
VI
Se derrumbaba y no podía hacer nada por impedirlo.
Sintió un amago de náusea que achacó al vaho acaramelado de la tarta de Saint Honoré.
La necesidad de crear un espacio interior ajeno a las contingencias emergió con más fuerza.
Era un pensamiento ridículo, se dijo. Ella era una mujer de su tiempo. Incluso, en algunos aspectos, una adelantada.
Aunque la actitud de su marido la irritase, su displicencia era comprensible. Con las diferencias propias de cada personalidad, ésa habría sido también la reacción que ella habría tenido en circunstancias similares.
¿Por qué se preguntaba si había un reino interior? ¿Para alcanzarlo tenía que traspasar esa raya tras la que se extendía un páramo?
¿Pero cómo se llegaba a un lugar que sólo existía en su imaginación? ¿Que sólo era el producto de su deseo?
Visualizó una cebolla de tantas capas que el corazón del bulbo era inaccesible. Luego, sin solución de continuidad, un juego de cajas chinas, en el que siempre había una embutida en otra.
¿No había eliminado de su vida el absurdo y la sordidez? Su pulcro salón era la prueba. Si acaso, se dijo tras echar una ojeada, habría un poco de polvo en las estanterías. Tal vez alguna pelusa debajo del sofá. Nada que se pudiera detectar a simple vista.
Pensó en ventanas tapiadas, en candiles cuya reserva de aceite se había agotado, en estrellas extintas.
Tenía que traspasar ese umbral.
Mercedes seguía balanceándose en el sillón. Raquel y Nicolás la contemplaban en silencio.
Tenía calzados los pies con unas flexibles zapatillas de cuero granate. Cuando detuvo su vaivén, se quedó mirándolos.
Los tenía tan fríos que habían perdido la sensibilidad. Era como si se los hubiesen amputado. Ahora no podía andar. Ni siquiera ponerse en pie porque caería redonda.
Nota.-En Una mala racha (I) puedes leer el relato completo.
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