
V
Raquel se apresuró a coger la taza de Mercedes y ponerla en la mesa.
A continuación se levantaron los tres. Mercedes volvió a preguntar:
-Entonces ¿no me lo vas a decir? –y salió detrás de su marido.
Raquel y Nicolás permanecieron de pie delante del sofá.
Más tarde, en su propio salón, Raquel siguió contando a su marido las divagaciones de Mercedes.
-En otra ocasión me habló de un documental sobre poblados africanos que le produjo una fuerte impresión. Las chozas eran de adobe y paja, y estaban distribuidas en círculos. Los efectos del soplo caliente del viento y de las ráfagas de polvo eran patentes. Y sobre todo los de la sequedad.
-¿Y qué?
-Entonces se hizo una pregunta que la angustió: “¿Cómo puede vivir alguien en esas condiciones?”.
-Vaya –apuntó irónicamente Nicolás-, la correcta conciencia de una señora repantigada en un sillón, ante un televisor de pantalla plana, sufrió un ataque de desolación.
-No es eso.
Paco estaba en el cuarto de baño. Cuando Mercedes llegó, se echaba agua en la cara y en el cuello. Se mojaba la camisa y el jersey, pero no parecía darse cuenta.
Mercedes regresó al salón tiritando, como si tuviese frío o fiebre. Se sentó con las piernas juntas y empezó a balancearse. Luego dijo:
-¡Qué merienda os estamos dando!
Y prosiguió:
-Con la tarta tan buena que habéis traído. A mí se me han quitado las ganas. Comed vosotros.
-Por favor –replicó Raquel-, ¡qué importa la tarta!
Una mala racha (V)
noviembre 23, 2011 por Antonio Pavón Leal
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