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Archive for the ‘Entre nosotros’ Category

XXIX

Como el vino les abriese el apetito, tu tío decidió que lo mejor era ir a un bar famoso por sus tapas, situado en una calle cercana que desembocaba en Sierpes. Era también un local estrecho y oscuro. Sobre el mostrador estaban las bandejas con las especialidades de la casa. Las que necesitaban ser preparadas en la cocina eran anunciadas en carteles pegados a la pared donde se leía el nombre del plato y había un dibujo alusivo.

No había mucha gente. Los dos guardaron silencio mientras paseaban la mirada por las bandejas y los carteles. Antes de que su amigo dijera nada, tu tío lo instó a probar los pinchitos morunos porque pecado sería visitar ese bar y marcharse sin haber saboreado los cinco trozos de carne ensartados en una larga aguja y especiados a rabiar.

Tú, ni aunque perdieras el juicio, ingerirías esos guisos en los que abundan los pedazos de tocino, morcilla y carne de cerdo, en los que la guindilla y la pimienta ocupan un lugar relevante.

A tu tío, en cambio, le gustan con delirio lo picante, lo aceitoso, lo avinagrado, lo que conlleva una digestión pesada, lo que produce regüeldos sonoros y ventosidades malolientes.

Ante lo que tú retrocederías horrorizada, él se abalanza atracándose hasta sentirse al borde del colapso. Entonces se retira de la mesa, contempla con desdén a los que todavía están comiendo porque mastican más despacio y engullen con menos ansiedad, y los reprende.

Su voracidad es de las que hacen época. Sus amistades elogian esa faceta suya y hasta tratan de emularla.

El pinchito estaba en su punto. “Está bueno, ¿eh?” dijo tu tío. “Estupendo” “No sé tú pero yo estoy muerto de hambre. Vamos a pedir otro par” “De acuerdo” repitió el otro entre dientes porque en ese momento estaba desensartando el último cuadradito de carne.

Su amigo comentó que tendría que irse pronto porque su mujer y él estaban invitados a almorzar en casa de un pariente. Enarcando sus pobladas y corridas cejas, tu contrariado tío le indicó que telefoneara para comunicar que no podía ir.

“¿Qué excusa voy a dar?” “Excusa ninguna. Dices la verdad”. Tu tío aseguró que su mujer se haría cargo. Él la conocía desde niños y sabía a ciencia cierta que no se enfadaría. En fin, si era necesario, él mismo hablaría con ella.

Su amigo no estaba convencido. Tu tío insistió. “¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que nos veamos otra vez?”.

Le brillaban sus ojos enterrados en carne. Sin poder contenerse dejó escapar una risita.

Entre bromas y veras preguntó: “¿En tu casa quién manda?” “No es eso. Son los compromisos”.

Tu tío, al que tanto como una juerga y una ración de gambas al ajillo, que era lo que se disponía a pedir en cuanto resolviera este asunto, le gusta forzar la voluntad ajena, cambió diabólicamente de táctica. Dándose por vencido dijo: “Haz lo que te parezca”.

El otro, tocado en su amor propio, se dirigió al teléfono y, haciendo señas al camarero de que iba a llamar, marcó un número.

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XXVIII

Quien nunca ha tenido problemas de insomnio es tu tío. Escucha los soberbios ronquidos procedentes de su cuarto. Cuando él se acuesta, es para dormir. Es lo que dice y es lo que hace.

Viéndole despatarrado en la cama, con su voluminoso vientre bajando y subiendo rítmicamente, emitiendo ese cúmulo de sonidos por nariz, boca y culo, absurdo sería plantear cuestiones que sólo afectan a los seres débiles.

Tu vida es una cadena ininterrumpida de hechos anodinos, la de tu tío, por el contrario, es tan rica en lances novelescos que basta con averiguar qué hizo el sábado pasado para deleitarse con un jugoso episodio.

A las mujeres de la casa os tiene acostumbradas a esas escapadas de las que vuelve ojeroso y con dolor de cabeza.

Últimamente se reserva más y, en vez de quedarse de francachela en Sevilla, prefiere copear con sus amigotes en el pueblo y retirarse a una hora prudente.

El sábado pasado, sin embargo, después de salir del trabajo, se topó en la calle Cuna con un antiguo compañero al que, por residir en otra ciudad, hacía mucho tiempo que no veía. A tu tío le dio una alegría inmensa.

Ateniéndose a su rutina, se dirigía a una bodeguita de la plaza del Salvador donde tienen unos caldos que “quitan el sentido”.

Se abalanzó sobre su amigo con los brazos abiertos al tiempo que exclamaba: “¡Hombre, hombre, hombre! ¡Tú por aquí!”.

Tras el intercambio de saludos, tu tío le propuso celebrar el feliz encuentro con un amontillado que sólo servían en un lugar por él conocido.

Eran las dos de la tarde. Tu tío transpiraba por todos los poros. La bodeguita era un tugurio oscuro, con un mostrador alto y un penetrante olor a vinazo. En el techo un ventilador de grandes aspas giraba con desgana.

Tu tío, cliente asiduo y confianzudo, dio dos o tres palmadas y dijo al dueño: “Pon dos de ese que tú sabes”. Luego, con aires de gran catador, cogió la copa por el tallo, miró su contenido al trasluz, lo olfateó, lo degustó. E invitó a su amigo a que hiciera otro tanto.

Mientras bebían a palo seco, tu tío se lanzó a una prolija explicación de las características y el proceso de envejecimiento de ese solera, intercalando en su discurso hiperbólicos elogios.

No paraba de hablar ni de gesticular. De cuando en cuando, para recuperar el aliento o pedir otra ronda, interrumpía su perorata, paréntesis que el otro aprovechaba para dar su opinión o contar algo de su vida.

Tu tío se ponía en jarra y lo escuchaba con deferencia, volviendo a la carga a las primeras de cambio.

El dueño intervenía a requerimiento de tu tío que recurría a él cuando quería dar a sus argumentos un peso aplastante.

Si, por la razón que fuese, el interpelado discrepaba, tu tío se apresuraba a hacer suya la nueva tesis o enfoque no desdiciéndose nunca. Enarcando sus pobladas y corridas cejas, asentía enérgicamente con la cabeza dando a entender que era eso lo que él pensaba.

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XXVII

Sentados en el umbral y en sillas a ambos lados de la puerta tomáis el fresco. En la calle mal iluminada por una bombilla de escaso voltaje se ven o más bien se adivinan otros circulares familiares semejantes al vuestro.

Sopla una brisa que resarce del día de calor.

El tiempo pasa sin sentir. Ya es tarde. Tu tío cabecea como un barco movido por las olas. Hace rato que tu hermana ha cerrado el pico. Tu madre, de rostro impenetrable, está relajada. Y tú, bien despierta, hilas en tu mente recuerdos y deseos.

En un arrebato tu hermana se pone en pie y anuncia: “Me voy a la cama”. Tu madre la mira y dice: “Nos vamos todos”.

Antes de acostarte te diriges al cuarto de baño y te contemplas en el espejo. Tienes el pelo corto y ondulado, la piel tersa y blanca, la boca pequeña. Parece la cabeza de una muñeca de porcelana.

Piensas que estás en la flor de la edad, que eres joven, que quién sabe lo que el destino te depara.

Permaneces en esa actitud soñadora hasta que tu tío abre la puerta de un empujón y entra desabrochándose la bragueta. Luego se pone a orinar de espaldas a ti. Cuando acaba, se va en un estado de cuasi sonambulismo.

Tú, inmóvil, en silencio, contienes el aliento, das un suspiro cuando recuperas tu soledad.

El dormitorio, que compartes con tu hermana, tiene una ventana que da al patio. Las hojas están abiertas de par en par y la persiana enrollada.

Tu hermana respira profundamente. Para no molestar, que es una de tus obsesiones, no enciendes la lámpara con tulipa opaca. Te acercas a la cómoda y pulsas el interruptor de una capillita dorada de torres góticas delante de la que hay un montoncito de jazmines.

Te desnudas con parsimonia, cuelgas el vestido en la percha, te quitas las sandalias y echas hacia atrás la colcha y la sábana. Sacas de debajo de la almohada tu pijama corto, te lo pones y, descalza, vas a la cocina por un vaso de agua que, tratando de hacer el menor ruido posible, depositas en el cristal de la mesita de noche. Por último apagas la lucecita y te tiendes en la cama.

No tienes ni pizca de sueño. Por más que giras a un lado y a otro, no das con la postura adecuada. Te incorporas y bebes un sorbo de agua.

Te gustaría dormirte de inmediato, olvidarte de esa infinidad de problemas que te aguijonean sin cesar: disgustos, rencillas, dolencias, fobias…Lo que llamas tus nervios.

Pero esa noche no te va a resultar fácil escapar. No puedes dejar de pensar en el malévolo comentario que la tendera, famosa en el vecindario por su lengua viperina, hizo esta mañana a propósito de una amiga tuya.

¿Cuáles fueron sus palabras exactas? Mientras ajustaba una cuenta, cazó al vuelo las frases que intercambiaban dos clientas. Hablaban de la rapidez con que se estaban llevando a cabo los preparativos de la boda. Ese acontecimiento se estaba precipitando sospechosamente.

La tendera, sin dejar de sumar, sentenció: “Esa se casa tan de prisa porque está preñada”. Y a continuación añadió: “Son trescientas veinticuatro pesetas”.

No te molestó tanto la certeza de que no iba descaminada como el tono empleado.

Nada de lo que ocurría en el pueblo era ignorado en ese mentidero donde una jamona entre jamones, chorizos, salchichones, sacos de garbanzos, lentejas y azúcar, latas de conservas y un sinfín de productos que iban de la colonia barata a las cremalleras, pontificaba incansable.

En definitiva, esa historia se limitaba a otra conocida que cambiaba de estado civil. El autor del desaguisado, además, no había escurrido el bulto. No se había ido a Barcelona o a Alemania. Dentro de poco tiempo las murmuraciones quedarían cortadas de raíz.

Era un asunto de poca monta. Las comadres no tendrían donde cebarse, pero por eso no había que afligirse.

Tu tía, no con frecuencia, dada tu susceptibilidad, te gasta una broma al respecto. O lo que ella tiene por tal. Te dice: “¿Cuándo te vas a casar? A este paso se te va a secar la matriz”.

Achaca tu soltería a lo que denomina “tus exigencias”. Según ella, se te han presentado partidos interesantes. Tú te encoges de hombros, haces un ridículo mohín y cambias de conversación si no estás de humor para seguirle la corriente.

De los tiros al aire que dispara, algunos dan en el blanco.

No vayas a pensar que consigues engañarla con tus argucias y tus muecas. Tu tía es pájaro viejo. A pesar de sus pocas luces se percata bien de lo melindrosa que eres, e incluso, si me apuras, del miedo que el noviazgo y el casamiento te producen.

Hay datos cuya conexión sólo captas en pesadillas que, todavía acongojada, cuentas a tu madre mientras tomáis el café mañanero. “Deberías ir al médico” te dice. Pero tú descartas esa posibilidad de inmediato porque, entre otras razones, detestas a los matasanos.

Prefieres servirte otra taza de café y complacerte en tus sufrimientos.

A veces, como en esta noche veraniega en que una agradable brisa perfumada de jazmín invade el cuarto, haces un recuento de tus pretendientes: de los que lo fueron, de los que no lo fueron pero pudieron haberlo sido, y de los que te habría gustado que lo fueran.

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XXVI

¿Quién iba a suponer que el infortunio se abatiría sobre tu familia? ¿Quién podía imaginar que a la agonía y muerte de tu abuelo sucedería la de tu abuela?

A los pocos meses de haber fallecido su marido, tu abuela se resfrió. Nada de importancia. Estornudaba y le lagrimeaban los ojos. Se quejaba también de dolor en las articulaciones.

Mediaba la primavera y achacasteis la indisposición al aumento de la temperatura que fue la causa de un apresurado despojamiento de prendas invernales. Esta explicación, sin embargo, no era válida para ella que seguía casi igual de abrigada.

Por diversos motivos os hallabais fuera de casa. Tu tío y tu hermana no habían regresado aún de Sevilla. Tu madre y tú habíais ido a ver a tu tía.

Pasabais revista a las novedades del pueblo y acabasteis hablando de los vestidos que, a causa del calor y del luto que cumplíais, os veríais obligadas a teñir de negro. Sobre las telas que admitían tinte surgieron dudas.

Tu tía y tu madre se enzarzaron en una discusión. Para ilustrar sus argumentos, tu madre te pidió que fueras a casa y trajeras una falda tuya. Tú intervenías cuando te dejaban. Tus razones eran escuchadas con condescendencia pero no eran tomadas en serio. Esa actitud te producía irritación.

La puerta estaba encajada. Empujaste y llamaste a tu abuela que no respondió. Pensaste que estaría cosiendo a la sombra del naranjo.

Entraste en tu habitación, cogiste la falda y con ella colgada del brazo fuiste al patio.

Tu abuela estaba sentada en una postura forzada. Tenía el cuerpo ladeado a la izquierda y la barbilla pegada al pecho. Parecía que estaba durmiendo. Pero ella no tenía la costumbre de sestear.

Un cosquilleo recorrió tus piernas que se te aflojaron. Te disponías a comunicarle el motivo de tu regreso pero no acertaste a decir nada.

La llamaste con voz quebrada y diste un paso en su dirección. La anciana seguía callada. Observaste que respiraba, lo cual te tranquilizó.

Desechaste la lúgubre idea que habías concebido, y te acercaste más. Era evidente que estaba echando un sueñecito.

Le tocaste el hombro pero no reaccionó. De nuevo el miedo se apoderó de ti. Y ese miedo se convirtió en pánico cuando escuchaste sus roncas inhalaciones.

La zarandeaste ligeramente y tu abuela cayó al suelo como un fardo. Te pusiste blanca. Una mueca de espanto desfiguró tu cara.

No sabías qué hacer, si ir primero a casa de tu tía, a casa del médico o arrastrar a la moribunda a la cama. Dado su peso, rechazaste esta última posibilidad.

Optaste por volver zumbando a casa de tu tía. Sin aliento, desencajada, contaste lo que había pasado insistiendo en el hecho, tan penoso para ti, de que la abuela estaba tendida en los gastados ladrillos.

Por la calleja, mientras os apresurabais, tu tía te increpó. Según ella, deberías haber avisado a una vecina y entre las dos haber trasladado a su “pobre mama” al dormitorio.

En tu mente han quedado impresas las continuas carreras que tuviste que dar. En cuanto llegasteis, te mandaron a buscar al médico.

La respiración de la anciana era cada vez más anhelosa. Cuando la llevabais a la cama, notaste que se estaba poniendo azulosa o grisácea, de un color feo.

Tu tía, rodeada de vecinas que intentaban consolarla, gemía en el comedor. Cuando saliste del cuarto, donde ella no entró porque estaba muy afectada, se informó. Mostrándole la receta que había extendido el médico, le explicaste que había estado reservado. Y a escape fuiste a comprar el medicamento.

Tu abuela, que tenía una dolencia de corazón, expiró esa misma noche.

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XXV

Días radiantes de mañanas frescas en que tu madre te despertaba zarandeándote suavemente a la par que decía: “Ya es hora, vamos, levántate”, y tú, apartando la sábana y el cobertor, te dirigías medio dormida al cuarto donde teníais la palangana, un espejo y una repisa de cristal con los objetos de vuestra higiene diaria, y vaciabas una parte del contenido del aguamanil, te restregabas la cara y luego te enjabonabas las manos, demorándote en esta operación porque te gustaba juguetear con la espuma, entonces se asomaba tu madre y te ordenaba: “Enjuágate las manos y ven que te voy a peinar, ¡qué niña!”…y seguía tu madre con su retahíla a la que no prestabas atención por escucharla a diario y formar parte del ritual con que inaugurabas un nueva jornada, y te pasaba el peine por tu melena, desenredándola, alisándola, dándote ligeros tirones que te arrancaban fingidos ayes de dolor cuando lo que experimentabas era una agradable sensación, y luego procedía a dividirte el pelo en crenchas que entrelazaba con rapidez y pericia apareciendo al momento la primera trenza anudada con un lacito de color, y te decía: “Estate quieta, ¿dónde has puesto el peine?”, “Ahora vacía la palangana en el cubo, no te vayas sin tirar el agua, que te conozco”, y luego ibas a la cocina donde te esperaba un tazón de leche con un chorreón de café y una tostada muy fina, y en cuanto dabas un bocado declarabas: “No tengo hambre” “¡Qué!” “Que no tengo hambre”, y te llevabas el tazón a los labios, tu madre te miraba con severidad y decía: “Me parece que no he oído bien”, y en ese tira y afloja se os iba el tiempo hasta que tu madre, percatándose de que ibas a llegar tarde, te ponía la tostada en la mano y te lanzaba un ultimátum: “Si me entero de que la has tirado o se la has dado a alguien, para qué quieres más”, y con la sombra de esa amenaza que no te afectaba gran cosa, cogías despreocupadamente la cartera, y con esta en una mano y la tostada en la otra te encaminabas a la escuela, días radiantes de mañanas frescas en que nada hacía presagiar un cambio por mínimo que fuese, en que sentiste la vida en toda su diafanidad.

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XXIII

Habían colocado el cadáver dentro del ataúd y el ataúd en mitad de la habitación. Tu abuelo, con las manos unidas sobre el pecho y un pañuelo alrededor de la cara sujetándole la mandíbula, parecía dormir apaciblemente.

Los sufrimientos de los últimos días lo habían demacrado, su pelo negro y brillante del que tan orgulloso estaba, se había puesto blanco.

La tensión de sus rasgos se había esfumado, las canas le daban un aire de beatitud, la lividez de la piel resaltaba lo evidente.

Vosotras estabais sentadas a su vera: tu abuela, tu tía, tu madre, tu hermana y tú. Tu tío andaba por allí lloriqueando porque la muerte de su padre le había afectado sobremanera.

Chocaba ver al engreído y autoritario de tu tío sonándose los mocos a menudo, con los ojos hinchados y rojizos, hablando con un hilo de voz.

A él le gustaba alardear de falta de sentimientos para reforzar su imagen de hombre duro y de vuelta de todo. Una actitud diferente la consideraba una merma de su masculinidad.

Afligidas, esperabais el momento en que os desharíais en lágrimas, en que os levantaríais temblorosas, traspasadas de dolor.

XXIV

A la muerte de tu abuelo siguió un luto riguroso. La puerta y las ventanas de tu casa se cerraron al mundo y quedasteis enclaustradas.

Se impuso un nuevo ritmo de vida donde no eran posibles las escapadas, a las que tanta afición les tenías. De esa época data el alejamiento de tus amistades.

Ignoro si te adaptaste bien o mal. En cualquier caso nunca manifestaste desacuerdo ni disgusto. Si al principio tuviste que luchar contigo misma, es algo que yace en el olvido.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que no destacabas por tu ingenio ni por otras cualidades que hiciesen de ti una compañía apreciada. Ocurría más bien lo contrario.

Siempre fuiste un poco pava. Pertenecías a la clase de niñas que se enganchan del brazo de otra y pasan todo el rato riendo sin motivo y diciendo bobadas. Por esa actitud fuiste blanco de bromas y te bautizaron con diversos motes en los que se combinaban la penetración psicológica, el humor y la crueldad, siendo “la Tonta” el que gozó de más aceptación.

De tu paso por la escuela y de tu adolescencia sobrenadan algunas anécdotas que rememoras en las contadas ocasiones en que te encuentras con una compañera de entonces.

“¿Te acuerdas de…?” Y habláis de la maestra baja y gruesa, entrada en años, que os tiraba la regla cuando se encolerizaba. “La pobre se ponía histérica” “Pero es que no nos callábamos” “Gritaba como una loca” “Decía que no éramos niñas sino cafres” “Al pasar despedía cierto tufillo” “Y nos obligaba a ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar” “Cuando llegaban los primeros calores, se ponía colorada y no paraba de abanicarse” “¿Qué ha sido de ella?” “Nos castigaba de cara a la pared” “Por la tarde echaba una siestecita” “Cuando llegaba el mes de María, nos mandaba traer flores para adornar el altar que montaba en la clase”.

Tu tío afirmaba que no te gustaba la escuela, que no servías para los estudios, que eras corta de entendederas. A lo mejor lo decía solamente por meterse contigo, por satisfacer esa manía suya de hacer chistes a costa de los demás.

Tú no eras una lumbrera, pero tampoco un tarugo. Eras normal.

Aun siendo sosa, no dejabas de captar la poesía de los días lluviosos en los que, sorteando charcos, llegabas jadeante y feliz al colegio. Ni dejabas de saborear el placer de la libertad cuando salías por la tarde después de dos horas de no hacer nada, pero en las que había que guardar la compostura so pena de que la regla voladora se estrellase en tu cabeza.

Tumultuosas estampidas y gritos de júbilo coronaban la jornada escolar. Una vez fuera del recinto, arrojabais las carteras en la acera y os poníais a jugar al tejo, a los cromos, a lo que fuese, olvidadas del mundo, disfrutando plenamente de ese periodo de tiempo comprendido entre la salida y la vuelta a casa.

La libertad se podía tocar con las manos. No era un concepto abstracto. Era un hecho real. Libertad era vivir esos minutos absorbidas en dar al tejo el impulso justo.

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XXII

Un día, siendo niño, advertí en tu casa cierto revuelo. ¿Qué habría pasado?

Fui a preguntar a mi tía abuela. Me pidió que no hiciera ruido. El vecino había fallecido. Por eso había gente en la calle. El entierro era por la tarde.

La escuchaba boquiabierto. Era mi primer contacto con esa realidad cuyo significado nunca me había planteado. Sabía que el prójimo se moría, pero eso ocurría siempre fuera de mi ámbito y no me afectaba.

Esta era la primera vez que afrontaba la desaparición de alguien cercano. Al principio no me hacía a la idea de que el hombre de pantalones de pana y gorra negra con el que a menudo me cruzaba por la calle, al que observaba mientras se alejaba camino de la huerta con el burro de reata y el cigarrillo en la comisura de los labios, hubiese dejado de existir.

Salí de la cocina y subí al soberado. Desde la ventana de la buhardilla te vi atravesar el patio. Llevabas un pañuelito en la mano con el que te restregabas los ojos y la boca. Tus ademanes eran mesurados.

Descubrí en ti, pese a tu juventud, a una persona madura. Tus lágrimas, tu pelo recogido en un moño, tu andar decidido y silencioso eran los datos con los que elaborar una nueva imagen de ti.

Ya no eras una muchacha delgaducha y falta de gracia. Tu habitual palidez realzaba a ese ser desdichado en que te habías convertido de la noche a la mañana.

Como he podido corroborar en otras ocasiones, el mundo se disolvía a tu alrededor, sólo tú tenías consistencia. De ti emanaba una afirmación tan rotunda que pensar en otra cosa que no fuera tu tragedia familiar me habría parecido un sacrilegio.

Bajé del soberado para informarme de la enfermedad de tu abuelo y de la actitud que había que adoptar en esas circunstancias.

El funeral era a las seis. Las dos horas más largas de mi vida fueron las que transcurrieron antes de que agitaran la campanilla anunciando el fin de la jornada escolar. Salí disparado.

Delante de tu puerta varios grupos de hombres conversaban en voz baja. De vez en cuando una mujer aparecía en el umbral, miraba a un lado y a otro, suspiraba y se iba.

A pesar de la gente congregada en la calle y de la que había invadido las habitaciones de tu casa, reinaba un extraño silencio que los murmullos y los tañidos de la campana no lograban contrarrestar. Ni siquiera la presencia de un niño que se deslizó por entre las figuras inmóviles humanizó esa escena irreal.

A medida que se acercaba el momento en que vendrían el cura y los monaguillos, el número de acompañantes aumentaba.

Ese cuadro sobrecogedor no impedía que fueras tú quien ocupases mis pensamientos.

Antes de almorzar había notado el cambio que este golpe había operado en ti. Había resignación en tu mirada. Una suerte de sabiduría impregnaba tus gestos.

Nunca te había visto tan inaccesible. Nos separaban experiencias tan profundas que me sentía empequeñecido.

¿Qué edad tenías? Dieciséis años si no me equivoco. Eras una jovencita tirando a desgarbada, a medio hacer, que se entregaba a vagas ensoñaciones. Aunque tu infancia había sido tristona, hasta entonces no habías tenido que encarar el hecho irreversible de nuestra finitud.

Ciertamente ese desenlace no te cogía de sorpresa, no ya porque a tu alrededor se hubiesen producido otras muertes, ni porque la enfermedad de tu abuelo hiciera temer lo peor, sino porque una parte de ti vivía a la espera de la desgracia.

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