Nos felicitaron por nuestro éxito del que podíamos sentirnos orgullosos, aunque totalmente no lo estábamos.
No podíamos negar la indeseada ayuda que habíamos recibido. Los grillos nos habían humillado.
Esto, con ser malo, no fue lo peor. Esos bichos se quedaron a vivir en la aldea y bien que se hacían notar frotando sus patas contra sus alas.
Chirriaban día y noche. Su incesante estridor se metía en la cabeza. Llegaba un momento en que eras incapaz de distinguir si su origen estaba dentro o fuera de ella.
El silencio quedó desterrado desde la llegada de esos cabezones que, en una disparatada competición, se ponían a cantar todos a la vez.
Los intentos de atraparlos eran inútiles. En cuanto percibían una amenaza, se callaban y se escondían. Descubrimos que eran muy hábiles excavando galerías subterráneas, en las que empezaron a reproducirse.
El insomnio se extendió como una epidemia. Los tapones en los oídos no impedían que siguiésemos oyendo el chirrido de los grillos. Si conseguíamos adormilarnos, nos despertábamos sobresaltados y de mal humor. Como ese sonido metálico daba dentera, algunos vecinos dejaron de hablar e incluso de comer por estar mordiendo continuamente un pedazo de madera.
Los caballos y los grillos (VII)
junio 28, 2012 por Antonio Pavón Leal
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