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Posts Tagged ‘calor’

Como sabíamos que se trataba de una reunión difícil, le preguntamos cómo había transcurrido. Ella, que era la presidenta de la comunidad de vecinos, sin apartar la vista de la ventanilla, respondió: “Peor de lo que había previsto”.
Las otras le pidieron que se explicase. “Teníamos planteado un contencioso. Una de las vecinas, la del primero A, quería instalar un aparato de aire acondicionado en el patio de luz donde, por sus reducidas dimensiones, está formalmente prohibido hacer tal cosa. Absolutamente todos los vecinos estaban en contra. La oposición era unánime” “¿Entonces?”.
“Entonces llegó muy tiesa la del primero A y arrojó sobre la mesa un informe médico. Su hija mayor tiene un problema de columna vertebral y se ve obligada a llevar un corsé ortopédico. Ya sabéis el calor que hace en esta bendita tierra. Y el calor hace transpirar, y el sudor pica y si llevas puesto un corsé ortopédico, no puedes rascarte” “Eso es cierto” “Claro. Nosotros lo comprendíamos. Por eso los presentes le propusimos diversas soluciones. Pero ella no quería ni oír hablar de que su hija durmiese en el salón donde tienen aire acondicionado, ni tampoco de instalar uno portátil o de comprar un ventilador de agua nebulizada. El abanico de sugerencias fue amplio e imaginativo. A todo dijo que no.
“Por último, el debate quedó reducido a un argumento y a un contraargumento, el primero a cargo de la del primero A y el segundo a cargo de la del bajo A. La del primero A, con un toque de soberbia, decía: “Porque si lo que queréis es que se me pique mi hija” A lo que la del bajo A replicaba al punto: “Pero nosotros cómo vamos a querer que se te pique tu hija.
“Esta situación surrealista se alargaba cada vez más. Todos callábamos salvo la del primero A que seguía repitiendo: “Porque si lo que queréis es que se me pique mi hija”, a lo que nuestra portavoz respondía de inmediato: “Pero nosotros cómo vamos a querer que se te pique tu hija”.
“¿Y cómo acabó la reunión?” “Como no tenía más remedio que acabar: dándome una lipotimia” “Me refería al contencioso” “¿Tú qué crees?” “No puede ser verdad” “Venid a casa a tomar café y veréis con vuestros propios ojos el aparato”.

 

 

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                               XX
Algunas mujeres se echaban aire con un abanico que abrían y cerraban con movimientos bruscos. Pero este remedio servía de poco. En todos los corrillos se hablaba de la ola de calor. No se podía dormir. Sólo apetecía empinar el botijo. Como las condiciones atmosféricas no cambiasen pronto, no iba a quedar con vida un anciano en el pueblo. A continuación las vecinas procedían a un recuento de las defunciones. A menudo un suspiro rubricaba sus intervenciones.
Sólo los niños vivían ajenos al hecho de que, desde principios de julio, se había franqueado la barrera del insomnio. Las diarreas y otros trastornos estaban a la orden del día. Pero, aun sufriéndolos, aun sudando no menos sino más debido al constante ejercicio físico, no se ofuscaban. La emoción del juego prevalecía sobre cualquier otro interés o consideración, así como sobre los consejos de los mayores que, en sus diversas variantes, se reducían a uno solo: estarse quietos.
Si al niño de cara caballuna, inmerso en la segunda ronda de vueltas, le hubiesen preguntado lo que experimentaba en ese momento, con seguridad no habría respondido “calor”. Ni él ni los otros participantes.
El niño de cara caballuna estaba ebrio de felicidad. Era tan grande su satisfacción que no le cabía en el pecho, desbordándosele por los ojos que despedían chispitas malignas. Su única preocupación consistía en que la víctima no se percatase de la granujada en ciernes.
A estas alturas, que los demás levantasen la cabeza, no sólo no le importaba sino que contaba con ello. Así tendría ocasión de transmitirles mediante miradas y visajes, en un primer intento de complicidad que fue captado por pocos, y a renglón seguido por el método más expeditivo de señalar con el dedo al niño zangolotino, el mensaje que, de no protestar, los involucraría en la jugarreta.
Todos guardaron silencio en espera del desarrollo de los acontecimientos. Codazos a diestro y siniestro habían servido para poner sobre aviso a los cumplidores de las reglas que, cabeza gacha, permanecían en la ignorancia. Todos estaban al tanto de lo que iba a ocurrir salvo el antagonista del lance.
El zangolotino, aunque nada sospechase, inspeccionaba a menudo, en un radio lo más amplio posible, el espacio a sus espaldas. No le cabía duda que la vez anterior la correa había sido colocada más lejos.
Ciertos trucos estaban permitidos. Se había dado el caso de no encontrar la correa por tenerla muy cerca del cuerpo. Pero las posibilidades eran muy limitadas. Se trataba, en definitiva, de un juego de agilidad y rapidez.
El zangolotino, que era concienzudo, después de pasar sus manos desde los muslos a la rabadilla, donde ambas se juntaban, las lanzaba hacia atrás explorando el terreno palmo a palmo hasta donde alcanzaban sus brazos.
Al niño de cara de caballo se le ofrecían dos opciones, una de ellas a desechar. O bien dejaba la correa dentro del área reglamentaria y echaba a correr para que le diese tiempo a recuperarla antes de ser hallada, con lo cual se descubriría él mismo, pues el súbito cambio del trote cochinero al galope tendido sólo podía significar una cosa. O bien hacía lo que ya había hecho: poner entre el predestinado y la correa la distancia necesaria para no verse obligado a prescindir de su paso corto.

 

 

 

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                                 II
No recordaba dónde había dejado el coche. Pero no me importaba demasiado. Así callejearía un poco. Hacía una noche de verano bochornosa. El solano había estado soplando todo el día y ahora se había echado. El recalmón ponía los pelos de punta.
Me acordé de aquellos nórdicos que no acababan de creer, pese a estar sufriéndolo en sus carnes, que cayera la noche y siguiera haciendo el mismo calor. Ellos asociaban oscuridad y bajada de temperatura. Aquí, entre sofocos y trasudores, comprobaron que vivían en el error.
Caminé sin rumbo, más en busca de frescor que del auto.
Besoto se ha extendido en ondas concéntricas a partir de su inmensa mole parroquial que, aunque no se levanta en el centro, es sin duda el punto de referencia de la población. Las calles parten serpenteando de la imponente iglesia desprovista de gracia y elegancia en sus líneas y volúmenes, cuyo aspecto es el de un mazacote proyectado para imponerse implacablemente a los fieles.
A pesar del calor, me sentía bien. Tenía la impresión de que nada de lo que estaba ocurriendo me concernía. En ese apacible estado de ánimo llegué sin proponérmelo adonde estaba aparcado el coche.
Pensaba marcharme, pero comprendía que era una faena. Si me iba, ¿cómo regresarían los que habían venido conmigo? Esa idea me detuvo. Me guardé la llave y desanduve lo andado.
Todos debían estar en el sótano donde no tenía la intención de bajar. Recorrí las habitaciones cuya distribución y decoración correspondían a las de la vivienda de un rico hacendado.
En lugares penumbrosos había parejitas bisbiseando y haciéndose carantoñas, pero el grueso de la clientela estaba abajo.
Se oía el lejano retumbo discotequero, pero no lo suficiente para romper la ilusión de hallarse en una casa particular. En cuanto a los enamorados o a los individuos solitarios que encontraba a mi paso, podía catalogarlos como sus moradores.
Subí tres escalones y llegué a un cuarto de medianas proporciones donde había, al lado de una mesa baja, un sillón de asiento de anea en el que me acomodé.
Se estaba a gusto. El zumbido de la música no era molesto. No había nadie.
Apoyando el codo en el brazo del sillón y la mejilla en la mano, me dispuse a velar, a dejar que las horas transcurriesen plácidamente, como un río tranquilo.
No pensaba en nada concreto. El tiempo parecía haberse detenido en esa habitación encalada con reminiscencias de celda monacal. Me entregaba a vagas ensoñaciones cuando entró una mujer que rondaría los cincuenta años, metida en carnes, de aspecto cordial.
En cuanto me vio, esbozó una sonrisa y dijo: “Enseguida vuelvo”.
Me enderecé en el sillón y esperé su regreso. Apareció con una bandeja en la que había una taza de caldo humeante que depositó con cuidado en la mesa. “Le he puesto un poco de hierbabuena” comentó. Luego se fue dejándome de nuevo solo.

 

 

 

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