de soltar por la boca sapos y culebras.
Las muchachas parecen sobrellevar mejor este plantón. Y eso que ya estaban aquí cuando yo llegué.
Finalmente nos callamos. Se acabaron las observaciones meteorológicas, se acabaron los intentos de mostrarse amable, se acabaron también las risitas tontas.
Ya he transigido bastante. Nadie podrá acusarme de apresuramiento ni descortesía.
Me doy media vuelta y ahueco el ala. A medida que me distancio, voy ganando altura. Las muchachas me miran con ojos atónitos. Mientras más me elevo, más se empequeñece el pueblo. Desde el aire lo abarco en su totalidad, rodeado de tierras de labor y de dehesas. Por una parte, las primeras estribaciones de la sierra. Por la otra, la campiña. A lo lejos aparecen dos blancas aglomeraciones de casas que corresponden a las localidades vecinas.
Conforme asciendo, la tensión y el malestar acumulados se disuelven. Una reconfortante quietud ocupa su lugar.
Aunque no tengo mucha pericia, consigo controlar mi vuelo y dirigirlo según mis deseos. Me desplazo de un lado a otro, hendiendo el vacío, contemplando a mis pies el mundo sublunar.

 

 

 

 

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Una apariencia de normalidad

Cuentos

I

 

Antonio Pavón Leal

Abril 2014

 

Recopilación de veinte cuentos publicados en este blog (entre marzo de 2011 y diciembre de 2013) bajo el epígrafe “Una apariencia de normalidad”, por compartir todos ellos elementos fantásticos más o menos acusados que cuestionan su fachada de relatos lineales y descriptivos. He aquí un fragmento de “El despertar de los murciélagos”

“Se lo tenía prometido a mi hijo Raúl desde nuestra llegada a la isla de Maweli, pero, por una razón o por otra, había ido postergando este asunto. Hacía tres meses que nos habíamos instalado y aún no había encontrado el momento de cumplir mi palabra. En definitiva, yo también estaba interesado. No en vano se trata de uno de los atractivos de la isla.
Aunque ese fenómeno natural apenas es conocido fuera de las fronteras de este exiguo país, sus responsables turísticos tienen depositada en él toda su confianza.
Es un acontecimiento curioso y, probablemente, único en su género. No obstante, tengo mis dudas respecto al resultado de la campaña publicitaria en ciernes.
No niego que acuda gente. Pero la respuesta no va a ser masiva como cree Probone, el secretario de Turismo, a quien la boca se le llena de cifras con seis dígitos. Escuchándolo, se diría que estamos a punto de sufrir una invasión.
En una de las reuniones propuse una diversificación de la oferta turística. Argumenté que los murciélagos producen repeluzno a numerosas personas. Si éste era el único reclamo para su desplazamiento a un lugar tan a trasmano como Maweli, muchas desistirían. Lo cual era una pena, pues la isla cuenta con atractivos indiscutibles”.

 

Libro en formato PDF: Una apariencia de normalidad – Cuentos I

 

 

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                                        II

Me quité las pantuflas y me metí en la arena. Los granos se colaban por entre mis dedos produciéndome una sensación agradable.
Pero mi inquietud, que había sobrepasado a mi curiosidad, y esas notas melancólicas me mantenían tensionado, alerta.
Me dirigí a la sala de estar, donde la familia pasaba la mayor parte del tiempo.
Allí era adonde me llevaba la tonada.
Antaño había una gran camilla de enaguas verdes y tapa de cristal bajo la que se extendía un paño de ganchillo tejido por la abuela. Alrededor de esa mesa transcurrieron muchas veladas, muchas horas de charla y de silencio. Se podría afirmar que esa mesa había sido el centro neurálgico de la casa, el lugar donde maduraban y se tomaban las decisiones.

-o-

Envuelto en una manta, sobre la arena que se amoldaba a su contorno, sobre esos miles o millones de granos en los que percibí un movimiento de succión, se encontraba mi hijo pequeño.
Observé espantado que la arena no le había hecho un confortable hueco en su seno, sino que se lo estaba tragando.
Acudí corriendo y me puse a escarbar como un loco. No podía permitir semejante fechoría.
Pero mi hijo se hundía cada vez más. Lo miré a los ojos. Estaba sereno.
Su tranquilidad me abatió aún más. ¿Por qué no lloraba? ¿Por qué no forcejeaba? ¿Por qué no me prestaba su ayuda para que pudiera arrebatárselo a esos minúsculos granos voraces?
A la desesperada traté de desenterrarlo. Cogí la manta y la saqué de un tirón, quedándome con ella en las manos.
Luego contemplé anonadado cómo se cerraba el agujero y la arena se alisaba tras consumar la absorción.

 

 

 

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                                         I

Me despertó la antigua y melodiosa canción con un fondo de tristeza que tanto me conmovía. Pero no lograba identificarla. La letra me llegaba lejana, como si la estuviesen susurrando. Sólo dos palabras, tal vez pertenecientes al estribillo, emergían claras: “mi niño”.
Permanecí escuchando. Ese arrullo monótono y melancólico que debía inducir al sueño, me desveló por completo.
La luz del alba entraba ya por la ventana de postigos entreabiertos. Observé los gruesos muros del dormitorio.
Había vuelto a la casa de mi infancia, a la que me vio nacer, a mí y a la mayoría de los miembros de mi familia, a varias generaciones. La conservaba en un estado de semiabandono. A causa de su vetustez y extensión, resultaba difícil de vender.
Habían aparecido compradores pero cuando se enteraban del precio, tras el regateo de rigor, se retiraban. La casa valía el dinero que se les pedía. Otra cosa es que todos ellos, sin excepción, quisieran derribarla y construir en el solar una nueva vivienda.
Tal vez, dado que había unanimidad al respecto, el importe fuese excesivo. Tal vez, a pesar de ser un elefante blanco, no quisiera desprenderme de la casa. No al menos hasta que descubriese su secreto. Entonces tal vez la abaratase.
Por eso estaba allí. Oficialmente porque había salido un nuevo comprador que quería verla. Verdaderamente porque quería averiguar el origen de esa canción de cuna.

-o-

Hasta mi dormitorio situado en la planta alta, atravesando unas paredes de medio metro de grosor y unas recias puertas de madera, llegó ese arrullo.
Primero me incorporé, con la vista fija en el testero descalichado. Luego me senté en el borde de la cama. Esa voz me oprimía el pecho. Contuve la respiración para oír mejor.
Sólo captaba las palabras “mi niño”. El resto era ininteligible.
Supuse que la letra, como la de numerosas nanas, aludía a críos que se pierden y no encuentran el camino de regreso, o que tienen hambre y frío, o a los que un hombre malvado se lleva.
Me puse las pantuflas y me levanté. La voz venía de abajo.
Me detuve en el vano de la puerta. La tonada se había debilitado. Estuve quieto hasta que retomó fuerza.
Ocurría siempre que en un determinado momento la voz se extinguía. El silencio me rodeaba. El misterio se escabullía.
Bajé los escalones con la mano apoyada en la pared.
En el rellano me paré en seco, sin dar crédito a mis ojos. La planta baja estaba inundada de arena. Esa superficie rubia y ondulada, por lo que alcanzaba a ver, cubría el suelo de todas las habitaciones.

 

 

 

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                                   1

Hay en Las Hilandarias una casona de muros encalados, con escasas y altas ventanas a la calle que están siempre cerradas.
En uno de los ángulos de este edificio se levanta una torre cuadrangular, maciza, rematada en una veleta con la primera letra de los puntos cardinales.
Esta casona es conocida como “el palacio”. Se entra por un portalón gris tachonado de clavos negros. Está situada en el casco antiguo del pueblo.
Desde la torre se contempla la campiña que se extiende ante ella como una inmensa alfombra parda surcada por las franjas grises de las carreteras de Besoto y Conquista, y limitada a la derecha por la lejana cenefa del río Tremedal.

2

Crucé el pueblo con mi mochila azul y negra donde llevo lo que me hace falta: cuadernos, libros, bolígrafos…
Marchaba aspirando el aire con olor a jara de los haces que almacenan en los patios de las tahonas para ser quemados en los hornos.
Marchaba disfrutando de la transparencia y quietud de las mañanas estivales de Las Hilandarias.
La idea me la sugirió Perindola que conoce todos los recovecos y secretos del pueblo. No tengo interés en responsabilizar a nadie, ni siquiera a ese zascandil irredento.
Necesitaba un lugar tranquilo donde realizar mi labor y “el palacio” lo era.

3

Las estancias son espléndidas: de techo alto, amplias, con baldosas blancas y negras formando dibujos geométricos. Las ventanas de postigos entreabiertos dan a un patio central adoquinado con un pozo y un pilar.
Frías y en penumbra, recorro las habitaciones a pasos lentos, como si temiera despertar a alguien.
Hay muebles antiguos, espejos de marcos de madera tallada, jarrones de porcelana, candelabros, cortinas de damasco, consolas con tapas de mármol…
Ante una mesa de caoba con un paño de terciopelo verde y un relicario de cobre dorado, me rindo a la evidencia de que no hay ningún sitio adecuado para ponerme a trabajar.
Sigo adentrándome en “el palacio” con sus paredes llenas de cuadros de motivos cinegéticos y religiosos, con sillas tapizadas, sofás y sillones de cuero…Con ese silencio más propio de un museo que de una vivienda.
Me noto tenso. Comprendo que allí no podré concentrarme, que allí no pinto nada.
Doy media vuelta y desando las desangeladas estancias. Cuando cruzo el patio, el calor del sol reanima mi cuerpo y reconforta mi espíritu.

 

 

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1
Mario era el súmmum de la normalidad. Trabajaba en un banco donde tenía justa fama de empleado modelo. Mario era ejemplar no sólo laboralmente sino en todos los aspectos. Estaba casado y tenía dos hijos.
Lo conocía del banco. Su trato con los clientes era el que cabe esperar de un profesional. Pero él llevaba su amabilidad más lejos. Cuando se cruzaba contigo en la calle, te saludaba con una sonrisa o con una leve inclinación de cabeza y te hacía una pregunta pertinente.
Sus gestos y su interés eran naturales. No había ningún motivo para pensar lo contrario. Su comportamiento respondía a un movimiento espontáneo del alma que lo llevaba a ser atento con todo el mundo.

2
El asunto salió en los periódicos provocando una conmoción en el barrio. A la gente le gustan esos escándalos que rompen la rutina y ponen una nota de color en tantos días grises.
Esos acontecimientos imprevistos son un pretexto para dar rienda suelta a nuestra morbosidad. Nos permiten indignarnos y despotricar. Nos permiten abandonarnos a nuestros demonios que están siempre al acecho.
Mario era un ciudadano de costumbres regladas. Un émulo de Kant, de quien se cuenta que pasaba siempre puntual por las mismas calles cuando iba o venía de la Universidad de Königsberg, de forma que los vecinos aprovechaban su paso para poner en hora los relojes.
Vestía correcta y discretamente. En invierno usaba una gabardina cruda que desentonaba en una ciudad como Sevilla donde llueve más bien poco.

3
Nadie podía imaginar que albergara un odio tan furibundo. Casualmente me hallaba en la calle San Jacinto ese día.
Mario, con porte marcial y a buen ritmo, se dirigía al banco. Al cruzarnos, inclinó la cabeza y me dio los buenos días. Luego escuché el ruido de una pedrada. Me volví. Mario había roto el escaparate del estudio fotográfico. Luego sacó un garrote de debajo de la gabardina y acabó de cargarse el cristal.
El estudio estaba especializado en bodas y primeras comuniones. En el momento del destrozo, exhibía a varias madrinas coronadas de peinetas de carey y envueltas en mantillas de blondas mirando al infinito. Fotos de un cumpleaños, entre las que destacaban las dedicadas a la tarta: un bizcocho recubierto de mantequilla y adornado con guindas azucaradas rojas y verdes, anises y trocitos de avellanas, más las velitas correspondientes. Y otras imágenes estereotipadas.
Mario cogió con ambas manos una ampliación de una pareja de novios. Ella estaba apoyada gentilmente en una balaustrada. Él la contemplaba con arrobo. Mario lanzó la foto en mitad de la calle donde fue arrollada por un coche.
Luego les llegó el turno a una niña vestida con una blusa de lunares y el ombligo al aire, y a los comulgantes, de los que había una buena colección en diferentes posturas: con la cabeza hacia arriba, con la cabeza hacia abajo, con las manos juntas, con las puntas de los dedos rozando la barbilla, muy serios, muy en su papel, muy hombrecitos y mujercitas.

4
Mario estaba poseído. Tiraba las fotos al suelo y las pisoteaba. De su cólera jupiterina no se salvó nadie.
Dos guardias municipales acudieron a todo correr y pusieron punto final a ese ataque de locura. Sujetaron a Mario por los brazos y lo apartaron del escaparate.
No opuso resistencia. Se entregó sin forcejear. Su respiración era acezante. Un cerco de espumilla blanca circundaba su boca. Temblaba.
Sé que no es posible, pero me pareció oír o sentir los violentos latidos de su corazón.

 

 

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