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XXXVII

La alameda está atravesada por un riachuelo que se despeña en sucesivas cascadas a causa de desnivel del terreno y de las rocas. La corriente choca contra ellas y se abre en numerosos brazos que se lanzan al vacío como consumados trapecistas.

Las zarzas y las adelfas han enraizado aquí y allá formando en ocasiones una maraña impenetrable.

El piar de los pájaros, los saltos de agua y las grandes piedras en extrañas combinaciones hacen de ese paraje un lugar especial.

Mientras lo contemplabas sobrecogida, cobró cuerpo la idea de que no debías haber aceptado la invitación. No te integrabas en el regocijo general. No estabas a la altura de las circunstancias.

Una lasitud unida a un sentimiento de opresión se apoderó de ti. No estabas a gusto. Las bromas, las risas constituían un martirio. Te preguntaste si lograrías soportar esa penosa situación hasta el final.

A nadie descubriste tu estado de ánimo. Por encima de todo tenías que mantener la compostura e incluso contribuir al esplendor de la jira campestre con tu depauperado ingenio.

Desde el montículo al que habías subido para disfrutar del entorno, observaste a los demás.

A orillas del arroyo se planteó la cuestión de seguir adelante. Pero cruzar la corriente conllevaba un riesgo, por lo que una joven gordita y de movimientos torpes, que se consideraría una firme candidata a darse un chapuzón, se opuso.

Te acercaste y escuchaste las razones de unos y otros sin intervenir en la polémica.

Los muchachos eran partidarios de salvar las aguas. La posibilidad del resbalón y la zambullida era un atractivo para ellos, sin contar con el placer adicional de prestar su ayuda a las chicas que seguramente la reclamarían.

El asunto tomaba un cariz que no era de tu agrado. Las alturas te dan vértigo. Aunque no se trataba de escalar una montaña, el espumeante riachuelo que se ramificaba y se precipitaba a gran velocidad, te provocaba esa misma sensación.

A la gordita que había protestado le dijiste: “¿Por qué no comemos aquí? Hay leña. Esa explanada es perfecta”. Y le indicaste un prado que se extendía por la linde de un olivar recién talado, y que caía a pico sobre la cárcava.

“Sí, es un buen sitio” te respondió, “pero no creo que esos quieran”.

De hecho, algunos jóvenes habían vencido los primeros obstáculos y animaban a los demás a seguirlos.

“Esto no tiene remedio” dijo la gordita. Sus palabras traslucían una paradójica complacencia.

A continuación, enardecida por la prueba que debía enfrentar, se puso a agitar los brazos y a gritar: “¡No dejadme la última!”.

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Caminos (XIII)

 

 

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