
II
Las pastas de Paco fueron celebradas también. Las había dispuesto ordenadamente en una fuente de borde dorado. Parecían galletitas en las que destacaban las bolitas arrugadas y negras de las uvas pasas.
Todos las probaron, alabando su buen sabor. Paco, innecesariamente, remachó que no tenían comparación con la tarta.
Utilizando la cucharilla con la que se había llevado a la boca una porción de nata, Raquel señaló las gafas de Mercedes y dijo:
-¿Las estás estrenando?
Nicolás comentaría más tarde a su mujer la extrañeza que le causó el hecho de dejar pasar el tiempo hablando de nimiedades en vez de abordar el verdadero motivo de la visita.
-¿El verdadero motivo? Era una visita de cortesía.
-¿La razón de que fuésemos a su casa no era la mala racha que está pasando?
Raquel, que era compañera de trabajo de Mercedes, le había contado a su marido lo decaída que veía a ésta.
Se habían producido tres fallecimientos en los últimos meses. El primero en morir había sido el padre de Mercedes. Poco después le sucedió su suegro. Y finalmente, un cuñado que llevaba mucho tiempo penando.
Esta última muerte, quizá por tratarse de la persona más joven, fue la que más afectó a Mercedes, a pesar de no tener mucho trato con su cuñado, que vivía en otra ciudad.
En el bar adonde iban a tomar café a media mañana, Mercedes confesó a Raquel que esta desgracia había sido como un empujón.
-¿Un empujón?
-Me siento llevada a un límite. A veces, cualquier insignificancia me impulsa en esa dirección. Me ocurre a menudo. Pero la muerte de mi cuñado ha sido un empujón.
Según explicó, al otro lado de esa frontera se extendía una llanura. Debido al exceso de luz que la bañaba, no podía dar más detalles. Tal vez se trataba de un desierto. No había árboles ni vegetación. De eso estaba segura. Y la idea de tener que cruzar ese erial la desazonaba.
Una mala racha (II)
noviembre 16, 2011 por Antonio Pavón Leal
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