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Posts Tagged ‘rutina’

XXII
Me encanta la rutina,
un día igual a otro,
igual o parecido, con pocas variaciones.

Levantarme, saber
qué me está reservado.
Contratiempos, placeres, cada cosa en su sitio.

Nada de sobresaltos
que tan sólo son buenos
para alterar los nervios, la cabeza, el estómago.

Me encanta levantarme,
preparar el café,
refrescarme la cara, mirarme en el espejo,

comprobar los estragos,
sonreír, hacer burla,
volver a la cocina, mirar por la ventana

la luz del nuevo día, las nubes en el cielo.
Y podría seguir
hasta entrada la noche,

hasta esa última hora de paz y de silencio,
cuando enciendo la lámpara
y me pongo a leer

o a escuchar el murmullo del viento, de la lluvia.
Qué más puedo pedir
tras un día en que todo

ha venido rodado, sin ninguna sorpresa,
sin ninguna trifulca,
problemas los previstos.

Un día acogedor,
sosegado, trivial.
Un día que te deja
un regusto de paz.

Estos días conforman
el sustrato profundo
de mi fe y confianza
en la marcha del mundo.

 

 

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En Las Hilandarias, un pueblo ficticio de Andalucía Occidental, Lucrecia y la Rata Gris miden sus fuerzas en un combate singular. Otros personajes (Tomasa, Jardincito, el Muecas, Isco y la Filósofa, entre otros), que toman partido por una de las dos protagonistas, participan en el desarrollo de esta historia cuyo desenlace trágico está cantado.
“Lucrecia y la rata” es una reflexión bienhumorada sobre el ser humano, contada en clave de fábula.

La obra empieza así:

Anochecía. La rata asomó el hocico por entre las dos macetas agrietadas tras las que se camuflaba el agujero por donde había salido. Era una temeridad. Ni siquiera ella misma sabía por qué se arriesgaba tan tontamente. Los recientes acontecimientos deberían haberla persuadido de una vez por todas de que no valía la pena volver a ese lugar. En ese sentido, más que rata era burra. Ella no tenía hogar; a lo mejor alguna vez lo había tenido o creído tener, pero estaba fuera de duda que aquel corral no lo era.
¿Se trataba entonces de una mera costumbre que se resistía a abandonar? Estaba vieja y con los años aumentaba el apego a la rutina. Arrugó el morro y pensó que ésa era una buena explicación para un humano. O, como mucho, para los conejos. E igual que a éstos le iba a pasar a ella si seguía persistiendo. Le habían contado (ella no había puesto nunca los pies en el campo propiamente dicho) que estos animales iban a excretar siempre al mismo sitio. Algo que de puro estúpido resultaba increíble. Esta fijación los convertía en presa fácil. El cazador los esperaba agazapado cerca del cagadero y, a la hora en que iban a hacer sus necesidades, una perdigonada los tumbaba en mitad de sus cagarrutas. La verdad es que no podía concebirse una muerte menos gloriosa.
Pues así podía acabar ella (a excepción del detalle de los excrementos), si se empecinaba en volver a ese corral. Ella estaba convencida de que en cuanto se lo propusiera, dejaría de venir y asunto zanjado. Ahora bien, mientras se decidía, corría el albur de que acabasen con ella. De hecho, ya lo habían intentado. ¿Qué ganaba con exponerse de esa forma insensata? Desde luego, no tenía derecho a burlarse de los conejos
.

Esta novela se publicó en Libros En Red, en 2006.
http://www.librosenred.com/libros/lucreciaylarata.html

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