I
El patito feo llega a la casa de una vieja que vive con un gato y una gallina, cada uno de los cuales es experto en un arte. El felino, que se llama Minet, entre otras habilidades, sabe arquear el lomo. El ave, a la que llaman Patas-Cortas porque es achaparrada, pone unos huevos estupendos. La vieja quiere al primero como si fuera su nieto, y a la segunda como si fuera su hija. Ambos gozan de una posición privilegiada y están muy celosos de sus prerrogativas.
Por eso, cuando descubrieron al patito, se pusieron a gruñir y a cloquear respectivamente. La vieja, sin embargo, se puso contenta, pues, debido a que era corta de vista, confundió al pato con una pata, la cual podía darle huevos. Por supuesto, cabía la posibilidad de que fuese un pato. Pero la vieja estaba dispuesta a conceder una oportunidad al recién llegado.
El problema se plantea cuando, pasadas tres semanas, el patito no responde a las expectativas depositadas en él.
Los encargados de ajustarle las cuentas serán Minet y Patas-Cortas, tan imbuidos de su importancia que tienen por costumbre decir: “Nosotros y el mundo”, considerando que ellos constituyen no sólo la mitad del mundo sino la mejor de las dos partes.
Patas-Cortas, que es quien ejerce de severo juez, le recordará al patito cuál es su lugar en la casa. Su argumentación es irrefutable. Le pregunta: “¿Sabes poner huevos?”. Y Minet, en la misma línea, remacha: “¿Sabes arquear el lomo?”.
El patito debe reconocer que no sabe hacer ni una cosa ni otra. El sumario queda listo. Tras haberse demostrado las graves insuficiencias del encausado, se dicta sentencia. “Ten la bondad de callarte” dice Patas-Cortas. “No tienes derecho a hablar” decreta Minet.
El patito feo – Exégesis de un pasaje (I)
enero 10, 2012 por Antonio Pavón Leal
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