
Miss Dickinson nos dejó por iniciativa propia. Con su brutal sinceridad comunicó que se podía prescindir de sus servicios.
No hubo peros por parte de mamá. Ambas mujeres se profesaban una aversión mutua.
La institutriz británica, cuya sequedad e inflexibilidad no suscitaban la simpatía, no sólo se negaba a secundar los proyectos de la señora, sino que no tenía reparo en echar un jarro de agua fría sobre su calenturienta cabeza. Y esto, que mamá no permitía ni a su marido, se lo tenía que consentir a una extraña en virtud de las prerrogativas de su cargo.
Su incompatibilidad se manifestaba a todos los niveles. Miss Dickinson tenía buena figura y vestía con sobriedad. Mamá, metida en carnes, tenía debilidad por los colores vivos y las telas estampadas. Miss Dickinson era la discreción personificada. Mamá era parlanchina y metomentodo. Miss Dickinson era parca en el comer y no tanto en el beber. A mamá le pasaba tres cuartos de lo mismo pero al contrario. Miss Dickinson no se casaba con nadie, pues era una mujer de férreos principios. Nunca averigüé cuáles eran los de mamá, que no perdía la oportunidad de lucirse aunque fuera a costa de incurrir en flagrante contradicción. Estaban hechas para no vivir bajo el mismo techo.
Con su decisión de marcharse, miss Dickinson solventó el problema que mamá tenía planteado, y que era justamente ése: librarse de ella.
Entornando los párpados, mamá soñaba con legiones de institutrices que me enseñarían sus respectivas lenguas. ¿No era su obligación propiciar el desarrollo de mi inteligencia y sacar el máximo partido de mis dones?
In illo tempore (XLV)
febrero 3, 2012 por Antonio Pavón Leal
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