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24

Estudiaba la carrera en Sevilla. A Las Hilandarias iba durante los periodos vacacionales y no todos los fines de semana. En mis visitas coincidía a veces con Jacinto. Como siempre, se mostraba retraído.

En su tercer año de conservatorio se hundió en una depresión y dejó los estudios, tanto los de música como los de derecho. Según su familia, estaba sobrecargado de trabajo. No aprecié síntomas de desgaste físico en Jacinto. No tenía aspecto de cansado ni mala cara.

De todos modos, mis encuentros con él eran ocasionales. Como todos opinaban, incluido el especialista, que su quebrantamiento se debía en buena medida al ritmo de trabajo, lo indujeron a renunciar a una de las dos carreras.

De hecho, abandonó las dos. Se recluyó y dejó pasar el tiempo. Él decía: “Ahora estoy quietecito contemplando el curso de las nubes”.

Durante ese periodo de confinamiento aprovechó “para no hacer nada”. Lo cual no era cierto, pues daba largos paseos, leía libros de orientalismo e incluso algunas tardes recalaba en el bar de Lerín.

La reclusión y el paso del tiempo no surtieron efecto a largo plazo. Aparentemente remontó ese bache. La familia atribuyó la recuperación al tratamiento de litio. Jacinto ni afirmaba ni negaba nada.

Se descargó del exceso de trabajo, optando por el derecho y prescindiendo de la música. De esta forma, todos contentos. Me aseguró que había hecho la mejor elección. Sus palabras sonaron impostadas.

Pensé que la vida de cualquiera era una urdimbre entre cuyos hilos se contaban las concesiones, las renuncias y las derrotas.

Perdió ese curso. Los meses de verano, al igual que los anteriores, transcurrieron entre caminatas por la mañana temprano, baños en la piscina y lecturas sobre religiones orientales.

Moreno, vareado y más culto, en septiembre todos le dieron el alta. A pesar de su buena imagen, el problema no estaba resuelto.

Jacinto adoptó una postura crítica que a menudo rozaba el sarcasmo. Su bien timbrada voz estaba contaminada de un retintín que no venía a cuento.

Cuando le dije que me alegraba de su restablecimiento, y aludí a su pinta de galán, una ingeniosidad espigada en un libro de aforismos orientales fue su respuesta.

En mi último encuentro con él me desgranó la historia del manantial cegado. Unos obreros lo obstruyeron matando el arroyo que nacía en él. El arroyo alimentaba una alberca. La alberca regaba un huerto. En el huerto crecían verduras y árboles frutales que se perdieron…Me pareció un cuento chino, pero lo escuché con seriedad.

 

 

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23

Jacinto Basterra y yo fuimos juntos a la escuela y al instituto. Vivíamos en la misma calle, él en el número veintisiete y yo en el diecisiete. Teníamos la misma edad. Salvo que hubiese surgido una incompatibilidad insalvable, estábamos destinados a ser amigos.

Había, sin embargo, en nuestra pandilla otros compañeros que me eran más afines. Mi gran amigo era Cirilo Cortés. En el otro extremo se hallaba Joselito. Jacinto ocupaba un lugar intermedio.

Pronto dio señales de ser especial. En Las Hilandarias este adjetivo no es un elogio. Jacinto era taciturno y tenía rachas de enclaustramiento. Si salía, presionado por su familia, se mostraba ausente, esquinado. Su comportamiento suscitaba comentarios burlones o compasivos.

Debido al hecho de que nunca me unía a esas reacciones de mofa o lástima, gozaba de su confianza. A veces se sinceraba conmigo.

Un día me hizo partícipe de su temor a que el corazón le dejase de funcionar. Sus latidos disminuían hasta hacerse imperceptibles. Y la angustia se apoderaba de él. El médico no dio importancia a ese síntoma que calificó de imaginario. Ni, en lógica consecuencia, ningún remedio. Pero Jacinto encontró uno por su cuenta.

Cuando advertía que el ritmo cardiaco se debilitaba, se llevaba la mano derecha al pecho y marcaba el compás. Así permanecía hasta que el corazón recuperaba su tono.

Jacinto estaba dotado para la música y tenía una hermosa voz de barítono en la que reparó don Juan, el párroco del pueblo.

Cuando el cura formó el coro de la iglesia, pensó en Jacinto y también en mí. Ambos engrosamos sus filas. No tardó en ponerse de relieve que mi amigo tenía excelentes cualidades y yo las tenía mermadas.

Don Juan, en quien no era descartable cierto grado de malignidad a pesar de su condición eclesiástica y de su fama de majo, cada dos por tres me mandaba callar en los ensayos. Los talentos mediocres no le interesaban. Prefería prescindir de ellos y ahorrarse el trabajo de su educación.

De Jacinto declaraba que era un gran descubrimiento. De su voz clara y vibrante quedaban prendados incluso los legos, cuanto más el párroco de Las Hilandarias.

Proclamaba también don Juan, hombre expansivo y parlanchín, que desaprovechar ese don era un acto de ingratitud, un delito.

 

 

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                                        II

Me quité las pantuflas y me metí en la arena. Los granos se colaban por entre mis dedos produciéndome una sensación agradable.
Pero mi inquietud, que había sobrepasado a mi curiosidad, y esas notas melancólicas me mantenían tensionado, alerta.
Me dirigí a la sala de estar, donde la familia pasaba la mayor parte del tiempo.
Allí era adonde me llevaba la tonada.
Antaño había una gran camilla de enaguas verdes y tapa de cristal bajo la que se extendía un paño de ganchillo tejido por la abuela. Alrededor de esa mesa transcurrieron muchas veladas, muchas horas de charla y de silencio. Se podría afirmar que esa mesa había sido el centro neurálgico de la casa, el lugar donde maduraban y se tomaban las decisiones.

-o-

Envuelto en una manta, sobre la arena que se amoldaba a su contorno, sobre esos miles o millones de granos en los que percibí un movimiento de succión, se encontraba mi hijo pequeño.
Observé espantado que la arena no le había hecho un confortable hueco en su seno, sino que se lo estaba tragando.
Acudí corriendo y me puse a escarbar como un loco. No podía permitir semejante fechoría.
Pero mi hijo se hundía cada vez más. Lo miré a los ojos. Estaba sereno.
Su tranquilidad me abatió aún más. ¿Por qué no lloraba? ¿Por qué no forcejeaba? ¿Por qué no me prestaba su ayuda para que pudiera arrebatárselo a esos minúsculos granos voraces?
A la desesperada traté de desenterrarlo. Cogí la manta y la saqué de un tirón, quedándome con ella en las manos.
Luego contemplé anonadado cómo se cerraba el agujero y la arena se alisaba tras consumar la absorción.

 

 

 

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                                         I

Me despertó la antigua y melodiosa canción con un fondo de tristeza que tanto me conmovía. Pero no lograba identificarla. La letra me llegaba lejana, como si la estuviesen susurrando. Sólo dos palabras, tal vez pertenecientes al estribillo, emergían claras: “mi niño”.
Permanecí escuchando. Ese arrullo monótono y melancólico que debía inducir al sueño, me desveló por completo.
La luz del alba entraba ya por la ventana de postigos entreabiertos. Observé los gruesos muros del dormitorio.
Había vuelto a la casa de mi infancia, a la que me vio nacer, a mí y a la mayoría de los miembros de mi familia, a varias generaciones. La conservaba en un estado de semiabandono. A causa de su vetustez y extensión, resultaba difícil de vender.
Habían aparecido compradores pero cuando se enteraban del precio, tras el regateo de rigor, se retiraban. La casa valía el dinero que se les pedía. Otra cosa es que todos ellos, sin excepción, quisieran derribarla y construir en el solar una nueva vivienda.
Tal vez, dado que había unanimidad al respecto, el importe fuese excesivo. Tal vez, a pesar de ser un elefante blanco, no quisiera desprenderme de la casa. No al menos hasta que descubriese su secreto. Entonces tal vez la abaratase.
Por eso estaba allí. Oficialmente porque había salido un nuevo comprador que quería verla. Verdaderamente porque quería averiguar el origen de esa canción de cuna.

-o-

Hasta mi dormitorio situado en la planta alta, atravesando unas paredes de medio metro de grosor y unas recias puertas de madera, llegó ese arrullo.
Primero me incorporé, con la vista fija en el testero descalichado. Luego me senté en el borde de la cama. Esa voz me oprimía el pecho. Contuve la respiración para oír mejor.
Sólo captaba las palabras “mi niño”. El resto era ininteligible.
Supuse que la letra, como la de numerosas nanas, aludía a críos que se pierden y no encuentran el camino de regreso, o que tienen hambre y frío, o a los que un hombre malvado se lleva.
Me puse las pantuflas y me levanté. La voz venía de abajo.
Me detuve en el vano de la puerta. La tonada se había debilitado. Estuve quieto hasta que retomó fuerza.
Ocurría siempre que en un determinado momento la voz se extinguía. El silencio me rodeaba. El misterio se escabullía.
Bajé los escalones con la mano apoyada en la pared.
En el rellano me paré en seco, sin dar crédito a mis ojos. La planta baja estaba inundada de arena. Esa superficie rubia y ondulada, por lo que alcanzaba a ver, cubría el suelo de todas las habitaciones.

 

 

 

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[Mi estado es la zozobra]

Mi estado es la zozobra
mi música el embate
de las furiosas olas

Y sin embargo canto

Mientras aliente en mí
un átomo de vida
modularé la voz
y entonaré canciones
con sabor a salitre
con algas en la playa
con barcos que se alejan
con manos que se agitan
en un último adiós

 

 

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