Me detengo ante los escaparates y miro con ternura las corbatas y las chaquetas. Alguien me ha hablado de las cartas astrales. Conseguir la dirección de un astrólogo. El mandato de las estrellas. Los astros eternos siempre tendrán razón. Rezar al Sol Naciente. ¡Oh Padre Sol! Con probar nada se pierde. Conocerme a mí mismo a través de los horóscopos, de las traslaciones de luz, de las figuras celestes. Estudiar astrología. Y matemáticas. Y astronomía. Y las tablas alfonsinas. Oiga, señora, ¿es usted Aries, Virgo…? La verdad es que usted tiene cara de Capricornio. Me observa como a un bicho raro. No, no es una encuesta. Ni tampoco es para ningún estúpido programa de la televisión. Acelera el paso. Se escapa. Allá veo a otra mujer que se ha parado a la puerta de una joyería. Las piedras preciosas la tientan. Me acerco y le susurro: ¿Entramos? No hace falta insistir demasiado. Por favor, le digo al empleado, enséñenos los zafiros, las esmeraldas, los rubíes orientales, los topacios del Brasil, los granates de Bohemia, el ámbar negro y los ojos de gato y las sanguinarias. Por favor, no olvide los diamantes almendrados. No puedo aceptar, dice con un hilo de voz, falsamente turbada, sin lograr ruborizarse. Se lo suplico, soy tan rico que no sé qué hacer con mi dinero. Comprar un paquete de cigarrillos. Si pudiera hacer un experimento como ése. Sí, no, sí, no… Ese forcejeo. Aquí. No. Hay mucha gente. Más adelante hay otro estanco. Tengo tantas ganas de fumar. Y cerillas. Arrodillarme. Gritar. Periódicos colgados de un cordel, como si estuvieran puestos a secar. Clamar en el desierto. Grandes titulares. A toda plana. Loco de atar. Y una foto en la que aparezco cubriéndome el rostro con las manos. Como un cencerro. ¿Y cómo están ellos? Como una regadera. O todavía mejor: tocado con un sombrero cordobés. O con una boina negra calada hasta las orejas. Con un panamá. Con un salacot. Con un bombín. Con una gorra de fieltro verde con la visera ligeramente levantada.

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¡Magistral texto, Antonio!, tienes una gran capacidad de escribir tan real, tan cercano no sólo los sentimientos sino las escenas, y eso es difícil no lo consiguen muchas personas.
¡Yo diría Antonio que están Todos como una regadera!, la psique de una sociedad locamente sigilosa, grandiosos actores y actrices…y sus grandes pecados…
Gracias, Teresa, por esa capacidad de descripción que me atribuyes, y que abarca desde los sentimientos a las escenas callejeras.
En este fragmento del final de In Illo Tempore, el protagonista pasea y entremezcla la realidad y sus fabulaciones. Lo que anda buscando es un estanco donde comprar cigarrillos. Mientras tanto desvaría.
No sólo él sino todos estamos un poco tocados.
Y gracias de nuevo por este baile de la lluvia, por esos sonidos susurrantes y tranquilizadores (incluidos los del rayo).
¡Son más fiables las señales del Cielo!
¡ Y yo renuncié al yo de ahora, me desvestí en la máscara hipócrita de la sociedad, y levanté el espíritu al Cielo, descalza y con túnica de Lino, allí acepté la Verdad del Todo, la Reconciliación con el Perdón y la Serenidad del Conocimiento!, y allí Amé…me transfiguré en nueva persona…allí me bauticé.
Al compás de la sonoridad celestial subía descalza las escaleras hacia arriba, me alejé de mí misma para encontrar la otra Vida, la certera, la inefable y bailé en danza de dulzura, cercana al Corazón, porque abajo se siente como arriba.
¡ Y me pregunté quién era yo!, realmente me conocía pero no sabía quien era…¿ no estarán equivocados los ángeles y sus mensajes?, en qué tiempo me ubico…son lazos perdidos suspendidos en el Firmamento, ¿ para ser reencontrados de nuevo y entrelazar…pero qué?.
¿Qué secreto guarda el Destino o la Vida?, parece pregunta con respuesta lejana…el cerca y el lejos al mismo tiempo…es como tener una puerta delante nuestra que tenemos que abrir y no conocemos el lugar dónde se encuentra la llave, y si la encuentro hacía dónde giro la llave…los interrogantes que claman para ser respondidos…son exigentes, apresurados y elevados…son personajes que nos turban…
Poéticas y profundas reflexiones de un alma que se desnuda y expone sus verdades.
Y que plantea preguntas de difícil respuesta, o incluso que no la tienen.
Quizá lo importante sea tan sólo planteárselas, como tú haces en estos textos encadenados.
Feliz velada dominical.