En el momento más inesperado, un gesto inofensivo, anodino, se convierte en un aldabonazo que nos despierta. En un detonante que dispara la alarma del absurdo.
Nuestros actos se revelan entonces como un artificioso entramado que apenas basta para recubrir la boca de ese pozo.
Esos gestos inútiles,
esas voces inútiles:
la del que vende juguetes que nadie compra,
la del que exhibe corbatas que producen risa.
Esa mano abierta en la lluvia,
(…)
esos gestos de nada.
Esa voz de «doctor, sálvela»;
las palabras humildes,
la mirada suplicante ante lo inevitable,
(…)
Todo lo sin motivo,
lo triste, lo pueril, lo ineficaz,
como este verso mío que no leerá nadie,
como el golpe de sol en los ojos del ciego.
Agustín de Foxá, Lo inútil
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