Tamiza el visillo
la luz de la tarde,
destila la estancia,
de estío, el sopor.
En coqueto vaso
que dejó el acaso
en una repisa
del aparador,
cortada, caída,
dormita la flor.
En una butaca,
la niña, tendida,
gentil, presumida,
que guarda en el seno
secretos de amor,
la mira aburrida
y lleva, perdida,
la mente a su amor.
Frente a la butaca,
pintado en un lienzo,
arcaico, elegante,
se planta un señor
que luce un bigote
y lleva una espada
caída, arrastrada,
y mira, sonriente
y un poco cargante,
a la bella niña
que sigue caída,
preciosa, indolente
y casi dormida
sobre el butacón.
En la mesa, el gato
de pelo sedoso
y mover unduoso,
con un cascabel
y un lazo de raso
que le da calor,
entorna los ojos
y mira al señor
que mira a la niña,
que mira a la flor,
que, blanda, declina
en el bello vaso,
sobre la repisa
del aparador.

Te agradezco mucho, Antonio, que hayas incluido este poema en tu blog. Mil gracias.
No hay de qué, Carlos. Para mí ha sido un honor enriquecer este blog con esta «Estampa de estío» tan rítmica y tan visual. Saludos cordiales.
Muy bonito el poema, tan rítmico y tan fácil de seguir en la mente…
No sería difícil pintar el cuadro 🙂
No, basta ir leyendo el poema para recrear visualmente esta estampa veraniega.