1
Sobre tu inquieto espíritu planea la pregunta
como un ave rapaz en busca de su presa,
la pregunta que nunca harías en voz alta.
2
Sentado en la terraza de aquel bar de Algeciras,
al borde del estrecho, más cansado que hambriento,
pediste de comer y mientras esperabas,
descubriste allí cerca una mirada limpia.
Rebulliste en la silla como si un calambrazo
te hubiese sacudido.
Había mucha gente. Se escuchó la sirena
de un barco que partía. Luego se hizo un silencio
sin resquicios, perfecto. Una luz diamantina
brotó de alguna parte inundándolo todo.
El tiempo se detuvo.
Entonces era joven, o sea impresionable.
Esas cosas ocurren por obra del azar,
me dices entre dientes.
3
Otra vez, en la sierra, emprendiste el ascenso
de uno de aquellos montes. Aunque no estabas solo,
te sentías así. Era una soledad
interna, inexplicable.
La subida era dura pues no había senderos.
Hubo que abrirse paso por entre los jarales,
por entre las aulagas, hasta alcanzar la cumbre.
¿Para qué ese trabajo?
Y como por encanto surgió dentro de ti
una angustia mortal. Sentiste que la muerte
alargaba su mano en busca de la tuya.
Los pájaros y el viento dejaron de agitarse.
El río en el barranco era una cinta inmóvil.
El tiempo se detuvo.
Entonces era joven. Eso que me has contado
no es nada, son recuerdos.

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Pues este joven.. no debería dejar preguntas sin hacer! Qué bonita sensación esa luz y la mirada limpia..y qué pena que dejase de escuchar los pájaros. Cuántas veces dejamos de vivir el momento presente porque nos atrapan nuestros pensamientos. Seguro que había un ruiseñor cantando!
A veces no nos atrevemos a hacernos una pregunta. Otras tememos respondernos. Lo más frecuente es hacer lo que el joven del poema: negar, quitar importancia, infravalorar experiencias realmente bellas o realmente penosas pero que, tanto en un caso como en otro, nos ponen en contacto con lo que hay de más auténtico dentro de nosotros. Y quién sabe si también fuera.
Gracias y ¡no dejes de oír el canto del ruiseñor!