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Contraluz (III)

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XVIII
La felicidad está
detrás de las ventanas,
entreabiertas de día,
de noche iluminadas.

Derramando su luz,
proyectando su paz,
en lugares lejanos
la felicidad está.

Lugares entrevistos
en sueños, mapas, libros
antiguos o modernos,
reales o ficticios.

La religión lo sabe
y nos habla del cielo
allá en la otra vida.
En esta está el infierno.

Pero los paraísos
resplandecientes, bellos,
son sólo una promesa,
tal vez un embeleco.

Y miro las ventanas
que esconden tanta dicha.
Si yo estuviera ahí,
me digo con envidia.

A veces me acometen
unos locos deseos
de ser feliz, de estar
en paz conmigo mismo.

Sólo tengo un consuelo
y es mirar las ventanas,
sobre todo de noche,
cuando esparcen su luz
como un bálsamo suave.

 

 

 

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28

Escuché una risita a mis espaldas. Rápido como un rayo, volví la cabeza y, en mitad del asiento trasero, vi a un niño de siete años que me sostuvo la mirada de desconcierto.

La intensa luminosidad, que convertía el interior del coche en un plató infernal, no lograba borrar la divertida expresión del pequeño.

Su presencia era un desafío a esa blancura corrosiva que nos amortajaba. Su carencia de miedo hizo que reviviera en mí la esperanza.

Vestía pantalones cortos y un jersey de pico. Los calcetines le cubrían las pantorrillas. Tenía desabrochado el botón superior de la camisa. Sonrió y me mostró una corbata con elástico. “Me la he quitado. Me apretaba” explicó.

Luego me comunicó que, si yo lo deseaba, podía ayudarme. No salía de mi asombro.

“Esta luz te molesta, ¿verdad? Es muy desagradable. En lugar de alumbrar deslumbra”. Repentinamente serio, añadió: “Es una luz que se lo come todo”.

“Te asusta, ¿verdad?” No respondí nada. Una nueva oleada de angustia absorbió mis escasas fuerzas. El deseo de franquear ese límite tras el cual cesa el sufrimiento, se hizo imperioso.

Mi supuesto salvador no se desanimó por mi silencio. Su serena voz infantil se oyó de nuevo: “¿Quieres que lo intente? Es fácil. Mira cómo se hace”.

A pesar de mi extenuación, giré la cabeza y observé al chiquillo. “Puedo hacerlo. Es fácil” “Eso ya lo has dicho”.

El niño levantó el brazo derecho con la mano extendida. Su rostro adquirió un aire severo. Su mirada se fijó en un punto indeterminado. Me dio la impresión de que había caído en trance.

A continuación empezó a mover lentamente la mano extendida. Al principio no me percaté de nada. Al cabo de pocos minutos era evidente que la intensidad lumínica había disminuido. En cuanto el resplandor perdió su virulencia, el interior del coche recuperó su aspecto habitual.

El chiquillo siguió balanceando la mano. Con ese ligero gesto estaba haciendo retroceder a la luz. Pero esta retirada se interrumpió de pronto.

Comprobé que mi pequeño mago había dejado caer el brazo. “¿Te has cansado?”. Sus rasgos se habían distendido. Su aspecto era normal. No parecía dar importancia a la proeza que acababa de realizar.

“Así está bien” respondió, “ahora voy a hacer otra cosa”.

 

 

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27

Inmóvil, arrullado por el aguacero, pasé revista a mis encuentros con Jacinto. Solitarios o encadenados surgían los recuerdos.

En mi conciencia sólo subsistía una reducida idea de peligro en relación con la crecida del arroyo cuyo estruendo se entremezclaba con el de la lluvia.

Jacinto recitaba de tarde en tarde unos versos de Shakespeare que venían como anillo al dedo. Era una cita sobre los cielos descargando su furia sobre la tierra y los vagabundos corriendo despavoridos en busca de refugio.

Pero no era necesaria la cólera celeste para poner en fuga a los menesterosos, concluía. Bastaba la propia condición humana.

En cuanto al deseo de hallar cobijo, opinaba que era un error. Sólo era posible regresar al hogar.

“¿A qué hogar?” le pregunté, “si son mendigos, es seguro que no lo tienen”. Su respuesta fue una amable sonrisa. Yo fruncí las cejas. Nunca he sido aficionado a los enigmas ni a los esoterismos.

En otra ocasión me habló de los archivos akásicos. En algún lugar del Universo se estaba registrando las obras, las palabras, los pensamientos, las sensaciones, los sueños, los deseos de todos y cada uno de los seres humanos. Nada de lo que hacíamos u omitíamos caía en saco roto.

En esos archivos figuraban desde un suspiro hasta un discurso de investidura. Objeté que ese tratamiento igualitario me parecía injusto. El segundo no merecía ser conservado en esa biblioteca toda la eternidad.

Distinguí un punto luminoso que se acercaba. Traté de moverme. Una náusea profunda me puso mortalmente enfermo. En mi cabeza bailaron los faros del todoterreno y los del camión. Me encontraba peor de lo que pensaba. Tal vez esa angustia congelada en el pecho era el principio de la agonía.

Se apoderó de mí un afán desesperado de abandonar mi cuerpo.

La luz iba en aumento y acabó convirtiéndose en un resplandor que estaba por todas partes. Era una luminosidad semejante a la de potentes lámparas halógenas. Una luminosidad tan descarnada y voraz que lo borraba todo.

Miré el volante, la guantera, mis manos, esas migajas de realidad que aún no habían sido engullidas. Cerré los ojos. A través de los párpados esa irradiación me inundó el cerebro.

 

 

 

 

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[Conquistar un lugar]

Conquistar un lugar
fuera de las miradas
al abrigo del miedo
donde pueda olvidar
lo que me han enseñado
donde pueda aprender
a vivir nuevamente

Conquistar un lugar
inaccesible a todos
donde sólo yo pueda
entrar salir estar
un reducto de paz
con murallas de luz
donde ser uno mismo

 

 

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La fe

[…] Le juste vit vraiment de la foi car elle remplace pour lui la plupart des sens de la nature: elle transforme tellement toute chose qu’à peine les anciens sens peuvent-ils servir à l’âme: elle ne perçoit que de trompeuses apparences […] Les sens nous séduisent par les beautés crées, la foi pense à la beauté incréée et prend en pitié toutes les créatures qui sont un néant et une poussière à côté de cette beauté-là. […] Les sens s’effraient de ce qu’ils appellent des dangers de ce qui peut amener la douleur ou la mort, la foi ne s’effraie de rien, elle sait qu’il ne lui arrivera que ce que Dieu voudra […] et ce que Dieu voudra sera toujours pour son bien […] Ainsi quoi qu’il puisse arriver, peine ou joie, vie ou mort, elle est contente d’avance et n’a peur de rien. Les sens sont inquiets du lendemain, se demandent comment on vivra demain, la foi est sans nulle inquiétude […] Ainsi la foi éclaire d’une lumière nouvelle autre que la lumière des sens […] Ainsi celui qui vit de foi a l’âme pleine de pensées nouvelles, de goûts nouveaux, de jugements nouveaux ; ce sont des horizons nouveaux qui s’ouvrent devant lui, horizons merveilleux qui sont éclairés d’une lumière céleste […]

Charles de Foucauld

El justo vive verdaderamente de la fe, que sustituye para él a la mayor parte de los sentidos de la naturaleza: transforma de tal modo todas las cosas que los antiguos sentidos apenas pueden servir al alma, que sólo percibe a través de ellos apariencias engañosas […] Los sentidos nos seducen con las bellezas creadas, la fe piensa en la belleza increada y se compadece de todas las criaturas que son nada y polvo al lado de esta belleza […] Los sentidos se espantan de lo que llaman peligros que pueden conducir al dolor o a la muerte, la fe no se espanta de nada, sabe que sólo le ocurrirá lo que Dios quiera […] y lo que Dios quiera será siempre para su provecho […] Así, pase lo que pase, pena o alegría, salud o enfermedad, vida o muerte, está contenta de antemano y no tiene miedo de nada. Los sentidos están preocupados por el futuro, se preguntan cómo se vivirá mañana; la fe no tiene ninguna preocupación […] Así, la fe ilumina todo con una luz nueva diferente a la luz de los sentidos […] Así, el que vive de fe tiene el alma llena de pensamientos nuevos, de gustos nuevos, de juicios nuevos; nuevos horizontes se abren ante él, horizontes maravillosos que están bañados en una luz celeste […]

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Guardianes (II)


                                     4
Sentado sobre sus cuartos traseros, el mastín nos contemplaba con indiferencia canina. A nuestra aprensión se oponía su impasibilidad.
De hecho, daba la impresión de que sólo reparaba en nosotros de vez en cuando, tras bostezar de aburrimiento y enseñar su lengua rosada del tamaño de un buen filete. O tras levantarse y dar un corto paseo.
Al llegar al límite de la circunferencia, se paraba y se quedaba como un pasmarote. Luego se daba la vuelta y se echaba de nuevo.
El perro, casi tan grande como un San Bernardo, tenía largas guedejas negras, ligeramente onduladas. Su aspecto no era fiero. Por el contrario, parecía bonachón.
Esperaba no haberme equivocado en mi apreciación porque estaba decido a entrar en el círculo.
Como suelo hacer en estas circunstancias, procuré dejar la mente en blanco. No pensar en nada. Abandonarme, en la medida de lo posible.
Es el método más eficaz para no bloquearme. Para no quedar fuera de juego.
Nos habíamos preparado a fondo. El otro había hecho un buen trabajo. Por supuesto, ignorábamos si el planteamiento y desarrollo de la exposición iba a ser del gusto del examinador. Siempre interviene un factor subjetivo cuya importancia no es desdeñable.

                                                               5
Tan pronto como entré en el círculo, el mastín se levantó y se acercó a mí.
Se detuvo a pocos pasos y, plantado sobre sus grandes pies, me observó.
Así transcurrieron unos minutos que me parecieron horas. Por fin, el perro resopló y meneó su voluminosa cabeza. Al apartar los largos mechones de pelo, quedaron al descubierto sus ojos negros, que tenía fijos en mí.
Hubiese deseado desviar la mirada, pero intuía que era necesario mantener este cara a cara hasta que el perro decidiera otra cosa.
Con un golpe de su hocico me indicó que me situara en el centro, allí donde la intensidad de la luz imprimía un tinte cadavérico a la piel. Incluso la sentía perforándome la coronilla.
El mastín siguió inspeccionándome. A veces, con una ligera sacudida apartaba las negras guedejas que le dificultaban la visión.
En una ocasión, sentí sus belfos rozándome una mano. En otra, su aliento a través de la tela del pantalón.
Cuando hubo acabado su reconocimiento, me dio otro golpe con el hocico para que saliera del círculo.

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