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[Los semáforos lanzan]

Los semáforos lanzan
sus guiños rojos, verdes y ámbar.

El ajetreo
el niño mira
sin parpadeo

Sopla la brisa
la sangre corre
con mucha prisa

Desde el balcón
el niño mira
con devoción

El colorido
las rotaciones
del tiovivo

La zarabanda
de los viandantes
que nunca para

Los semáforos lanzan
sus guiños rojos, verdes y ámbar.

 

 

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28

Escuché una risita a mis espaldas. Rápido como un rayo, volví la cabeza y, en mitad del asiento trasero, vi a un niño de siete años que me sostuvo la mirada de desconcierto.

La intensa luminosidad, que convertía el interior del coche en un plató infernal, no lograba borrar la divertida expresión del pequeño.

Su presencia era un desafío a esa blancura corrosiva que nos amortajaba. Su carencia de miedo hizo que reviviera en mí la esperanza.

Vestía pantalones cortos y un jersey de pico. Los calcetines le cubrían las pantorrillas. Tenía desabrochado el botón superior de la camisa. Sonrió y me mostró una corbata con elástico. “Me la he quitado. Me apretaba” explicó.

Luego me comunicó que, si yo lo deseaba, podía ayudarme. No salía de mi asombro.

“Esta luz te molesta, ¿verdad? Es muy desagradable. En lugar de alumbrar deslumbra”. Repentinamente serio, añadió: “Es una luz que se lo come todo”.

“Te asusta, ¿verdad?” No respondí nada. Una nueva oleada de angustia absorbió mis escasas fuerzas. El deseo de franquear ese límite tras el cual cesa el sufrimiento, se hizo imperioso.

Mi supuesto salvador no se desanimó por mi silencio. Su serena voz infantil se oyó de nuevo: “¿Quieres que lo intente? Es fácil. Mira cómo se hace”.

A pesar de mi extenuación, giré la cabeza y observé al chiquillo. “Puedo hacerlo. Es fácil” “Eso ya lo has dicho”.

El niño levantó el brazo derecho con la mano extendida. Su rostro adquirió un aire severo. Su mirada se fijó en un punto indeterminado. Me dio la impresión de que había caído en trance.

A continuación empezó a mover lentamente la mano extendida. Al principio no me percaté de nada. Al cabo de pocos minutos era evidente que la intensidad lumínica había disminuido. En cuanto el resplandor perdió su virulencia, el interior del coche recuperó su aspecto habitual.

El chiquillo siguió balanceando la mano. Con ese ligero gesto estaba haciendo retroceder a la luz. Pero esta retirada se interrumpió de pronto.

Comprobé que mi pequeño mago había dejado caer el brazo. “¿Te has cansado?”. Sus rasgos se habían distendido. Su aspecto era normal. No parecía dar importancia a la proeza que acababa de realizar.

“Así está bien” respondió, “ahora voy a hacer otra cosa”.

 

 

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                                        II

Me quité las pantuflas y me metí en la arena. Los granos se colaban por entre mis dedos produciéndome una sensación agradable.
Pero mi inquietud, que había sobrepasado a mi curiosidad, y esas notas melancólicas me mantenían tensionado, alerta.
Me dirigí a la sala de estar, donde la familia pasaba la mayor parte del tiempo.
Allí era adonde me llevaba la tonada.
Antaño había una gran camilla de enaguas verdes y tapa de cristal bajo la que se extendía un paño de ganchillo tejido por la abuela. Alrededor de esa mesa transcurrieron muchas veladas, muchas horas de charla y de silencio. Se podría afirmar que esa mesa había sido el centro neurálgico de la casa, el lugar donde maduraban y se tomaban las decisiones.

-o-

Envuelto en una manta, sobre la arena que se amoldaba a su contorno, sobre esos miles o millones de granos en los que percibí un movimiento de succión, se encontraba mi hijo pequeño.
Observé espantado que la arena no le había hecho un confortable hueco en su seno, sino que se lo estaba tragando.
Acudí corriendo y me puse a escarbar como un loco. No podía permitir semejante fechoría.
Pero mi hijo se hundía cada vez más. Lo miré a los ojos. Estaba sereno.
Su tranquilidad me abatió aún más. ¿Por qué no lloraba? ¿Por qué no forcejeaba? ¿Por qué no me prestaba su ayuda para que pudiera arrebatárselo a esos minúsculos granos voraces?
A la desesperada traté de desenterrarlo. Cogí la manta y la saqué de un tirón, quedándome con ella en las manos.
Luego contemplé anonadado cómo se cerraba el agujero y la arena se alisaba tras consumar la absorción.

 

 

 

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                                         I

Me despertó la antigua y melodiosa canción con un fondo de tristeza que tanto me conmovía. Pero no lograba identificarla. La letra me llegaba lejana, como si la estuviesen susurrando. Sólo dos palabras, tal vez pertenecientes al estribillo, emergían claras: “mi niño”.
Permanecí escuchando. Ese arrullo monótono y melancólico que debía inducir al sueño, me desveló por completo.
La luz del alba entraba ya por la ventana de postigos entreabiertos. Observé los gruesos muros del dormitorio.
Había vuelto a la casa de mi infancia, a la que me vio nacer, a mí y a la mayoría de los miembros de mi familia, a varias generaciones. La conservaba en un estado de semiabandono. A causa de su vetustez y extensión, resultaba difícil de vender.
Habían aparecido compradores pero cuando se enteraban del precio, tras el regateo de rigor, se retiraban. La casa valía el dinero que se les pedía. Otra cosa es que todos ellos, sin excepción, quisieran derribarla y construir en el solar una nueva vivienda.
Tal vez, dado que había unanimidad al respecto, el importe fuese excesivo. Tal vez, a pesar de ser un elefante blanco, no quisiera desprenderme de la casa. No al menos hasta que descubriese su secreto. Entonces tal vez la abaratase.
Por eso estaba allí. Oficialmente porque había salido un nuevo comprador que quería verla. Verdaderamente porque quería averiguar el origen de esa canción de cuna.

-o-

Hasta mi dormitorio situado en la planta alta, atravesando unas paredes de medio metro de grosor y unas recias puertas de madera, llegó ese arrullo.
Primero me incorporé, con la vista fija en el testero descalichado. Luego me senté en el borde de la cama. Esa voz me oprimía el pecho. Contuve la respiración para oír mejor.
Sólo captaba las palabras “mi niño”. El resto era ininteligible.
Supuse que la letra, como la de numerosas nanas, aludía a críos que se pierden y no encuentran el camino de regreso, o que tienen hambre y frío, o a los que un hombre malvado se lleva.
Me puse las pantuflas y me levanté. La voz venía de abajo.
Me detuve en el vano de la puerta. La tonada se había debilitado. Estuve quieto hasta que retomó fuerza.
Ocurría siempre que en un determinado momento la voz se extinguía. El silencio me rodeaba. El misterio se escabullía.
Bajé los escalones con la mano apoyada en la pared.
En el rellano me paré en seco, sin dar crédito a mis ojos. La planta baja estaba inundada de arena. Esa superficie rubia y ondulada, por lo que alcanzaba a ver, cubría el suelo de todas las habitaciones.

 

 

 

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[el trigo amarillea]

el trigo amarillea
el agua serpentea
el niño corretea

en su tienda el tendero
en su fragua el herrero
serrando el carpintero

el escoplo el martillo
el cemento el ladrillo
la lezna el escardillo

la marina mercante
el caballero andante
el holandés errante

el agua cristalina
un pájaro que trina
el lis la clavellina

las montañas los puertos
los vivos y los muertos
los cojos y los tuertos

los tirios los troyanos
vietnamitas birmanos
zulúes bosquimanos

faralaes peinetas
taconeos piruetas
visajes morisquetas

la baba del lascivo
con su barba de chivo
indigno repulsivo

 

 

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