El Jefe estaba en la cabaña. Me quedé en la puerta.
El Chamán es robusto y achaparrado, de hombros anchos y manos grandes. Como cualquier otro habitante de la aldea.
Pero hay algo que lo singulariza, algo que descubre su verdadera naturaleza incluso al más lerdo: sus ojos celestes que, dependiendo de la luz, cambian de color y adoptan un tono verdoso.
Me pidió que me sentase en una esterilla, y que me descalzase. Luego se arrodilló y examinó la planta de mi pie derecho, en la que sobresalían esos dos botones negros y ovalados.
El Jefe dijo:
-Parecen dos insectos.
Como le gusta hablar, siguió explicando que él veía una cabeza gorda y un cuerpo alargado.
El Chamán no replicó nada, pero observé un leve cambio de expresión. Una fugaz culebrilla le cruzó la cara.
Cogió su cuchillo, introdujo la punta en el borde de una de las excrecencias y la sacó limpiamente. Luego hizo lo mismo con la otra.
Nos las mostró. Tenían, en efecto, cierta semejanza con un insecto cuyas alas estuviesen pegadas al cuerpo.
El Chamán las arrojó al fuego donde se consumieron sin ruido. El Jefe hizo un comentario jocoso.
Yo contemplaba los huecos que habían quedado en mi pie. No me sangraban ni me dolían. Me preguntaba si podría andar normalmente.
El Chamán me tranquilizó con un gesto de la mano.
Los caballos y los grillos (IV)
junio 22, 2012 por Antonio Pavón Leal
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