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Archive for the ‘El forjador de quimeras’ Category

XVIII
La felicidad está
detrás de las ventanas,
entreabiertas de día,
de noche iluminadas.

Derramando su luz,
proyectando su paz,
en lugares lejanos
la felicidad está.

Lugares entrevistos
en sueños, mapas, libros
antiguos o modernos,
reales o ficticios.

La religión lo sabe
y nos habla del cielo
allá en la otra vida.
En esta está el infierno.

Pero los paraísos
resplandecientes, bellos,
son sólo una promesa,
tal vez un embeleco.

Y miro las ventanas
que esconden tanta dicha.
Si yo estuviera ahí,
me digo con envidia.

A veces me acometen
unos locos deseos
de ser feliz, de estar
en paz conmigo mismo.

Sólo tengo un consuelo
y es mirar las ventanas,
sobre todo de noche,
cuando esparcen su luz
como un bálsamo suave.

 

 

 

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XVII
Pájaros aleteantes
de picos acerados
perforan la mañana
con gritos destemplados.

Un reptil gigantesco
su trabajo realiza.
Ingurgita su presa
a conciencia, sin prisa.

El acezante saurio
prosigue su trabajo,
puntual y eficiente,
engullendo a destajo.

Por arrojarlo fuera
no hay nadie que haga nada.
Necesarias no son
flamígeras espadas
ni cejijuntos ángeles.
Una palabra basta.

 

 

 

 

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XVI
De los álamos gotas
de humedad condensada
caen sobre mi frente,
resbalan por mi cara,
refrescando mi piel,
aventando quimeras.

Álamos argentados
de inaudibles susurros,
testigos fidedignos
de tantos desvaríos,
insomnes, vigilantes
bajo el cielo invernizo.

 

 

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XV
Hostigados por negros deseos de venganza,
por ver su rostro envuelto en lágrimas amargas,
por escuchar su voz implorándonos gracia.

La tarde ya caía.
Que de allí la sacáramos, llorando balbucía.
Pasar allí encerrada la noche no quería,
tras la tela metálica, junto con las gallinas,
impasibles testigos, en sus palos subidas.

Cuando miro hacia dentro,
cuando miro hacia arriba
una luz aparece
parpadeante, indecisa.

Sentados en la barda
contemplamos la estrella
que por el horizonte
despunta la primera.

 

 

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XIV
La recuerdas, ¿verdad?
Tan fea, tan ordinaria,
siempre dando chillidos
cual rata acorralada.

Qué decir de sus gestos,
de sus saltos y risas.
No gustaba a la gente
su manera de ser.

Escuchaba pasmado
las cosas que decían.
Desde luego no era
la mejor compañía.

 

 

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XIV
El lento atardecer,
las sombras alargadas,
las sonoras campanas desgranando sus notas,
las sábanas ondeando en blancas azoteas,
los montones de leña,
el vaho de la noche.

Sereno atardecer derramándose cárdeno,
malvas y jaramagos acunándose al viento,
cobertizos, almiares,
tiritera incipiente,
el blanco de los muros en grises deshaciéndose.

Y nosotros atentos
al rumor de la higuera,
al fulgor de la tarde,
al tacto de las piedras.

 

 

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XII
La muerte en los zaguanes
oscuros y profundos,
con olor a humedad,
a tiempo detenido.

Al fondo, en un rincón,
la cabeza caída como una marioneta
después de la función,
guiñol desmadejado, muñeca desdichada,
se encontraba la vieja.

Esos rasgos marchitos,
esa absurda nariz como una arruga más
en mitad de la cara.

Esos ojos cegatos
mirando escrutadores, mirando sin ver nada,
persistiendo, no obstante.

Al más leve ruido
levanta la cabeza y empieza a balbucir.
¿Quién sabe lo que dice?

Tal vez lanza improperios.
Tal vez son maldiciones contra quienes osaron
interrumpir su sueño.

Aunque en verdad no duerme, tan sólo cabecea.
Sentada a la camilla,
las horas se le pasan en vigilia perpetua.

El olor a humedad,
a tiempo detenido,
a carne tumefacta,
a cuartos clausurados
desde Dios sabe cuándo,
inunda la morada.

Tú no tenías miedo
de las flores de trapo,
de los vetustos muebles,
de las fotos, las puertas.

Era un reto y, por tanto, había que asumirlo
con firmeza y coraje.
Que el miedo ser más fuerte.
Había que mirar cara a cara a la muerte.

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