
En lugar de venir a recogernos a la puerta del hotel, somos nosotros quienes tenemos que desplazarnos con las maletas y las bolsas hasta el autocar, aparcado en un extremo de la explanada.
Nadie protesta ni pide una explicación. La buena actitud de nuestro grupo es ejemplar.
Rita, desentendiéndose del equipaje, habla con unos y con otros. Creo que ya conoce a todos los viajeros. Si se lo pidiera, me suministraría abundantes datos sobre cada uno de ellos.
Miro con ojo crítico la gran maleta roja que ella ha hecho a toda prisa. Remeto el pico de una prenda que sobresale, y aprieto las correas que están flojas.
Los turistas se dirigen al autocar. Aunque no la veo, supongo que Rita va con ellos. El caso es que me ha dejado con la maleta, la bolsa y el neceser. No me muevo. ¿Acaso piensa que soy su mozo de cuerda?
Observo cómo los viajeros entran y se acomodan en el vehículo, que ya está en marcha. Cuando sube el último, cierra sus puertas y se aleja primero lentamente, luego a una velocidad cada vez mayor hasta perderse de vista.
¿Qué hago aquí, en este lugar del que no recuerdo ni el nombre? Sólo sé que está cerca de la frontera boliviana. Eso y que me he quedado en tierra.
Mi padre tenía también una habilidad especial para perderse. Hace años que no tengo noticias suyas. Su última carta fue enviada desde este confín del mundo.
Tras esperar un rato, llamo a un taxi que me lleva a la estación donde cojo un autobús.
Mientras contemplo el páramo desolado, empiezo a entrever la razón de este disparatado viaje, que no es el ansia de pintoresquismo de Rita por quien suponía me había dejado arrastrar.
Estoy seguro de que mi padre no tiene oficio ni domicilio fijos. Lo más probable es que viva dando tumbos. No me extrañaría que sus actividades rozasen lo delictivo, que a veces tuviese que huir o esconderse, en el caso de que los años le permitan ese ajetreo.
Decido iniciar mis pesquisas recorriendo tabernas y garitos. Allí donde disponga de una oreja condescendiente, puedo encontrarlo desgranando sus infinitas historias.
Me bajo en la primera parada, sin preocuparme del equipaje que es un estorbo.
En este pueblo tendré que pasar la noche.
Callejeando llego a una plaza cuyos soportales están divididos en pulcros habitáculos. Las camas están hechas con esmero y las escasas pertenencias de sus ocupantes están ordenadas.
En cuanto a los niños, guardan una curiosa compostura. No gritan ni corren. No arman jaleo. Algunos están recostados en los pilares. Otros están de pie en mitad de la plaza. Tranquilos y callados. Esperando la hora de irse a dormir.

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