No son altos. Metro y medio tal vez. Bajo su abundante pelaje pardo se adivina su robustez. Incluso de lejos, mientras pastan sosegadamente ajenos al peligro, el rasgo más llamativo es su vigorosa constitución.
Algunos tienen bandas oscuras que les recorren el lomo. Otros tienen las patas negras. Todos lucen crines tupidas que el viento agita o que ellos sacuden ufanos.
El Chamán los llama caballos esteparios. En las reuniones nocturnas cuenta que sus ancestros vinieron de una lejana región oriental. Esta emigración se produjo hace mucho tiempo.
La manada se componía de unos treinta ejemplares, sin contar los potrillos que siguen dóciles a sus madres.
Los caballos salvajes son veloces. Pero lo que los convierte en una presa difícil de apresar es su extraordinaria resistencia.
Pueden correr kilómetros y kilómetros sin dar muestras de cansancio. Cuando por fin se detienen, dan un par de resoplidos y se abanican con su larga cola.
La tropilla estaba dirigida por un semental corpulento que se mantenía vigilante. Tenía la cabeza alta. De vez en cuando miraba a sus congéneres que la tenían hundida en la hierba.
El semental era nuestro principal objetivo. Se le veía arrogante, consciente de su poder. Un relincho confirmó esta impresión. Cuando lo oyeron, los otros caballos dejaron de comer y lo miraron.
Los caballos y los grillos (II)
junio 20, 2012 por Antonio Pavón Leal
Deja un comentario