Nos pusimos en marcha antes de que amaneciera, cuando todavía los caballos no han salido de los marjales donde pasan la noche.
Con los primeros rayos del sol, abandonan las tierras anegadas, al este de la llanura, junto al gran río, y se dirigen a los pastizales.
Avanzaban las tropillas encabezadas cada una de ellas por un semental. Dejamos que se desperdigasen.
La manada elegida estaba compuesta por unos treinta animales, sin contar los potrillos.
Los fuimos cercando sigilosamente. De vez en cuando soplaba una brisa racheada que podía crearnos problemas.
Nos habíamos repartido en dos alas que debían unirse en una sola línea con el objeto de cortar la retirada a los caballos. Había que impedir que regresasen a los marjales, en cuyo caso la expedición habría fracasado.
El semental advirtió algo extraño y empezó a dar zapatazos. Los golpes en el suelo alertaron a sus congéneres, que dejaron de comer.
Detuvimos el avance y nos agazapamos entre las gramíneas o nos escondimos tras los escasos arbustos de la llanura.
Se produjo una escapada. Los machos iban los primeros, seguidos de las yeguas flanqueadas de los potros.
Tras una carrera no demasiado larga, el semental se alzó de manos y detuvo la huida. Luego dio un par de coces. Lo mismo hicieron otros caballos, que se pusieron también a relinchar.
Nosotros no podíamos ser la causa de ese comportamiento. Miramos a nuestro alrededor y descubrimos que no éramos los únicos perseguidores.
Los caballos y los grillos (V)
junio 26, 2012 por Antonio Pavón Leal
Deja un comentario