I
Se casó con un cantante desharrapado porque, haciendo un mal cálculo, pensó que iba a convertirse en una gran estrella del rock. Pero el cantante en lo único que destacó fue en su mal gusto indumentario, siendo éste un aspecto de su personalidad que ella sobrellevaba a duras penas.
Al chico le gustaba llevar gorros de lana incluso cuando hacía buen tiempo, camisas de franela a cuadros y, por supuesto, vaqueros desgarrados, deshilachados, remendados y descoloridos.
Por todo eso habría pasado ella, no sin chistar porque su carácter le impedía morderse la lengua, si él hubiese tenido éxito. Cuando tuvo que rendirse a la evidencia de que el supuesto crack era un bluf, no se la llevaron los demonios de milagro. Puso pies en pared y dijo hasta aquí hemos llegado. Tú por tu lado y yo por el mío.
Una vez libre, empezó a brujulear, que era una actividad para la que estaba excelentemente dotada. Poseía buenos radares, suficiente encanto personal y era de verbo fácil y envolvente. Sabía bailar el agua y camelar con arte. Con estas buenas cualidades e impulsada por su ambición, podía conseguir un partido en consonancia con sus aspiraciones, un partido que la colocase en el sitio que le correspondía, que no era el de groupie precisamente. Ella no había nacido para ir a remolque de un telonero sino para brillar en sociedad.
Ella era una mujer elegante, con clase y con cultura. Y como también era lista encontró lo que andaba buscando en la persona de un especulador inmobiliario. La horma en cuestión no se ajustaba exactamente a su zapato. Pero se dijo: “Nobody is perfect” y siguió adelante.
No le gustaba su forma de vestir, aunque ésta nada tuviera que ver con la de su primer marido. Se podría decir que era la versión opuesta, su contrarréplica. Otro caso de chabacanería más atemperado pero poco. Al menos el cantante tenía cierto aire de espontaneidad que compensaba su look de piojoso.
A su segundo marido le gustaban los trajes de chaquetas cruzadas con seis botones y solapas de pico, confeccionados en telas de ojos de perdiz o príncipe de Gales. La imagen circunspecta y envarada, de forzado empaque, se ajustaba bastante a la de los gánsteres, estatus que más o menos correspondía al suyo. Por supuesto, en lugar de guardar bajo el sobaco una parabellum como Al Capone, su marido llevaba en la mano un attaché-case que, quieras que no, le daba un toque de hombre de negocios e incluso de mundología. Bien es verdad que su impronta de hampón seguía prevaleciendo.
Pero tenía a su favor dos o tres puntos importantes que se podrían resumir en uno solo: estaba forrado. Y ella sabía que, cuando se tiene dinero, el resto viene por añadidura.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported
¡Cuantas «inocentes» con palmito terminan en una u otra versión…,! ya se sabe, si no te mueves, no sales en la foto de la buena sociedad, así que hay que tratar de escalar y escalar hasta conseguir la posición que deseas….¿realmente es eso tan importante? ya, para algunos SI…
Los trepas no son nunca inocentes. Son listos, encantadores cuando les da la gana, ambiciosos, sin escrúpulos, como la protagonista de este relato. Pero cuando uno los cala, lo cual ocurre más pronto que tarde, cuando uno conoce su verdadero rostro, no hay para mi gusto personas menos honestas ni fiables. Si te cruzas en su camino, te utilizarán. Si ya no les sirves o no les interesas, te ningunearán.
Ya…., pero mi «inocente» iba así, con comillas…, jajaja
Bien lo has dicho, cher Antonio. Ante estos personajes, lo mejor es hacer mutis por la izquierda. No aportan nada y sí hacen mucho daño. Son un renglón torcido del género humano… como tantos otros que también hay por ahí. Abrazote, amigo.
De acuerdo contigo. El género humano es variopinto. De todo hay en la viña del Señor (salvo uvas). De este espécimen, como de otros, lo mejor es guardarse porque sólo aportan frustración y malestar. Pero literariamente dan mucho juego 🙂
Un buen relato Antonio. Mirar hacia fuera en lugar de hacia dentro. Al menos a mi parecer, es triste que tu felicidad dependa de cómo estén o sean los demás y de su cartera! Que tengas un buen día.
Sí, hay quien está orientado hacia el exterior (hacia las expectativas sociales, a hacer carrera, a estar en la cresta de la ola, a ser el centro de todas las miradas, a permitirse todos los caprichos, a copar portadas de prensa, a estar lo más arriba posible -de ahí debe de venir el nombre de «arribistas»-, a anteponer su interés en todo momento…) que hacia el interior y las relaciones respetuosas y discretas. Son personas con una fuerte motivación, ansiosas de acumular poder, influencia y riqueza. Con un poco de suerte, alcanzan su objetivo. Puede que a ti o a mi nos resulte incompresible e inaceptable semejante actitud, pero está fuera de duda que en el mundo hay gente así. Un abrazo.
Cómo logras en tan corto texto pintar todo un mundo de personajes jugosos. Al terminar de leer, los sigo imaginando.
Brillar en sociedad con un especulador inmobiliario, jajaja!!!
«Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras» dijo don Quijote.
[…] Entrada original: Retrato de trepa (I). En “El bosque silencioso” […]
Gracias por rebloguear, Lecroix. Buen fin de semana.
Encantado de hacerlo, Antonio. Hoy he leido la segunda parte. Estupenda también.
Reblogueó esto en Ramrock's Blog.