
III
Mercedes se quitó las gafas de montura rojiza y las enseñó a sus amigos.
-Son preciosas –dijo Raquel.
-Y buenas –precisó Paco. Y, con visible incomodidad por parte de su mujer, añadió los siguientes detalles-: Son de diseño. De Jasper Conran. Están hechas de una aleación de titanio. Por eso no pesan nada. Han costado un dineral.
-Paco, por favor –protestó Mercedes.
-Se ve que no son unas gafas cualesquiera –dijo Nicolás.
Paco pidió a su mujer que hiciera una demostración de la flexibilidad y resistencia de las patillas, las cuales, en efecto, se doblaban sin partirse hasta un extremo increíble.
Mercedes se justificó. Las otras gafas estaban pasadas de moda. Uno de los cristales estaba rayado. La miopía le había aumentado ligeramente. Y concluyó:
-Me probé este modelo y me vi tan favorecida que, a pesar de lo caras que son, me dije: “¿Por qué no darme este gusto?”.
-Claro que sí –la respaldó Raquel.
En su casa, Nicolás contradiría a su mujer. No fue entonces cuando sonó el timbre del teléfono y todos volvieron la cabeza en dirección al aparato, sino más tarde.
-Tú estabas hablando de los envases de plástico.
-Es posible –admitió Raquel.
Nicolás retomó el tema que le interesaba:
-No he entendido esa historia de la frontera y el desierto.
Raquel siguió contando que, en otras ocasiones, su amiga no llegaba a una frontera sino a un umbral. Nadie la obligaba a traspasarlo. Pero ¿qué sentido tenía estar allí parada? Si había llegado ante ese escalón, no era para dar media vuelta.
Una mala racha (III)
noviembre 17, 2011 por Antonio Pavón Leal
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