Empecé a preocuparme. Corrió la voz de que había que encontrar al responsable de esta calamidad, al culpable de que sobre la aldea se hubiese abatido esta desgracia.
La gente explotaba por cualquier motivo. También los caballos tenían los nervios a flor de piel y se peleaban sin razón aparente. Hombres y bestias estaban volviéndose locos.
Los primeros estaban siendo atacados por una peculiar forma de demencia. Iban con un freno en la boca, como si estuvieran a punto de desmandarse. Era una imagen penosa que no tenía nada de cómica.
Sus miradas no presagiaban nada bueno. Se daban cuenta de que yo no había sucumbido a ese concierto infernal, y se preguntaban por qué.
Sufrían vértigos espantosos que los dejaban exhaustos y empapados de sudor. Contaban que los árboles, las cabañas, los animales se deshacían en líneas sinuosas que se multiplicaban hasta el infinito, o bien disminuían de tamaño hasta ser engullidos por ellos mismos.
Vivían en una realidad distorsionada. Mi miedo era cada vez mayor. Yo no podía hacer nada por ayudarlos. Estaba seguro de que, si no me linchaban antes, acabaría siendo el único habitante cuerdo de la aldea.
Los caballos y los grillos (y VIII)
junio 29, 2012 por Antonio Pavón Leal
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