Arrastrando los pies, las manos a la espalda,
abriéndome un camino entre la multitud
que lo invadía todo, tratando de no hacerme
la obstinada pregunta que surgía en mi mente,
pues me habría abatido definitivamente
bajo la luz de neón descarnada, inclemente,
que teñía los rostros de un tinte cadavérico,
arrastrando los pies, cansino, resignado,
por entre tantas calles repletas de productos
que llegan hasta el techo, que a los ojos se ofrecen
seductores, mimosos, con música de fondo
interrumpida a veces por una bien timbrada
voz que te recomienda, te informa, te sugiere,
en este paraíso del consumo a destajo,
donde lo artificial, lo engañoso, lo falso
dominan por doquier, entre grandes ofertas,
compre dos lleve tres, estamos liquidando,
entre tantos montones de cosas tentadoras,
de carros rebosantes, de flamantes artículos,
de gente presurosa, de apelotonamientos,
de gente cachazuda con los carros vacíos,
de cajeras cansadas con ganas de acabar,
sin saber lo que hacer ni hacia dónde mirar,
abandonado ya a mi destino cruel,
me dirijo mareado hacia un rincón tranquilo
dentro de lo que cabe, y mis ojos se posan
con incredulidad en una rosa enana,
en una rosa roja de delicados pétalos,
en una cosa viva, perfectamente hermosa,
no sé de qué me asombro puesto que así es la rosa.

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Lo verdaderamente valioso está en lo no resplandeciente, o en aquello que sin querer destacar brilla por sí mismo, de manera natural y espontánea…las aparentes luminosidades son engañosas, aunque la mayor parte del ser humano se deja cegar por ellas. Tanto materialismo aburre, falto de vida…normal que una flor viva nos asombre…vemos Vida en la Vida.
Tus palabras me han recordado el lenguaje del Tao Te King, de esa corriente filosófica representada por el taoísmo, donde se cultiva la paradoja, donde se recomienda el no actuar («wu wei») como modo de obrar. La inacción como modo de acción.
Desde luego, la sociedad de consumo, con sus relumbrones y grandes ofertas, es engañosa. No lo digo como crítica acerba sino como simple constatación. En efecto, nos dejamos encandilar y cegar. Entonces puede ocurrir que el descubrimiento de una sencilla flor nos asombre.
Esa sencilla flor tiene, por cierto, el poder de rescatar al pobre consumidor perdido en las calles de un hipermercado. Una rosa enana en una maceta.