
Al principio bastaba una sonrisa de Jorge para restituir la tranquilidad, al menos en parte. A medida que transcurría el tiempo, se hicieron necesarios discursos más elaborados.
Una tarde apareció en compañía de un colega suyo.
Este señor venía a ver a mis padres. El asunto no dejaba de tener gracia: ¿quién era el enfermo? ¿ellos o yo?
Desde luego, me guardaría de mostrar mi regocijo. Recordaba el episodio del taxi, sus explicaciones y mi risa, que se tomaron a mal.
Mi situación personal no había mejorado ni empeorado. Quizá la palabra que ellos emplearían fuera estancamiento.
Tras una ronda de sesiones con el psicólogo, de la que esperaban una curación milagrosa, había que rendirse a la evidencia de que tal acontecimiento no se había producido.
A este resultado desalentador había que sumar la falta de inspiración de Jorge.
La “crisis pasajera propia de la edad” ya no colaba. Puede que lo de “crisis” tuviese todavía vigencia, pero lo de “pasajera” había perdido toda credibilidad.
Ocupado estaba en estos pensamientos cuando se me ocurrió mirar el reloj: faltaban diez minutos para la clase de música.
Me levanté del sillón y cogí el método.
La conversación que mantenían en el despacho de mi padre, se alargaba demasiado.
Bajé la escalera con cuidado. Era posible que la puerta del despacho estuviese abierta, en cuyo caso no podría salir sin ser visto e interrogado.
Desde el descansillo comprobé que la puerta estaba entornada. Con un poco de suerte nadie se percataría de mi salida.
Mientras me deslizaba paso a paso, escuché a mi madre en lo que tenía visos de ser una réplica a mi padre.
Éste habría hecho un desafortunado comentario en relación con su familia política, pues mi madre estaba haciendo una acalorada descripción del comportamiento de un tío de mi padre, ya fallecido, con fama de atronado en el pueblo.
Aunque no oí su nombre, no había duda de que estaba hablando del tío Ramón, un hermano de mi abuelo paterno, más conocido en el ámbito local por Ramoncito.
El colega de Jorge preguntó en qué consistían las locuras (así las había calificado mi madre) de ese señor.
Mi padre se apresuró a hacer una aclaración, pero mi madre lo cortó en seco. Acababa de acordarse de otro pariente de naturaleza enfermiza.
Sin curiosidad por conocer la identidad de este nuevo neurótico de la familia, me alejé con sigilo, abrí lentamente la puerta y salí a la calle.
In illo tempore (XXVIII)
octubre 4, 2011 por Antonio Pavón Leal
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