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Posts Tagged ‘inspección’

II

A pesar de esa reacción escandalosa que incrementó mi perplejidad, la mujer de anchas caderas y exuberantes senos infundía confianza. Mi sensación de ridículo se esfumó.

Su torrente de risa hizo que me olvidara de sus compañeros e incluso de ese extraño lugar. Durante unos minutos ella lo llenó todo, quedando abolida la realidad circundante.

Finalmente se calmó. Relegando mi temor, la miré con curiosidad. Sus ojos chispeantes no se apartaban de mí. Sonreí tímidamente y puse sobre el mostrador la bolsa de ropa sucia sin decir palabra. Luego me alejé.

Ella cogió la bolsa, la abrió y empezó a sacar las prendas una a una. Primero un pañuelo arrugado que estiró y se llevó a la cara. Creí que iba a enjugarse las lágrimas. Asombrado comprobé que lo olisqueaba.

Para la encargada no existía la prisa. Sus actos eran parsimoniosos pero no afectados.

Olió el pañuelo una y otra vez. Lo estrujó en su mano y volvió a acercárselo a la nariz.

Sus astutos ojos me lanzaban miradas de complicidad. Yo no sabía qué actitud adoptar. En otras circunstancias me habría azorado. En esta sólo esperaba una nueva carcajada que habría secundado.

Ella suspiró, dejó el pañuelo en el mostrador y prosiguió la tarea de sacar la ropa, que sometía a meticuloso examen.

Camisas, camisetas, dos jerséis, un pantalón, varios pares de calcetines…fueron olfateados cuidadosamente.

Vio también si las prendas estaban desgarradas o descosidas. Si les faltaba un botón. Arrancando uno que estaba casi suelto, me lo mostró como un trofeo.

Sintiendo una oleada de calor que vino a sumarse a la temperatura sofocante de la lavandería, me acordé de los calzoncillos que estaban todavía dentro de la bolsa.

Me sobraba la chaqueta, la bufanda y la gorra. La negra no pareció reparar en mi nerviosismo cuando me liberé de esos tres elementos.

Sacó por fin un calzoncillo que extendió sobre el mostrador, y que contempló absorta como si fuese una obra de arte.

Cuando, calmosamente, lo volvió del revés, mi respiración se aceleró y me puse a sudar. Ella estaba seria. De su rostro había desaparecido todo vestigio de hilaridad.

Levantando la trampa del mostrador, me dijo: “Pasa”. Como no reaccionara, repitió: “Vamos, pasa”.

 

 

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Guardianes (II)


                                     4
Sentado sobre sus cuartos traseros, el mastín nos contemplaba con indiferencia canina. A nuestra aprensión se oponía su impasibilidad.
De hecho, daba la impresión de que sólo reparaba en nosotros de vez en cuando, tras bostezar de aburrimiento y enseñar su lengua rosada del tamaño de un buen filete. O tras levantarse y dar un corto paseo.
Al llegar al límite de la circunferencia, se paraba y se quedaba como un pasmarote. Luego se daba la vuelta y se echaba de nuevo.
El perro, casi tan grande como un San Bernardo, tenía largas guedejas negras, ligeramente onduladas. Su aspecto no era fiero. Por el contrario, parecía bonachón.
Esperaba no haberme equivocado en mi apreciación porque estaba decido a entrar en el círculo.
Como suelo hacer en estas circunstancias, procuré dejar la mente en blanco. No pensar en nada. Abandonarme, en la medida de lo posible.
Es el método más eficaz para no bloquearme. Para no quedar fuera de juego.
Nos habíamos preparado a fondo. El otro había hecho un buen trabajo. Por supuesto, ignorábamos si el planteamiento y desarrollo de la exposición iba a ser del gusto del examinador. Siempre interviene un factor subjetivo cuya importancia no es desdeñable.

                                                               5
Tan pronto como entré en el círculo, el mastín se levantó y se acercó a mí.
Se detuvo a pocos pasos y, plantado sobre sus grandes pies, me observó.
Así transcurrieron unos minutos que me parecieron horas. Por fin, el perro resopló y meneó su voluminosa cabeza. Al apartar los largos mechones de pelo, quedaron al descubierto sus ojos negros, que tenía fijos en mí.
Hubiese deseado desviar la mirada, pero intuía que era necesario mantener este cara a cara hasta que el perro decidiera otra cosa.
Con un golpe de su hocico me indicó que me situara en el centro, allí donde la intensidad de la luz imprimía un tinte cadavérico a la piel. Incluso la sentía perforándome la coronilla.
El mastín siguió inspeccionándome. A veces, con una ligera sacudida apartaba las negras guedejas que le dificultaban la visión.
En una ocasión, sentí sus belfos rozándome una mano. En otra, su aliento a través de la tela del pantalón.
Cuando hubo acabado su reconocimiento, me dio otro golpe con el hocico para que saliera del círculo.

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