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Posts Tagged ‘Cirilo’

25

Había acabado la carrera de economía y estaba trabajando en una correduría de seguros a la par que preparaba oposiciones a inspector de Hacienda. Había alquilado un piso junto con otros dos compañeros en Los Remedios, cerca de la academia donde iba dos tardes por semana.

Con mis primeros haberes me compré un Dyane 6 de ocasión. Nunca he estado tan atareado ni he derrochado tanta energía como entonces. Fue una época feliz o, como no tenía tiempo de pensar en nada, lo parecía. A Las Hilandarias iba de vez en cuando a ver a mis padres.

Bajo los soportales de la avenida República Argentina, en un encuentro casual con Cirilo Cortés, me enteré del internamiento de Jacinto.

Cirilo, que iba a visitar a un oftalmólogo, estaba más interesado en contarme sus penas que la recaída de nuestro amigo. Sólo de pasada hizo alusión a esta noticia.

Su aprensión y su egocentrismo lo incapacitaban para contar esa historia. La conversación no fue larga tampoco. Tuvo lugar a mediados de un noviembre desabrido. Ambos teníamos prisa, él por llegar a la consulta del médico, y yo a la academia.

Nos despedimos. A los pocos minutos aminoré la marcha y acabé parándome al lado de uno de los pilares.

Me quedé mirando el pavimento que estaba mojado. Era un día de chaparrones y de fuertes ráfagas de viento. La circulación era densa.

Jacinto llevaba ingresado dos semanas. Me puse a andar de nuevo a un ritmo normal, luego a grandes zancadas. Me dije que iba a llegar tarde.

 

 

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23

Jacinto Basterra y yo fuimos juntos a la escuela y al instituto. Vivíamos en la misma calle, él en el número veintisiete y yo en el diecisiete. Teníamos la misma edad. Salvo que hubiese surgido una incompatibilidad insalvable, estábamos destinados a ser amigos.

Había, sin embargo, en nuestra pandilla otros compañeros que me eran más afines. Mi gran amigo era Cirilo Cortés. En el otro extremo se hallaba Joselito. Jacinto ocupaba un lugar intermedio.

Pronto dio señales de ser especial. En Las Hilandarias este adjetivo no es un elogio. Jacinto era taciturno y tenía rachas de enclaustramiento. Si salía, presionado por su familia, se mostraba ausente, esquinado. Su comportamiento suscitaba comentarios burlones o compasivos.

Debido al hecho de que nunca me unía a esas reacciones de mofa o lástima, gozaba de su confianza. A veces se sinceraba conmigo.

Un día me hizo partícipe de su temor a que el corazón le dejase de funcionar. Sus latidos disminuían hasta hacerse imperceptibles. Y la angustia se apoderaba de él. El médico no dio importancia a ese síntoma que calificó de imaginario. Ni, en lógica consecuencia, ningún remedio. Pero Jacinto encontró uno por su cuenta.

Cuando advertía que el ritmo cardiaco se debilitaba, se llevaba la mano derecha al pecho y marcaba el compás. Así permanecía hasta que el corazón recuperaba su tono.

Jacinto estaba dotado para la música y tenía una hermosa voz de barítono en la que reparó don Juan, el párroco del pueblo.

Cuando el cura formó el coro de la iglesia, pensó en Jacinto y también en mí. Ambos engrosamos sus filas. No tardó en ponerse de relieve que mi amigo tenía excelentes cualidades y yo las tenía mermadas.

Don Juan, en quien no era descartable cierto grado de malignidad a pesar de su condición eclesiástica y de su fama de majo, cada dos por tres me mandaba callar en los ensayos. Los talentos mediocres no le interesaban. Prefería prescindir de ellos y ahorrarse el trabajo de su educación.

De Jacinto declaraba que era un gran descubrimiento. De su voz clara y vibrante quedaban prendados incluso los legos, cuanto más el párroco de Las Hilandarias.

Proclamaba también don Juan, hombre expansivo y parlanchín, que desaprovechar ese don era un acto de ingratitud, un delito.

 

 

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14

Entramos atropelladamente en el box que servía de oficina y esperamos a que Cirilo manipulase la cerradura de la puerta que comunicaba con el local vecino. Antes de dejarnos pasar se esforzó en poner orden y silencio, pues quería recordarnos las instrucciones dadas. No pudo a pesar de que repetía lastimeramente: “¡Soy el responsable! ¡Soy el responsable!”.

Encendimos las luces y nos perdimos por entre las desvencijadas estanterías de madera donde se apilaba la ropa usada. La primera impresión era de desbarajuste, pero el género estaba clasificado y dividido en secciones.

Los abrigos, chaquetones y vestidos largos estaban guardados en armarios, en uno de los cuales se alineaban, colgados de perchas apretadas, trajes de época. Había también baúles con accesorios y varios montones de ropa en el suelo.

En cuanto empezamos a revolver la mercancía, el tufo a sobaquina se intensificó sin que por ello menguara nuestro entusiasmo.

La idea de travestirnos fue general. Uno se puso un traje de noche con mangas de tul plisadas y anchas. Otro, con falda de raso y blusa blanca, se echó sobre los hombros un ajado abrigo de astracán. Un tercero escogió un chaquetón con el cuello y los puños de piel, ajustado con un cinturón.

Dejando a un lado a la tirolesa con su delantal ribeteado de encajes y su blusa abullonada, furor causaron quienes tuvieron la paciencia y la imaginación de vestirse como en tiempos pasados. Había una damisela con peluca llena de rizos que lucía una falda ahuecada por un miriñaque. Otra había optado por un vestido con polisón en forma de gran lazada. Y por último contábamos con una sacerdotisa o con una zarina. La túnica blanca, el manto de terciopelo y la diadema con ínfulas de este disfraz se prestaban a diversas interpretaciones.

Fue en lo más animado de la fiesta cuando la puerta se abrió de golpe y se produjo la funesta irrupción. Bailábamos o paseábamos por el húmedo almacén. No había una gota de alcohol, ni tampoco refrescos. Las bebidas se habían acabado y no se habían repuesto. Estábamos viviendo sobrios esa fantasía colectiva.

Todo iba bien hasta el allanamiento. No tuvimos tiempo de hacer nada. Vimos con horror cómo los miembros de otras dos pandillas con las que manteníamos una relación de rivalidad, invadían nuestro dominio. Les faltó tiempo para silbar y abuchearnos, tronchándose de risa mientras más corridos nos veían.

Cirilo, que era el responsable como tantas veces nos había repetido, salió al paso de los intrusos que se burlaron de él.

Ni lo escucharon ni atendieron su petición de que se fueran. Algunos manifestaron su deseo de unirse a la fiesta cumpliendo el requisito exigido. La situación estaba tomando un feo cariz. Si aquella turba entraba en la ropavejería contigua, el resultado sería una catástrofe.

Quitamos la música y ellos la pusieron. La volvimos a quitar y ellos la volvieron a poner entre risas, insultos, bromas pesadas y conatos de peleas. Lo que salvó la situación fue que de beber sólo había agua, y con la que estaba cayendo esos advenedizos tenían bastante.

 

 

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