
La casa tenía gruesos muros que no dejaban pasar ni el calor ni el frío, numerosas habitaciones, un soberado por donde se oía corretear a los ratones, un patio y un corral con varias dependencias. Era una casa en la que uno podía perderse fácilmente.
Entre tantos aposentos y rincones, ¿por qué escogí precisamente ése, solado con ladrillos renegridos y cruzado de viejas vigas de madera? Era de dimensiones normales y tenía una ventana pequeña que daba a una calle poco transitada.
Era un lugar tranquilo y penumbroso. La mayor parte del tiempo que permanecía allí, estaba con la luz encendida.
Este cuarto apartado comunicaba con otro más profundo, que no tenía ninguna otra salida.
Oscuro, sin ventilación, con olor a humedad, allí se amontonaban objetos inservibles y muebles desvencijados.
Una cortina separaba el cuarto del trascuarto. Aunque no hubiese corrientes de aire, a veces se movía. Sus pliegues cobraban vida. Una ondulación recorría a la cortina que hacía amago de entreabrirse. Un temblor que me dejaba con el aliento en suspenso y los ojos fijos en la tela de sarga.
Nunca le daba la espalda al trascuarto. Cuando me sentaba a la mesa, situada en el centro de la habitación, la cortina quedaba a mi derecha. Incluso cuando me levantaba para ir a la estantería a coger un libro, o para estirar las piernas, no la perdía de vista.
Una vez me quedé dormido en la butaca. Cuando desperté, había anochecido. Quedé paralizado. La boca del trascuarto se había difuminado. Me vino un olor a moho y a ranciedad. En esa atmósfera enrarecida percibí una amenaza.
Adquirí la costumbre de inspeccionar el trascuarto antes de ponerme a leer o a escribir. Descorría completamente la cortina y entraba, deteniéndome de inmediato a causa del tufo a cerrado.
Cuando mi olfato había asimilado ese olor, efectuaba mi visita a la luz de una linterna.
Años después –yo ya no vivía en la casa-, ese ala fue objeto de una reforma. Cuando me lo comunicaron por teléfono, tomé la decisión de regresar.
Quería ser testigo de cómo destejaban el trascuarto y lo dejaban expuesto a la acción del sol y del viento. Quería contemplar cómo el aire viciado de esa cámara oscura se diluía en el fresco día primaveral.

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Me ha encantado leer esto. Que bien descrito. Fantástico
El relato tiene tres o cuatro vueltas (correcciones). Tal vez he alcanzado el efecto que pretendía. Tal vez tú, como lector, lo has captado a pesar de las insuficiencias. Esta mañana me he levando con este cuento en la cabeza, en concreto con su final, que es donde se la juega un texto tan corto. Merci bien.