Este relato de Gabriel Miró es una dramática muestra de la búsqueda del padre, simbolizado en “el tambor de aro azul y borlas coloradas”, el “tabalet”, que acaba siendo el sobrenombre de Matietes, el protagonista de esta malaventura.
El “tabalet” es la quintaesencia de la vida y de la alegría, un atributo paterno, aunque Matietes conoce bien la otra cara del padre. Y él lo heredará. Un día será suyo ese instrumento que hace saltar con su redoble “el silencio de los pueblos y de los campos”.
Aunque todo el mundo estaba al cabo de la calle, él no sabía que Visentot no era su verdadero padre. Cuando, a cuenta de esto, los niños se burlan de él, Matietes se limita a sonreír; lo cual da ocasión a que descubra sus dos mellas.
Ciertamente Matietes no se acercaba ni al tambor ni a su padre putativo. Pero sí se atrevía a coger la dulzaina del tío Lloréns. Y empezó a desear ser su hijo. Deseo que se vio colmado, pues el tío Lloréns se avino a desempeñar el papel paterno.
“¡Aquello fue alegría!” Matietes era feliz en la huerta del tío Lloréns, donde trabajaban, comían y bebían. Allí el tío Lloréns tocaba también en la dulzaina motetes, mudanzas de bailes antiguos y tonadillas.
El hijo de Visentot y de Agustina se considera tan afortunado que se permite soñar. Ése era su venturoso estado toda la semana salvo el domingo, día en que el tío Lloréns no iba a la huerta.
Un lunes, se quedó esperando que el tío Lloréns pasase para irse con él. Pero no pasó y aquí principia el calvario de Matietes, al que angustia esta inopinada orfandad.
Al primero que pregunta es al médico, el cual se empeña en que Tabalet vaya a la escuela y estudie y así pueda convertirse incluso en canónigo, cosa que no interesa en absoluto al chiquillo.
Luego una mujer le dice que el tío Lloréns se fue a regar los alcachofares de madrugada.
Matietes decide entonces salir en su busca.
Por el camino pregunta a un pordiosero que ni siquiera le responde.
“Se marchó la mañana del barranco quedándose en una sombra azul. Matietes arrancaba juncos, mordía el meollo blanco y dulce, caminaba y se paraba… […]
Y se puso a gritar:
-¡Tío Lloréns! ¡Tío Llorens!
Estuvo aguardando porque venía una tonada. Tío Lloréns le tendía con la dulzaina una mano que le guiase.
Muy alta, cruzó una hilera de cabras con el zagal que tocaba el flubiol.
-¡Tío Lloréns!
Otra vez la sierra toda callada, sin nadie.
Tabalet se encaramó por un ribazo para subir a la claridad. Allí encima, ¡cuánto cielo! Y brincaba de un lado a otro como un chivo despavorido.
Le alcanzó un pinar. Le alcanzó la noche. Tabalet, todo replegado, con la nuca sudada, no hacía más que decir:
-¡Tío Lloréns…tío Lloréns! –tan despacito entre sus mellas que ni él mismo lo sentiría”.
Tabalet (I)
diciembre 7, 2011 por Antonio Pavón Leal
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