
No tenía nada que decir. Nada me atraía hasta el punto de hacer que cambiara de actitud. Asi que callaba y no me oponía a las ocurrencias de unos y otros.
Era más fácil asentir (bastaba un simple movimiento de cabeza) que tratar de convencer a mi padre, a Jorge o al amigo de turno que hubiesen sobornado para que hablase conmigo, de que al mayor servicio que podían prestarme era no inmiscuirse en mi vida.
Aunque no lo sospechasen, yo era consciente del peligro que corría. Un peligro en cuyo menosprecio encontraba una forma espuria de placer.
No había en mí ningún sentimiento de orgullo o soberbia. Ningún destello luciferino. Ello hubiese implicado un espíritu de lucha del que carecía.
Iba quemando mis naves una a una. Mejor dicho, miraba cómo ardían sin mover un solo dedo.
O tal vez iba soltando las amarras que me unían a un puerto resguardado de los huracanes y las tempestades.
Si persistía, el barco sería pronto un punto en la raya del horizonte. Un juguete de las corrientes marinas que lo arrojarían desarbolado en cualquier playa sin nombre.
El peligro a que me enfrentaba era de signo distinto al que ellos imaginaban.
Para poner en pie este embrollo necesitaba tiempo.
Así que haría lo que me mandasen con tal de que me dejasen tranquilo.
In illo tempore (XVI)
agosto 16, 2011 por Antonio Pavón Leal
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