El terrible ulular de la sirena
estremece la noche con su grito.
En el lecho me revuelvo y me agito,
como arrojado al fondo de la gehena.
Voy cayendo en la tenebrosa trena
sin descanso mientras resuena el pito,
que desgarra el silencio, y me repito:
“Sólo es de una ambulancia la sirena”.
Ni en temblores ni en ojos revirados
ni en cadavéricas emaciaciones
ni tampoco en tejidos gangrenados
debo pensar: insanas emociones
con las que nos mantienen aherrojados
las rancias y caducas tradiciones.

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Muy significativo lo de las » insanas emociones», muy cierto Antonio.
Complacerse en ciertas emociones es morboso, pero evitar otras es pueril o cobarde.