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71.-La vida es sueño (Calderón de la Barca). La vida es un bidón de gasolina (para la fabricación de cócteles molotov). La vida es una historia contada por un idiota, llena de estruendo y furia, que nada significa (Shakespeare). La vita è bella. La vida es un regalo. Vivir es un placer. Vivir no, fumar (Sara Montiel). Dos y dos son cuatro (no siempre, eso depende del sistema numérico utilizado). La vida es tránsito. La vida es lucha. Un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción (otra vez don Pedro). La vida es una tomadura de pelo. Un envite, un desafío. La vida es una oportunidad. La vida es un aprendizaje. Vivir es superarse. Vivir es caminar. Vive y deja vivir. A Dios rogando y con el mazo dando. Dentro de cien años todos calvos (menos los naturales de la isla japonesa de Okinawa que viven más sin encanecer siquiera). La vida es una estafa. El escenario donde podemos mostrar nuestras habilidades sociales. Una efímera intersección espaciotemporal. Un campo de batalla. El laboratorio donde experimentan el azar y la necesidad. Un milagro. Lo único importante. La ocasión de participar en MasterChef o en Operación Triunfo. La vida va en serio. Dame pan y dime tonto. La vida nos ajusta las cuentas. Nos pone en nuestro sitio. La vida no nos pertenece. La vida es una tómbola (Marisol). Vivir es no dejarse engatusar. Comer, beber, amar. Mysterium tremendum. La vida es una piedra de amolar. Nuestras vidas son los ríos (Jorge Manrique). Ars longa, vita brevis (Hipócrates). La vida es adoración. La vida es…

No olvides, amable lector, que, la definas en serio o en broma, te descubrirás.

 

 

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41.-Tengo la impresión de que el tiempo no transcurre linealmente sino a saltos. Cuando miro atrás, eso me parece. No hay una sucesión de acontecimientos encadenados sino enormes vacíos, enormes huecos, de los que emergen resplandecientes algunos momentos, no grandes momentos o fechas señaladas o presuntamente importantes, sólo ciertos momentos que la memoria mantiene incólumes.
Predominan los espacios despoblados, como si la vida tendiese a borrarse, a reabsorberse en ella misma, para luego concentrarse en esos fulgurantes recuerdos que quedan sobrenadando a la cotidianidad.
Uno de esos recuerdos atañe a nuestro último encuentro. Nos vemos poco pero cada vez que nos reunimos es un hito, un quiebro al tiempo, una burla a su poder disolvente.
Era un día luminoso y frío, como suelen abundar en esa época del año. Igual a tantos otros. La transparencia del aire. La profundidad del azul. Los saludos. Las sonrisas.
Fuimos a comer y después dimos un paseo.
Las tardes invernales son cortas. El sol estaba cayendo y había bajado la temperatura. Pero estábamos tan contentos que los tiritones nos hacían reír, o tal vez reíamos sin motivo, porque todo estaba bien, porque estábamos vivos, porque nuestra charla era superficial.
La calle con sus oscuros naranjos cargados de brillantes frutas, la rápida disminución de la luz, la lentitud de nuestro caminar, nos abocaron al silencio.
Hay tal nitidez en este recuerdo que, al contarlo, lo revivo. No nitidez en el sentido de bien delineado, como un dibujo perfecto, sino en el sentido de interiorizado. Ese recuerdo me conforma, es parte de mí, como lo son mis brazos, mi estómago o mi nariz.
Después propusiste que fuésemos a tu casa a tomar café, y allí pasamos el resto de la tarde.
Ese día ha quedado incorporado a mi individualidad. Por eso su luz desafía al olvido.
Cuando nos despedimos, cogí el coche y, en lugar de volver a mi casa, me adentré por una carretera solitaria. Estuve conduciendo hasta llegar al pueblo cercano. Era una sensación agradable viajar de noche, escuchando música, sin pensar en nada concreto. Sintiendo tan sólo que todo estaba endiabladamente bien, que la felicidad era eso, que a pesar de los pesares había que estar agradecido.
Me pregunto si tu percepción del tiempo se compone también de esos espacios vacíos y de esos momentos fulgurantes. Te he hablado de nuestro encuentro pero te podría poner otros ejemplos.
La vida se condensa en ciertos hechos que no tienen nada de extraordinarios, que son a menudo triviales.
Los acontecimientos más corrientes de la vida revisten a veces una trascendencia que, si fueran un objeto, no sería posible sostenerlos debido a su peso. Una habitación vacía, una calle, la vista que se ofrece a través de una ventana pueden golpearte en el pecho, hacerte sentir, paradójicamente, tu pequeñez y tu grandeza. Esas situaciones te descubren la esencia del tiempo en forma de fogonazos que ponen de manifiesto la precariedad humana.
Hay esperas gozosas, tardes de lluvia que son un regalo del cielo, sillones en los que uno sigue viendo a quien lo ocupaba habitualmente, paseos en los que uno se deja pensar por alguien superior, alguien que sabe más de nosotros que nosotros mismos.
Te escribo estas líneas porque quería hacerte partícipe de estas reflexiones, porque quería hablarte del tiempo y su turbador aroma a claroscuros, a ocultos sentimientos, a leves pinceladas, a visiones pasajeras, a profundidades insospechadas, a sutiles querencias, a indefiniciones, a ambigüedades.

 

 

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Bestiario (I)

I
No haberte conocido, eso hubiese querido,
que tu vida y la mía no se hubiesen cruzado,
o quizá me lamento porque el valor no tuve
de cortar y alejarme, de seguir mi camino
sin dejarme atrapar.

 

 

 

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[Déjate fluir]

Déjate fluir
como un río tranquilo.
Que tu fuerza se expanda
desde el fondo de ti.

¿Acaso no hay un tiempo
para todo en la vida?
¿No te basta el afán
nuestro de cada día?

Deja ya de correr,
deja ya de agitarte,
déjate ser
sin broncas, sin sarcasmos,
sin justificaciones.

Si tienes que apostar,
apuesta sin temor
y deja que la vida
se organice a su amor.

 

 

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5
La vida quiero darte
y acudo con espuertas
repletas de metáforas
hago acopio de símbolos
de antítesis retruécanos
recorro el diccionario
con el miedo en el cuerpo
anoto en un cuaderno
sonidos armoniosos
versifico declamo
improviso estribillos
alegres como crótalos
impreco gongorizo

Y me pierdo en la fronda
de lugares comunes
de tópicos tiznosos
de gazapos de ripios

Y retoco corrijo
tiro a la papelera
disculpa mi torpeza
mi gran atrevimiento

 

 

 

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[Visión que retornas]

Visión que retornas
al conjuro de imprecisas percepciones,
que levemente te dibujas
en el horizonte cotidiano.

Mientras buscaba aturdirme,
insobornable seguías
aleteando en mi pecho.

Visión que retornas,
tú encierras
la verdad de la vida.

 

 

 

 

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Sucede —raras veces— que le encuentro
un sentido a la vida, que le cojo
las vueltas, que su centelleo rojo
me ilumina y me afogara por dentro.

Pero no me acobardo sino que entro,
a riesgo de convertirme en despojo,
por testarudez más que por arrojo,
polilla chamuscada, hasta mi centro.

Allí se me revela un gran secreto:
la sangre se transforma en una rosa
entre las hojas verdeantes de un seto.

No acaba aquí esta aparición gloriosa:
desde un pico más alto que el Aneto
se precipita el agua tumultuosa.

 

 

 

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