
IV
Una vez Mercedes comentó a su marido que se sentía incapaz de trasponer ese umbral. La perspectiva de adentrarse en un desierto la atemorizaba.
-¿Y para qué tienes que cruzar ese desierto?
Mercedes calló. Sólo sabía que era algo que debía hacer.
Paco, dando a entender que ese asunto carecía de importancia, se encogió de hombros.
A Mercedes le resultaba más fácil sincerarse con Raquel. Ésta escuchaba sus divagaciones, las tomaba en serio. Pensó que había sido un error contar a Paco esa historia de puertas que hay que franquear y páramos que hay que atravesar.
No estaba perdiendo el sentido de la realidad. Tampoco le había dado por fantasear. Tenía los pies en la tierra. ¿Qué estaba rebullendo en su interior?
Junto a la tarta había un mechero de plástico, cuyo dueño era Paco, el único fumador del grupo. Raquel, que tenía declarada la guerra a dicho material, declaró que el uso de esa clase de objetos debería tipificarse como delito.
Cuando fue a exponer sus argumentos, sonó el teléfono y todos volvieron la cabeza hacia el aparato, que estaba en una mesita supletoria con enaguas, a un lado del sofá.
Se escucharon varias llamadas antes de que Paco se levantase del sillón y lo descolgase.
En el salón se hizo el silencio. Las mujeres se mantenían erguidas en sus asientos. Nicolás se recostó en el almohadón del respaldo.
Tras oír unos instantes, Paco se dio media vuelta y se puso de espaldas a los demás. Paco era de constitución fuerte, cargado de hombros. Estuvo un rato con el auricular pegado a la oreja. Sin decir nada. Al menos ninguna frase larga.
Luego colgó el teléfono con cuidado, como si fuera de cristal y pudiera romperse si procedía con brusquedad.
Mercedes esperó a que su marido acabara de realizar esa delicada operación antes de preguntar con una nota discordante en la voz:
-¿Qué pasa, Paco?
-No te va a gustar. Es una mala noticia.
Y como si esto fuera todo lo que tenía que comunicar, Paco se dirigió a la puerta del salón.
-¿No me lo vas a decir? ¿Adónde vas? Me estoy poniendo nerviosa.
La taza de café con leche que tenía en la mano, empezó a bailar.
Una mala racha (IV)
noviembre 22, 2011 por Antonio Pavón Leal
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