Una mañana se levantó, pagó la cuenta del hotel y se fue con su bolsa parecida a la de un deportista. Viajaba con poco equipaje, el imprescindible, para no llamar la atención y para moverse con libertad.
Se dirigió a la estación no como un turista que va de excursión, sino como alguien que regresa a su pueblo.
Descartada Lisboa, que era, según pensaba, el motivo de este viaje, buscó una explicación a su deseo de volver a Portugal pero no encontró ninguna.
En el autobús, mirando el paisaje otoñal, recordó que Norinaga, su amigo japonés, cifraba la belleza en la contemplación de los cerezos en flor durante el equinoccio de primavera. Empezaba a intuir que ese espectáculo natural del que Norinaga se hacía lenguas, tenía además una dimensión trascendente.
Ésta y otras ideas semejantes, como pájaros que se divierten entrando y saliendo de la copa de un árbol, ocupaban su mente mientras el vehículo avanzaba por la carretera.
Sintió un regocijo íntimo cuando vio las casas blancas de la población costera. El autobús entró por una avenida a cuya izquierda se extendía la playa de arena fina.
Se alojó en un hotel de la rúa do Salitre. Tras dejar la bolsa en la habitación, salió y atravesó el barrio de los pescadores, regresando a la avenida abierta al mar, al final de la cual se hallaba la parte alta de la ciudad.
Allí estaba, se dijo, otra vez. En el punto de partida. Listo para hacer el mismo trayecto. Hasta aquí lo había traído su ignorada querencia.
Sus amigos se habían ido de compras o se habían sentado en la terraza de un bar. Él había preferido dar un paseo solo.
Estaba entonces en los inicios de su carrera, pletórico de ilusiones. No le había ido mal en la vida. Profesional y socialmente hablando había conseguido lo que se había propuesto. Incluyendo los reveses, no tenía motivos de queja.
Haciendo esto sucinto balance llegó al funicular.

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