Noviembre trae recuerdos
de amigos perdidos en las revueltas del tiempo,
de pasiones pretéritas,
de gozos y penas más soñados que vividos,
o tal vez a la inversa…
Nos dejamos llevar
por el turbión de los sucesos cotidianos
que esculpen nuestra imagen.
Nos forjan en la fragua de los días
y nos dan una forma que no es nunca la nuestra.
En el trabajo, en los bares, en la vía pública
escuchamos a unos y a otros.
Sus palabras son ráfagas de viento invernal
que cortan el aliento.
Sin embargo, sentimos que vivimos.
A veces ocurre el milagro
y nuestro ser da testimonio de ello.
Estamos tentados de pregonarlo,
pero logramos contenernos.
Si la vida precisa de voceros,
es que es no-vida.
Noviembre nos trastornaría,
si no fuera tarde para las lamentaciones.
Nos haría padecer lo indecible,
si el escepticismo no actuara con mano dura.
Nunca mentimos
ni damos crédito a lo que se dice por ahí.
Aseguramos
que la vida no se exhibe en los escaparates.
Tal vez ande escondida.
Tal vez esté en los cementerios,
recomponiendo coronas de siemprevivas.
Bajo la sombra de sus grises alas,
noviembre nos cobija
y nos despierta de nuestra modorra
con descargas eléctricas,
con súbitos aguaceros, con frío,
con flores
que sobre el mármol
una mano coloca.
Tras contemplar este enjambre de signos,
tras escuchar la voz de la memoria,
encaramos noviembre
de buen talante.
Y musitamos…
Y decimos muy quedo:
Noviembre es el mes de la vida.
Deja un comentario