
Por las tardes no había miedo de que me interrumpiesen con cualquier pretexto. Durante esas horas gozaba de una inmunidad que me permitía entregarme sin trabas a la lectura o a dormitar apaciblemente. Encerrado en mi habitación, podía hacer lo que me placiera, incluso aburrirme.
Quizá la palabra felicidad no sea la más adecuada para designar el sentimiento que me embargaba durante ese paréntesis cotidiano, máxime cuando la transitoriedad de mi situación no se me escapaba.
Así pues, de tratarse de felicidad, sería una felicidad ficticia, basada en el sacrificio o en la ignorancia. Y no era así.
Ni torre de marfil ni cárcel de oro.
Era también lo bastante lúcido para no pasar por alto que, si mi estado se hacía permanente, quedaría atrapado en una ratonera.
El riesgo de sucumbir era real.
La recuperación, además, podía revestir formas engañosas. No ser más que un fenómeno de mimetismo o de adaptación forzosa. Una cuestión de supervivencia.
Si abolía la distancia hasta el extremo de carecer de perspectiva, entonces no me quedaría más elección que creer todo. En primer lugar, que estaba enfermo.
A medida que me adentraba en este laberinto, se me hacía evidente que me iba a ser necesario echar mano de un coraje y de unos recursos dudosos, si no quería perderme en sus múltiples pasadizos.
En vez de en un sillón, estaba sentado en un polvorín. Resultaba, cuando menos, improcedente hablar de felicidad en semejante coyuntura.
Sin embargo…
In illo tempore (XXIII)
septiembre 13, 2011 por Antonio Pavón Leal
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