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Archive for the ‘Entre nosotros’ Category

X

Sobre esa confusa historia a la que tu tía hizo mención, por mucho que he indagado, nada en claro he podido sacar. Con esto no quiero decir que ese conato de noviazgo sea producto de su mente calenturienta. Creo más bien que hubo algo. No sé qué. Ese refinamiento psicológico me supera.

Ciertamente me gustaría profundizar en esa alucinación o ese espejismo, pero me ocurre como al niño que trata de coger un chorro de agua con las manos.

No quiero, sin embargo, despachar esta bagatela sin señalar las consecuencias que se derivaron.

La vida pueblerina prueba la falsedad de la ley de causa y efecto. Aquí encontramos efectos sin causa o con una causa ridícula.

¿Dónde localizar la raíz del rencor que abrigas, dónde el origen de esa reticencia que aflora a propósito de todo lo que tu amiga dice o hace? De la que fuera tu mejor amiga, para ser exacto.

A pesar de ese cambio radical, la hipocresía y las buenas maneras, que a menudo es lo mismo, se impusieron. Ateniéndote a la costumbre, fuiste a visitar su nuevo hogar y a regalarle una chuchería, acompañada de tu hermana y de tu tía.

Mientras te acicalabas para cumplir con ese rito social, intuiste su trágico trasfondo. Todo estaba medido, sopesado, delineado. En ese momento sólo había un camino que llevaba de tu casa a la de tu amiga.

Te empolvaste con mano temblorosa. El espejo te devolvía una imagen poco halagüeña: patas de gallo e incipientes surcos que estriaban tu antaño terso cutis. Estabas envejeciendo prematuramente.

Te acometió el deseo de arrojar lejos de ti la maldita borla. Y el rímel. Y la barra de labios. Hubieses roto el espejo, arrancado la cortina de la ducha, propinado una patada al portaescobilla del váter.

Nada de eso hiciste. Por el contrario, cogiste el cepillo y diste una última pasada por tu abombada cabellera, alisaste tu vestido, te pusiste de perfil ante la bruñida superficie y te echaste una última ojeada. Tras un suspiro saliste del cuarto de baño.

Fuiste a tu dormitorio por el regalo de boda y regresaste adonde estaban conversando tu madre y tu hermana.

“Ya estoy lista” dijiste, “cuando quieras”.

A continuación fuisteis a recoger a vuestra tía que no había acabado aún de componerse. Esperasteis. Mientras iba de aquí para allá, os atosigó con su cháchara.

Vosotras hicisteis oídos sordos y os pusisteis a hablar con vuestro primo que estaba estudiando en la mesa del comedor.

Pero vuestra tía es susceptible y tarde o temprano hay que prestarle atención so pena de que se disguste ante una indiferencia tan manifiesta.

Tu hermana, con el brazo echado por los hombros de vuestro primo, leía el manual sin hacer caso de las idas y venidas de vuestra tía y todavía menos de su estela verbal.

Fuiste tú, pues, quien se interesó por el motivo o los motivos, porque seguramente eran varios, de su agitación.

Aquejada de migraña, había permanecido en la cama la mayor parte del día. Ni siquiera había cocinado. Pero su marido llegó diciendo que tenía hambre.

“Me tuve que levantar y hacerle una tortilla y a ese –por el hijo– otra. Con unos mareos y un dolor de cabeza que todavía me duran. Pero no tienen consideración. Ellos a lo suyo aunque la vean a una muriéndose”.

Reprimiendo un gesto de hastío, repusiste: “Tú siempre igual” “¿Yo siempre igual? Los mismos son ellos. Que estoy hecha una esclava…” “¿Acabarás hoy o mañana?” la interrumpió tu hermana” “Cuando queráis, nos vamos”.

 

 

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IX

Tu tía se informaba sobre la parentela de los futuros esposos, recababa detalles que tu madre suministraba o conjeturaba. Fue entonces cuando tuviste una premonición que te heló la sangre en las venas.

Como tienes una vena masoquista, en lugar de entrar evitando con tu presencia que se tocara cierto tema, seguiste clavada junto a la mesa del comedor, con tus trofeos en la mano y con la atención absorbida por lo que se decía en la cocina.

No hacía falta dotes adivinatorias ni oportunas corazonadas para saber qué sesgo iba a tomar la conversación. Era suficiente conocer a tu tía, su torpeza, su concepción de la familia según la cual a todos sus miembros les asiste el derecho de estar al tanto de la intimidad de los otros, siendo entendido lo contrario como una injustificable falta de confianza, en un serio motivo para un disgusto e incluso una ruptura de relaciones.

Carraspeaba. No sabía cómo entrar en materia. Por fin acertó a decir: “¿La niña ha ido ya a ver la casa de la novia?” “No, pero supongo que irá. Ayer estuvo aquí su amiga y claro…” “A lo mejor ella no quiere ir, ¿verdad, tata?” “¿Por qué no?” replicó tu madre irritada por el misterioso tono empleado por su hermana.

“Ese hombre” dijo tu tía con un hilo de voz “estuvo rondándola antes de arreglarse con la otra”.

Tu tía terminó en un murmullo, la mano en la mejilla, la mirada puesta en su interlocutora en muda demanda de confidencia.

“Ella es reservada. Conmigo no habla de sus cosas”…

Te diste media vuelta sin enseñar tu botín. Evitando ser oída, subiste de nuevo al soberado, dejaste los ratones muertos en un rincón y entablaste una titánica lucha contigo misma para no ponerte a llorar.

 

 

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VII

Cuando bajé del soberado, mi tía abuela estaba enfrascada en un solitario. “¿Qué has estado haciendo ahí arriba tanto tiempo?” “He estado leyendo” “¿Leyendo?” dijo con incredulidad mientras barajaba las cartas.

“Fullera” “Es que no me sale”. Hace trampas siempre. Cuando jugamos al parchís, cuenta casillas de más. Es una mala perdedora. Si no gana, se enfurruña.

Fui a la cocina en busca de galletas. Regresé y me senté al calor del brasero. Advertí que había barajado de nuevo.

Antes el caballo de bastos interceptaba al rey del mismo palo. El solitario no tenía solución por más vueltas que le diera al mazo. Ahora el rey estaba sobre el caballo de forma que uno tras otro inauguraron la fila correspondiente.

Hice un comentario crítico al respecto. Ella negó cualquier manipulación. “No es verdad” repliqué, “de todos modos no te va a salir. El siete de espadas está pillado” “Come y calla”.

VIII

Tu juventud se la comieron los ratones, esos omnívoros roedores que no hacen ascos a nada, esos animalitos de pelambre grisácea que oyes corretear por el soberado, los mismos a los que tienes declarada una guerra sin cuartel.

Esos voraces y diminutos mamíferos se han cobrado con creces tu saña. Te han roído la vida mientras dormías, mientras cosías, mientras barrías, gracias a sus prolíficas hembras que cubrían las bajas de ese ejército del que tú eras el más temible enemigo, el que mayores estragos causaba.

Llegaste a la puerta de la cocina y te detuviste en seco. Tu tía comentaba con tu madre el inminente casamiento de una amiga tuya. Contuviste el aliento. Estaban pasando revista al ajuar de la novia, tanto de esto, tanto de lo otro, todo ello salpicado de juicios de valor.

Ese lujo, según tu tía, no tenía explicación. Pero ella no es de fiar. No tiene madera de tasadora. Para tu tía casi todas las cosas son inexplicables o increíbles.

Pasaron luego a hablar del pegujal del novio y de la suerte o la astucia de tu amiga por haberlo sabido atrapar.

Tu tía se preguntaba cómo se las había ingeniado esa mosquita muerta para conseguir ese partido. “Tan calladita como es” “Las que que no rompen un plato son las que dan la campanada” “Sí que es verdad”.

Traías dos ratones tiesos cogidos por el rabo. Después de venir del mercado lo primero que hiciste fue subir al soberado y comprobar si algún incauto había sucumbido a la tentación de los trocitos de queso.

Y no uno sino dos cayeron en la trampa que les tendiste. Ibas a mostrárselos a tu madre como la prueba irrefutable de que el desván estaba infestado. Tanto ella como tu hermana insinuaban (en lo que respecta a tu tío, lo afirmaba tajantemente) que eras una exagerada.

Cuando sacabas a colación tus insomnios que te permitían contabilizar todos los ruidos nocturnos, cuando asegurabas que te bastaba la carrera de un ratón por el piso de tablas para desvelarte, cuando insistías en que no eran imaginaciones tuyas, te concedían a lo sumo contingentes que no sobrepasaban las cinco unidades, menos tu tío que, inflexible y tacaño, hablaba de uno o dos roedores que no perturbaban en absoluto sus horas de sueño.

 

 

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Entre nosotros (VI)

VI

Desde la cocina viene el ruido del molinillo triturando los granos de café. Dirijo los prismáticos a ese lugar y veo a tu madre apostada tras la ventana dándole vueltas a la manivela. Sostiene el molinillo en su regazo, como si fuese un rorro. Os mira a tu hermana y a ti. Yo la miro a ella. Su rostro no trasluce ninguna emoción. Sobre la hornilla borbotea un cazo con agua.

Tu hermana, tan activa y emprendedora, se levanta y se pone a arrancar las hojas mustias. Va de aquí para allá, reubicando las macetas. Dice: “Hace falta estiércol para los arriates. A ver cuándo tengo tiempo de ir a buscarlo”.

Nada replicas, pero dejas de perforar el lienzo con la aguja y te quedas pensativa.

Tu madre saca el cajoncito con el café molido y lo vierte en el cazo tras retirarlo del fuego, luego espera a que se asiente.

Casi la mitad del patio está en sombra a causa de la pared medianera con la casa de mi tía abuela.

En esto la puerta de la calle se abre con estrépito. Volvéis la cabeza a la vez. No hay duda: es tu tío. El hermano de tu madre. El paterfamilias. El portador de las habichuelas. El de voz tonante. El que habla ex cátedra. Tu tito. ¿Qué digo tito? El padre que nunca conociste.

El susodicho irrumpe como un toro bravo, fondillos caídos, cachetes colorados, achispado que viene por haber estado copeando desde que llegó de Sevilla a las tres y media, sonriente y contento.

“A la paz de Dios” “¿Ya has estado bebiendo otra vez?” le reprocha tu madre con dulzura, “el médico dijo que no te conviene” “Me encontré con el alcalde y otros amigos. Yo no quería, te lo aseguro. Pero lo que tú sabes que pasa, que te enredan. Ellos siguen todavía. Yo les he buscado las vueltas y me he ido”.

“Ahora no querrás comer” “Huele a café. No, no voy a comer, pero si queda café, tomaré un poco” “Claro que queda”.

Tu tío está de buenas. Se frota las manos con frenesí mientras se dirige a la silla baja, se acomoda y te observa. Te espeta: “¿Qué haces?” “Un juego de cama” “¿Vas a casarte pronto?”.

A celebrar su ocurrencia tocan. Reís como está mandado aunque a ti esas bromas te desagradan.

“No es para mí, es para mi hermana” Tu tío pone cara de asombro. Tu hermana te sigue la corriente: “Sí, es para mí. ¿Pasa algo?”.

Levantando las manos como si fuera a disparar con una escopeta, contesta: “Me parece de perlas. Eso es lo que tenéis que hacer las dos” “Va en serio” recalcas. “En serio hablo yo”.

Tu madre, que aparece en ese momento con cuatro vasos humeantes y un azucarero en una bandeja, dice: “No les hagas caso. No se trata de eso” “¿De qué entonces?”.

Tu madre reparte los vasos y permanece de pie al lado de su hermano. Bebéis a pequeños sorbos. Tu hermana se acerca y pone cara de circunstancias.

“De mi nuevo trabajo. Ya te he contado algo”. La pícara ha preparado el terreno. “¡Ah, tu trabajo! Vas a dejar el que tienes y te vas a colocar en una tienda de yo no sé qué. ¿Has dado marcha atrás?” “No, pero madre no está conforme”.

“Yo no he dicho ni que sí ni que no. Sólo quería saber lo que tu tío pensaba” “Vamos a ver” argumenta el aludido dejando el vaso en el suelo y juntando las manos como si fuera a ponerse a rezar, “me has explicado que en ese nuevo empleo ganas más y trabajas menos, ¿dónde está el problema?” “En ningún sitio” “Cámbiate, cásate, haz lo que quieras”.

La temperatura ha descendido. Casi todo el patio está en sombra. Tiritas y exclamas: “¡Qué frío!”. Nadie se mueve hasta que tu tío, haciendo un considerable esfuerzo, logra ponerse en pie, se ajusta los pantalones, tamborilea en su respetable panza y ordena: “Para adentro”.

 

 

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V

Por una de sus partes el soberado se convierte en un zaquizamí de techo muy bajo con una ventana al fondo desde la que se ve tu patio perfectamente. No era la primera vez que la utilizaba.

Una tarde de enero en que lucía el sol, razón por la que tú y otros miembros de tu familia os hallabais fuera, enfoqué con mis prismáticos el encantador cuadro de tres mujeres cosiendo.

En realidad los prismáticos no eran necesarios. De la misma manera que vuestra charla llegaba audible a mis oídos, salvo si os poníais a cuchichear, vuestros cuerpos inclinados sobre vuestras labores se ofrecían nítidos a mis ojos.

Los binoculares me servían para aislar a una de vosotras y estudiarla por separado, y también para ampliar mi campo de observación. Así, por ejemplo, el interior de la cocina y otros ángulos del patio.

Estabais tu madre, vestida de negro, zurciendo calcetines, tu hermana, que no dejaba hablar a nadie, remendando unos calzoncillos de tu tío, lo cual deduje por sus dimensiones, y tú, con el bastidor sobre los muslos, bordando una sábana.

Recuerdo los detalles, aparte de porque tomé nota en un cuaderno, porque esa imagen ha quedado grabada en mi mente y forma parte de las vivencias que afloran inopinadamente sin que esté en nuestra mano contrarrestar su poder.

Tu hermana estaba eufórica. El asunto de la tienda de modas iba por buen camino. Como yo no estaba al tanto, no comprendía casi nada de su atropellado discurso.

Desde hacía tiempo ella trabajaba en un taller de costura, en Sevilla. Tu madre se mostraba reacia a los argumentos que exponía la mayor de sus hijas con la misma pericia y rapidez con que parcheaba los zaragüelles de tu tío. Tu madre, por principio y por sistema, desconfía.

Volvía a la carga tu hermana una y otra vez sin desmoralizarse por la actitud refractaria de vuestra madre que, sin oponerse a los planes, no mostraba ningún interés. Cuando intervenía era solamente para señalar los inconvenientes y las molestias derivados del cambio de trabajo.

El nuevo empleo le había salido por mediación de una ex compañera conocedora de las excelentes cualidades de tu hermana en lo que a buen hacer, puntualidad y responsabilidad se refiere, sin olvidar su simpatía y su llaneza, que todo cuenta en esta vida. Esa amiga fue quien la recomendó al dueño de la tienda de moda como la persona idónea para ocupar el puesto de arregladora.

Tu madre movía la cabeza poco convencida. ¿Acaso no estaba contenta en su trabajo actual? ¿Había tenido problemas alguna vez?

Por fin metiste baza con tu vocecita chillona. Dijiste: “Esta mujer no entiende nada”. Luego ensartaste la aguja con una hebra amarilla, tiraste del extremo que había penetrado por el ojo y proseguiste tu tarea de bordar lunares en la tela.

Tu hermana repitió que ganaría más que en el taller. Y recalcó que el trabajo no era tan rutinario.

No había comparación entre llevarse cosiendo todo el santo día y dedicarse a arreglar las imperfecciones que cuatro señoras exigentes encontrasen en los vestidos, caprichos de mujeres gordas y ricas que no tenían otra cosa mejor que hacer que ir a una tienda chic y descubrir faltas donde no las había.

Remató su argumentación confesando que estaba ilusionada con desplegar su conocimiento del oficio en ese lugar, muy ilusionada, esa era la verdad. Trabajar allí tenía que ser hasta divertido.

Tu madre se levantó de la silla baja, se quitó el delantal y se lo puso por la cabeza, luego se volvió a sentar y con la ayuda de un huevo de madera siguió eliminando zancajos.

No corría viento. Inmóviles, como vosotras estabais, picaba el sol de enero. Os habíais instalado cerca del naranjo, en corro.

Esa tarde hablaste poco. Estabas enfrascada en tu labor, bordas que bordas, ajena a los dimes y diretes de tu madre y tu hermana.

Durante un rato me tuviste hipnotizado observando con qué maestría empujabas la aguja y luego repetías la operación a la inversa, de abajo arriba, y así una y otra vez hasta que aparecía un redondelito amarillo en la tela tirante.

Tu hermana sacudió los calzoncillos y los dobló cuidadosamente, poniéndolos en una silla que tenía al lado. Según ella, cualquiera en su lugar no lo pensaría dos veces.

Y añadió que ya había ido con su amiga a la tienda y había hablado con el dueño, un hombre amable y atento que había quedado satisfecho de su presencia y de su comportamiento. Esto último no lo dijo literalmente pero lo dejó entrever.

Fue entonces cuando tú, con retintín, le pediste detalles de ese dechado de educación. ¿Gordo o flaco? ¿Alto o bajo? ¿Guapo o feo? Y tu madre: “Niñas, niñas”. Y tú, insistente: “¿Cómo es?” “Mayor” “Hay mucho de Pedro a Pedro” “Este no está mal” “Niñas, niñas” “Y está soltero”.

Tu madre, apartando el peto del delantal que medio le tapaba la cara, anunció: “Voy a hacer el café”.

 

 

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IV

Pasada esta racha en la que todo venía pintiparado, me percaté de que mi proyecto revestía serias dificultades. Estuve bordeando la decepción y la deserción.

Los primeros días, en contra de lo previsto, se deslizaban sin que atinase a trazar una línea maestra.

Sentado con mi tía abuela a la mesa camilla, frente al ventanal que daba al patio, me distraía jugando al parchís, leyendo los libros que había traído y otros que encontré en la casa, en el soberado.

Diccionarios enciclopédicos, novelas de aventura, manuales de contabilidad que ya en mis años infantiles me ayudaron a combatir el tedio. Sobre todo los tomos de la enciclopedia que, entonces como ahora, me proporcionaron momentos de placer.

Mi tía abuela se ponía las gafas y, mano a mano conmigo, revisaba esos volúmenes de páginas amarillentas. Mojando un dedo en saliva las pasaba y recorría de arriba abajo, deteniéndolo en las imágenes. Las tardes las dedicábamos a este agradable pasatiempo.

La calma conventual y la lectura obraron los efectos de un sedante.

En una de mis incursiones por los rincones de la casa me llevé la sorpresa de encontrar el Quijote en una edición carcomida. Fue hurgando en la despensa situada en el hueco de la escalera donde lo descubrí.

Allí dentro olía a humedad. Sabría Dios el tiempo que ese cuchitril no se aireaba. En los anaqueles superiores había platos, vasos y una sopera. En el inferior medicamentos caducados: pastillas, jarabes, supositorios…En el suelo, en cajas de cartón y de dulce de membrillo, había libros, cuadernos y papeles. También había una caja de zapatos llena de corbatas.

Saqué ese material a la luz del día. No había nada interesante. Folletines de antaño saturados de crímenes pasionales y estrambóticas conspiraciones, biografías de santos y prohombres, cuadernos de caligrafía y de cuentas, un breviario…

En el fondo de ese cajón de sastre ennegrecido por el moho estaba el ejemplar del Quijote, perforado por la polilla, con las costuras del dorso deshilachadas, hermanado con una devota edición de Genoveva de Brabante en mejores condiciones.

La creación cervantina, ilustrada por Doré, soportaba el peso de ese batiburrillo de homicidios, amoríos y transportes místicos, el libro sobre el que, cuando aún era analfabeto, sentado sobre la falda de mi tía abuela, paseaba mis ojos a la par que movía los labios como si fuera yo quien leía las gestas del hético caballero manchego, poniendo mi mano sobre la página cuando la anciana iba a pasarla porque, enfrascado en la recitación, no había tenido tiempo de examinar los grabados del francés, hecho lo cual yo mismo la pasaba, mi tía seguía leyendo en voz alta y yo seguía haciendo el paripé.

Casi me había olvidado de ti. Tan atareado estaba, tan imbuido de mi papel de enfermero, de tal forma me había ganado ese ritmo de vida apacible y propicio al estudio de lo que fuera, preferentemente civilizaciones periclitadas o sistemas filosóficos abstrusos, que el Diablo, que no desaprovecha una ocasión, me tentó.

Bastaba con que enterrara los prismáticos en uno de los baúles arrumbados en el soberado, bajo vestidos, echarpes y abrigos que nadie se pondría jamás. Con este gesto simbólico el Protervo quería hacerme abdicar de mis intenciones.

 

 

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III

Un día decidí abandonar mi reclusión montaraz. Nunca he tenido vocación de ermitaño. Era de noche y había encendido el fuego de la chimenea. Fuera soplaba un viento helado.

La Navidad estaba cercana. Me dije que era una buena ocasión para poner en práctica lo que, de una manera más bien confusa, me rondaba por la mente.

Posponía la elaboración de una estrategia a mi vuelta al pueblo, a cuando estuviera en el campo de operaciones.

Me gusta improvisar. Es siempre sobre el terreno donde damos la medida, antes son los sueños, después el balance. Pero ni un momento ni otro corresponde a la acción.

Mucho había fantaseado en mis paseos por esos breñales. Estaba saturado de imágenes. Ya era hora de encarar la realidad.

Resumiendo, ni reflexioné ni planeé ni me mortifiqué. Todo se limitó a soñar y a patear esas escabrosidades en un afán de no pensar y, por la noche, de caer como un fardo sobre mi camastro y dormir de un tirón hasta el amanecer.

No soy supersticioso. Tengo mis manías, como todo el mundo, que al lado de las tuyas no son tales.

Ante ciertos golpes de suerte uno tiende a creerse el favorito de la Fortuna. Coincidirás conmigo en que empezar un negocio con buen pie es señal de que tiene más posibilidades de materializarse según nuestros deseos que otro que, desde sus inicios, ha debido superar dificultades.

Cuando, a mi regreso, me comunicaron que mi tía abuela estaba achacosa y no había forma de traerla a vivir con nosotros porque ella se negaba en redondo a dejar su casa, me propusieron hacerle compañía de noche.

Vi el cielo abierto. Me estaban ofreciendo la atalaya idónea para espiar tus entradas y salidas, para estudiar tus quehaceres cotidianos. Y eso por velar el sueño de una anciana.

Puse objeciones, me hicieron contrapropuestas. Insistieron en que sería solamente de noche. Repliqué que de día tampoco me importaba. De la comida se encargaban ellos. ¿Y si ocurriera algo? Vienes corriendo a avisarnos. ¿Cuándo tendría que irme? Ya.

Aquella misma tarde me mudé. Una bolsa con un pijama, libros, cuadernos, bolígrafos y mi cepillo de dientes fue mi escueto equipaje. Y unos prismáticos.

Mi tía abuela, como bien sabes, era viuda y no tenía hijos. En mis primeros años gocé de su predilección. Últimamente no iba a visitarla, desatención que me reprochó en cuanto me vio.

La casa la conocía como la palma de mi mano. Sus alacenas, sus cuartos, su soberado no tenían secretos para mí.

Me instalé en el dormitorio contiguo al suyo. Ambas habitaciones se comunicaban. El padecimiento de la anciana eran sus años. A sus males no había que sumar, como comprobé de inmediato con gran satisfacción, la pérdida de memoria, aunque a veces trastocaba las fechas y los nombres.

Mi tía abuela fue una cantera inagotable de datos y anécdotas. Sin su ayuda difícilmente hubiese podido reconstruir algunos pasajes de la vida de tu familia.

 

 

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