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Archive for the ‘Entre nosotros’ Category

XX

Del pueblo hasta esa, llamémosla, barriada se iba por el camino que bordeaba la cantera solitaria. Con el espacio intermedio, pasados unos años, especularía el Ayuntamiento, pero en aquel entonces no era más que un cardizal adonde los niños iban a jugar y a enfrentarse a pedradas, de las que más de uno guarda un recuerdo.

Para los chavales era una tierra de nadie que había que conquistar por la fuerza de las armas. La banda más fuerte se erigía en dueña absoluta del descampado. Pero no había que dormirse en los laureles. O más bien no era posible porque el enemigo acechaba de continuo.

Las victorias eran efímeras. Por asegurar estoy que, a lo largo de la historia de la humanidad, ninguna región ha cambiado de amo tantas veces, incluso en un mismo día.

Los ejércitos en perpetuo litigio estaban formados por los hijos de los picapedreros y por los de los vecinos del pueblo propiamente dicho.

Tu madre destacó en estas luchas por su arrojo y sus dotes de mando. Mi tía abuela, a quien no hace falta sonsacar, me ha contado algunas hazañas entre risas mal contenidas.

Sus inclinaciones bélicas depararon numerosos disgustos a los progenitores de esa Minerva que, en lugar de lanza y escudo, empuñaba una honda manejada con increíble destreza, y que, despreciando el casco protector, marchaba destocada al campo de batalla.

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XIX

No he logrado averiguar la fecha exacta en que las canteras se pusieron en explotación. Fue ese un periodo áureo para el pueblo.

Aparte de la que he mencionado, por el lado de Sevilla había cinco más. La producción de adoquines y bordillos constituyó la principal fuente de riqueza durante aquellos años. La extracción de granito y las labores del campo absorbían casi toda la mano de obra, lo cual se tradujo en estabilidad social.

El auge económico atrajo a gente de los alrededores e incluso de allende los límites provinciales, sobre todo de picapedreros, de auténticos artesanos en algunos casos.

Tu familia paterna, con la que apenas mantienes relaciones, se vio forzada a emigrar cuando tras las vacas gordas vinieron las flacas. Unos se fueron a Barcelona, otros a Madrid. Demasiado lejos para hacerles una visita. Ir a Sevilla te supone una odisea. Sobrepasar la capital andaluza es algo inconcebible.

¿Cuántas veces te han propuesto tus tíos pasar una temporada con ellos y conocer sus respectivas ciudades? Las mismas que te has negado, no en redondo que quedaría feo, sino relegando el viaje para el año próximo, en Navidad no, en Semana Santa tampoco, en feria menos, como si tú la frecuentaras.

Tus parientes no se lo toman a mal. Cuando vuelven al pueblo durante las vacaciones, van a saludaros y por inercia te reiteran la invitación. Tú no aceptas aduciendo cualquier pamplina y así una y otra vez. El cuento de nunca acabar.

Tu abuelo paterno formaba parte del aluvión de forasteros que llegó cuando las canteras se pusieron en funcionamiento. Venía de Extremadura.

Los naturales no miraban con buenos ojos a esos hombres y mujeres que acudieron al reclamo de un trabajo. Imagínate sus caras cuando vieron que su terruño era invadido por familias enteras que transportaban sus enseres en carros de ruedas chirriantes.

El primer problema que se planteó fue el de la vivienda. El Ayuntamiento consideró que esa era una cuestión personal. Así que dejó que cada cual se acomodara como pudiese. Hubo quien logró alquilar una casa o una habitación. Y quien no tuvo más remedio que levantar una chabola.

Durante el tiempo de la explotación del granito dos grupos coexistieron ni en armonía ni en tensión. Por un lado, los autóctonos dedicados a la agricultura en su mayoría, celosos de sus privilegios, que hasta donde les era posible se abstenían de mezclarse con los intrusos. Por otro lado, los forasteros, los que habitaban en el extrarradio, los que labraban la piedra.

Tu abuelo paterno construyó una choza de techo de paja y paredes de adobe en la explanada donde se establecieron los que no encontraron nada. Tu abuelo, sin embargo, no era cantero sino peón de campo.

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XVIII

El barrio donde vive tu amiga, la del providencial casamiento, es de construcción reciente. Primero se trazaron varias calles de viviendas de protección oficial. Detrás se siguió edificando a título personal en terrenos que el Ayuntamiento, su propietario, convirtió en solares y puso en venta.

Algunas parcelas colindaban con una cantera abandonada que acumulaba el agua de la lluvia transformándose en una inmensa charca putrefacta, cubierta por una espesa costra de limo. En verano esa hoya apestaba.

No se adoptaron medidas de seguridad ni de higiene. Los vecinos acabaron acostumbrándose a esas fétidas emanaciones y a sortear el peligro. Incluso circularon chascarrillos francamente ingeniosos.

Pero no era de esto de lo que quería hablarte. El pueblo ha crecido, por supuesto. El casco antiguo, el núcleo primitivo, es hoy una pequeña parte del conjunto.

En tus esporádicos paseos, cuando por circunstancias extraordinarias como un festejo o una defunción, te aventuras fuera de tu circunscripción, por barrios que no habías transitado desde hacía mucho tiempo, tienes la ocasión de comprobar las consecuencias de la fiebre constructora de la gente.

Si es tu hermana o tu tía quien te acompaña, corresponde a ellas, más andariegas y metomentodo que tú, ponerte en antecedentes. Tú, con la mano en la boca, no sales de tu asombro.

Si retrocedemos a los tiempos en que se conocieron tu padre y tu madre, hay que hacer importantes cambios de decorado, no sólo en el sentido de reducir las dimensiones del pueblo, de desadoquinar numerosas calles o de describir las miserables condiciones de vida imperantes, sino en el sentido más sutil de palpar un ambiente periclitado.

Pero si logramos insuflarle nueva savia, comprobaremos que no nos resultará tan extraño como en un primer y apresurado acercamiento nos pudiera parecer.

No radica tanto la cuestión en consignar fidedignamente como en revivir o recrear. Por otro lado, no estamos hablando de un país lejano ni de una época remota. Por el contrario, son innumerables los lazos que nos unen a esos años en los que se sitúa esta parte de la historia, de tu historia.

Una de las razones por las que te he escogido, dejando a un lado el hecho de haber sido tu vecino durante mi infancia, es ese olor a rancio que despides. Otra razón es que tu hogar es uno de los reductos donde sigue ardiendo el fuego que calentó y alumbró a nuestros abuelos.

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XVII

“¿Da usted su permiso?”. El secretario levantó la cabeza y respondió: “Adelante”.

No vayas a confundir a este funcionario, un hombrecillo enclenque que sólo trabajaba por la tarde y que murió al poco tiempo de ingresar tu tío, con el que le sucedió en el cargo, ocupándolo durante muchos años.

Un crucifijo flanqueado de dos retratos, uno de Franco y otro de José Antonio, presidían el despacho cuya lámpara estaba encendida.

En vista de la indecisión de los visitantes, el hombrecillo con gafas de concha repitió: “Adelante”. Y añadió: “Han venido por lo del chico ¿no?” “Justamente por eso” confirmó el concejal, “este es su padre que está interesado en que el niño aprenda a escribir a máquina”.

“Está todavía en la escuela” explicó tu abuelo, “sale a las cinco. En lugar de perder el tiempo jugando puede aprovecharlo haciendo algo útil” “Sí” dijo el secretario tosiendo y expectorando en la escupidera que tenía al lado del sillón.

“¿Y tú cómo te llamas?” preguntó al orondo mozalbete que no le había quitado los ojos de encima desde que entró en la habitación.

Cuando dejaron el Ayuntamiento, el concejal dijo: “Asunto arreglado. Es un tipo raro pero buena persona. Para mí que no va a durar mucho”.

Tu abuelo iba pensativo. “¿Crees que debería mandarle alguna cosilla?” “Claro, hay que ser agradecido”.

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XVI

Me temo que me he ido por los cerros de Úbeda. Por contarte de nuevo este episodio, he olvidado darte los detalles concernientes al ingreso de tu tío en el gremio de los burócratas.

Como queda dicho, tu tío entró por la puerta falsa de la mano de su padre una nubosa tarde de otoño.

Tu abuelo comunicó a tu abuela que había hablado con uno de los concejales, y que ese mismo día visitarían al secretario para que le encontrase al niño un hueco en el Ayuntamiento, para que lo emplearan en lo que hiciera falta: llevar recados, vaciar las papeleras y los ceniceros… A cambio sólo pedía que lo dejasen practicar en la máquina de escribir.

Lo más importante, por supuesto, era que se familiarizase con los chanchullos, que aprendiese el oficio. Por ese camino acabaría haciéndose indispensable. A partir de ese momento el nene tendría resuelto el porvenir. Ya podía tronar y relampaguear, llover y granizar, que a él nada le afectaría.

“Ni con tenazas al rojo vivo logran despegar de la teta gorda al que se cuelga de ella” dijo.

Al principio había que conformarse con meter al niño. Si mostraba aptitudes y tenía vocación, lo demás era cuestión de tiempo.

A las cinco y cuarto llegó tu tío, cartera en mano. “Tengo hambre” fueron sus primeras palabras. Tu abuela le respondió: “Ahora no puedes comer. Tienes que ir con tu padre al Ayuntamiento” “¿Al Ayuntamiento?” exclamó con más vanidad que asombro.

“Ve a peinarte y a lavarte las manos y la cara” le dijo tu abuela. A los pocos minutos el niño regresó con las mejillas coloradas a causa de los refregones que se había dado, y el pelo mojado y bien asentado.

Se sacudió el polvo de la ropa con un cepillo, se la alisó y, mirando a su padre, anunció: “Estoy preparado” “Vamos allá”.

No fueron directamente a la Casa Consistorial. Dieron un rodeo para pasarse por una taberna donde los esperaba el concejal que los acompañaría en la entrevista con el secretario. El lugar del encuentro, que hoy ya no existe pero que te acordarás de él, era una tasca con un mostrador de madera alto, dos anaqueles con botellas de aguardiente y coñac, y numerosos carteles de toros. Tenía también un reservado al que se entraba por la trampilla del mostrador.

Tras los saludos el concejal fue al grano. “He hablado con el alcalde. Él ha puesto también su piedrecita. No habrá problemas. ¿Queréis tomar algo?” “Un café” respondió tu abuelo, “el niño no quiere nada”.

“Tiempos difíciles” dijo el concejal. “Tiempos difíciles” confirmó tu abuelo. “A ti no te va mal con la huerta” “No me puedo quejar” “Me han dicho que tienes unos rábanos estupendos” “Tengo en casa varios manojos. Luego el niño te lleva un par”. Tu abuelo pagó la consumición de ambos y se fueron.

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XV

Los potajes de garbanzos que jamás faltaron en la mesa, fue una de las grandes compensaciones de esos años de miseria.

A pesar de no haber probado esas ollas sin más condimentos que la gazuza reinante y el omnipresente desasosiego, guardas de ellas un vívido recuerdo.

¿Cuántas veces te han calentado la cabeza con el episodio de los garbanzos mondos y lirondos? Hasta has llegado a creer que no hay plato que se iguale a ese guisote. Desde luego, hay que convenir que nunca se han comido raciones de legumbres con la misma fruición.

No puedes conservar memoria del percance porque aún no habías nacido, pero el empacho de haberlo escuchado innumerables veces te debe durar todavía. Te lo han contado tu madre, tu abuelo y tu tía. El único que se ha abstenido es el protagonista: tu tío.

Se trata de una desgracia que se abate sobre las mejores familias. Me refiero al hecho de repetir una historia supuestamente graciosa a traque barraque. Historias como la del niño avispado que, con la ayuda de un taburete que coloca en una silla, alcanza el bote de compota que está en lo alto del aparador, o como la de la niña resabida que, en un descuido de su madre que estaba limpiando el suelo, coge la fregona y prosigue la tarea.

Tu tío, que ha sido siempre un tragaldabas, llegó de la escuela con un hambre de lobo. Entró corriendo y llamó a su madre que había salido. Llamó a sus hermanas que no estaban tampoco. Su padre trabajaba en la huerta. En la casa no había nadie.

Torció el morro y se sentó en una silla. Al poco tiempo empezó a respirar hondo, como cuando uno va a tomar una importante decisión.

Frunció aún más sus cejas corridas y se levantó. Fue a la puerta de la calle y se asomó. Ni rastro de su madre ni de sus hermanas. Dio media vuelta y se dirigió a la cocina.

Sobre la hornilla de carbón cocía el potaje. Destapó la olla y una bocanada de vapor lo cegó momentáneamente. Durante un rato observó las legumbres con aire de entendido. Luego cogió una cuchara, la introdujo y la sacó con dos o tres garbanzos. Sopló para que se enfriasen y los comió.

Volvió a hundir la cuchara en el burbujeante caldo, la sacó, sopló, masticó morosamente y tragó. Algo duros quizá. Metió la cuchara una tercera vez y la retiró rebosante. Luego tapó la olla.

Pero cuando uno picotea, el apetito, en lugar de apaciguarse, se encona. Movía la cabeza de un lado a otro, disconforme con la espera. Incluso bufaba. Fue a la puerta y oteó la solitaria calle. Su paciencia estaba colmada.

Apartó la olla del fuego, hurgó en la talega del pan y vio que había poco, cerrándola sin coger nada. Colocó la olla en la mesa, acercó una silla y puso manos a la obra.

A su regreso las ausentes encontraron al pequeño ogro enfrascado en la tarea de sacar-soplar-engullir.

Las tres mujeres se quedaron de una pieza al comprobar el bajo nivel del potaje. El niño, a modo de excusa, dijo: “Tenía el estómago vacío”.

Se lo tomaron a risa. De lo contrario tendrían que haberle puesto la olla de sombrero. Tu madre se desternillaba. Tu tío, que no tiene correa, se enfadó. Pero su hermana no podía contenerse y seguía carcajeándose. Si la ofuscada criatura no la emprendió a patadas con ella, fue porque intervino tu abuela.

Tu tío tiene una pasmosa capacidad para achararse. Se enfureció el hombrecito, pero no reventó que era lo que lógicamente debía haberle pasado después del atracón.

 

 

 

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XIV

Fueron tiempos difíciles para todos. En tu casa, gracias a la huerta y a los trapicheos, no se pasó hambre. Las necesidades primarias las teníais cubiertas. Muchos quisieran decir lo mismo de los años de la posguerra.

No se os puede reprochar que tu abuelo estuviese involucrado en el estraperlo. Era una de las frutas que maduraba en aquellas condiciones climáticas.

Además, tu abuelo no llegó amasar una fortuna como otros. Siempre fuisteis aves de cortos vuelos, nunca tuvisteis redaños para dar el salto que se impone cuando uno quiere dar un timonazo a la vida. El coraje que hace falta también para los negocios sucios.

Vuestro más imperdonable pecado es vuestra mediocridad unida a una miopía que os impide ver más allá de vuestras narices.

Tu abuelo trajinó a nivel local sin salir de la inopia. En cuanto a la política, se limitó a merodear alrededor de los caciques sin conseguir otra cosa que colocar a su hijo como niño de los recados en el Ayuntamiento. Recompensa que, por muchas vueltas que se le dé, no corresponde a su celo en la realización de las tareas que se le encomendaron.

Se dice de él que fue somatén. Hay que reconocer que estuvo mal retribuido. También es verdad que tu abuelo estaba deseoso de marginarse de la cosa pública. Poco a poco dejó de aparecer en los actos de carácter ideológico. Esto le costó tener que resignarse con las migajas del banquete.

 

 

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