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Posts Tagged ‘ropavejería’

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¿Qué había sido del ratonil Joselito durante este zafarrancho? Sospechábamos que el autor de esta jugarreta era él por dos razones.

Una subjetiva: Joselito nos daba mala espina porque era liante y embustero, aunque él se creía gracioso. Había detalles en su comportamiento que nos hacían recelar.

Otra objetiva: algunos lo habían visto irrumpir con la tropa en el almacén. ¿No tenía que estar dentro con nosotros?

Alguien había salido y había dejado abierta la puerta permitiendo la entrada de esos huéspedes indeseables, a los que con seguridad esa misma persona había avisado.

Nos aplicamos a reconstruir la secuencia de acontecimientos. ¿Quién fue el último que vio a Joselito? ¿Dónde?

En la ropavejería todos lo habíamos visto con una boa de plumas alrededor del cuello corriendo de un lado a otro y haciendo mil monerías. Joselito tenía alma de bufón.

Entre brinco y brinco aprovechaba para dar un pellizco a quien pillara desprevenido. Luego se alejaba gritando: “¡Me ha cogido el culo! ¡Fulano me ha cogido el culo!”.

En cierto momento dejamos de verlo y de escucharlo. Conforme nos travestíamos, regresábamos a nuestro local. Llegamos a la conclusión de que él fue el primero que salió. Estábamos inmersos en el juego y nadie se percató de su desaparición.

Él negó el cargo de traición, pero reconoció que había salido fuera a tomar el aire porque estaba sofocado a causa de los saltos y las carreras. “Cogí un paraguas y di un paseo por la calle” explicó.

Había en su mirada un trasfondo de socarronería que era un indicio cierto de su indignidad. Pero la prueba concluyente nos la suministró un pandillero contrario. Fue Joselito, en efecto, quien apareció corriendo en el bar donde ellos estaban reunidos, y los soliviantó con la noticia.

 

 

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Entramos atropelladamente en el box que servía de oficina y esperamos a que Cirilo manipulase la cerradura de la puerta que comunicaba con el local vecino. Antes de dejarnos pasar se esforzó en poner orden y silencio, pues quería recordarnos las instrucciones dadas. No pudo a pesar de que repetía lastimeramente: “¡Soy el responsable! ¡Soy el responsable!”.

Encendimos las luces y nos perdimos por entre las desvencijadas estanterías de madera donde se apilaba la ropa usada. La primera impresión era de desbarajuste, pero el género estaba clasificado y dividido en secciones.

Los abrigos, chaquetones y vestidos largos estaban guardados en armarios, en uno de los cuales se alineaban, colgados de perchas apretadas, trajes de época. Había también baúles con accesorios y varios montones de ropa en el suelo.

En cuanto empezamos a revolver la mercancía, el tufo a sobaquina se intensificó sin que por ello menguara nuestro entusiasmo.

La idea de travestirnos fue general. Uno se puso un traje de noche con mangas de tul plisadas y anchas. Otro, con falda de raso y blusa blanca, se echó sobre los hombros un ajado abrigo de astracán. Un tercero escogió un chaquetón con el cuello y los puños de piel, ajustado con un cinturón.

Dejando a un lado a la tirolesa con su delantal ribeteado de encajes y su blusa abullonada, furor causaron quienes tuvieron la paciencia y la imaginación de vestirse como en tiempos pasados. Había una damisela con peluca llena de rizos que lucía una falda ahuecada por un miriñaque. Otra había optado por un vestido con polisón en forma de gran lazada. Y por último contábamos con una sacerdotisa o con una zarina. La túnica blanca, el manto de terciopelo y la diadema con ínfulas de este disfraz se prestaban a diversas interpretaciones.

Fue en lo más animado de la fiesta cuando la puerta se abrió de golpe y se produjo la funesta irrupción. Bailábamos o paseábamos por el húmedo almacén. No había una gota de alcohol, ni tampoco refrescos. Las bebidas se habían acabado y no se habían repuesto. Estábamos viviendo sobrios esa fantasía colectiva.

Todo iba bien hasta el allanamiento. No tuvimos tiempo de hacer nada. Vimos con horror cómo los miembros de otras dos pandillas con las que manteníamos una relación de rivalidad, invadían nuestro dominio. Les faltó tiempo para silbar y abuchearnos, tronchándose de risa mientras más corridos nos veían.

Cirilo, que era el responsable como tantas veces nos había repetido, salió al paso de los intrusos que se burlaron de él.

Ni lo escucharon ni atendieron su petición de que se fueran. Algunos manifestaron su deseo de unirse a la fiesta cumpliendo el requisito exigido. La situación estaba tomando un feo cariz. Si aquella turba entraba en la ropavejería contigua, el resultado sería una catástrofe.

Quitamos la música y ellos la pusieron. La volvimos a quitar y ellos la volvieron a poner entre risas, insultos, bromas pesadas y conatos de peleas. Lo que salvó la situación fue que de beber sólo había agua, y con la que estaba cayendo esos advenedizos tenían bastante.

 

 

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