¿Cómo no nos habíamos percatado de su presencia? Eran unos grillos cabezones, negros como el azabache. Se apreciaba en su actitud una íntima satisfacción, como si nuestra perplejidad les resultase divertida.
Si los espantábamos, se alejaban, pero regresaban en cuanto les dábamos la espalda. De vez en cuando, discretamente, rechinaban un poco, lo justo para comunicarse.
Sabíamos que en los marjales había colonias de grillos. Pero éstos eran más pequeños y no abandonaban nunca los lodazales donde vivían.
Estábamos desconcertados. Tras unos momentos de vacilación, reanudamos la captura de los caballos.
En nuestra tarea de encaminarlos a la aldea, contamos con la ayuda de los grillos que, con sus saltos y sus chirridos, contribuyeron al éxito de la empresa.
Apresamos a toda la manada. Los viejos, las mujeres y los niños acudieron en tropel a los corrales. Querían ver a las yeguas y a los potrillos que, asustados, no se separaban de sus madres.
Pero la estrella fue el semental que, encolerizado, piafaba y bufaba sin parar.
Los caballos y los grillos (VI)
junio 27, 2012 por Antonio Pavón Leal
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