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Archive for the ‘Cuentos’ Category

Nadie quiere ir a ver al Chamán. Su cabaña está cerca de un barranco tan profundo que, si te asomas, ves volar a los pájaros allá abajo.
Primero vamos al Curandero que intenta arreglarlo todo con sus hierbas. También fui a hablar con las parteras, que movieron la cabeza de un lado a otro y cuchichearon entre ellas. No les gustaban esas dos habas negras que tenía en la planta del pie derecho. Tras un intercambio de pareceres, me aconsejaron que las frotase con hiel de oso.
Ningún remedio dio resultado. Yo seguía cojeando. Para andar debía apoyarme en el borde del talón o en la punta del pie. Por orgullo no me servía de un bastón.
Durante la noche soñaba con caballos que, raudos como el viento, cruzaban la llanura. Eran blancos y de gran alzada. Nunca llegué a montar en uno de ellos, pero ese deseo aleteaba en mí.
Me dirigí a la choza del Chamán como quien va a un entierro. Aunque sólo sean ciertas la mitad de las historias que se cuentan de él, son más que suficientes para inspirar temor.
En voz baja se habla de sus viajes al inframundo, de los que vuelve desfallecido y ojeroso. Y más sabio, según dicen.
Nadie duda de su poder. Él no se jacta de ello, pero ni los vivos ni los espíritus de los muertos se atreven a desafiarlo.

 

 

 

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No son altos. Metro y medio tal vez. Bajo su abundante pelaje pardo se adivina su robustez. Incluso de lejos, mientras pastan sosegadamente ajenos al peligro, el rasgo más llamativo es su vigorosa constitución.
Algunos tienen bandas oscuras que les recorren el lomo. Otros tienen las patas negras. Todos lucen crines tupidas que el viento agita o que ellos sacuden ufanos.
El Chamán los llama caballos esteparios. En las reuniones nocturnas cuenta que sus ancestros vinieron de una lejana región oriental. Esta emigración se produjo hace mucho tiempo.
La manada se componía de unos treinta ejemplares, sin contar los potrillos que siguen dóciles a sus madres.
Los caballos salvajes son veloces. Pero lo que los convierte en una presa difícil de apresar es su extraordinaria resistencia.
Pueden correr kilómetros y kilómetros sin dar muestras de cansancio. Cuando por fin se detienen, dan un par de resoplidos y se abanican con su larga cola.
La tropilla estaba dirigida por un semental corpulento que se mantenía vigilante. Tenía la cabeza alta. De vez en cuando miraba a sus congéneres que la tenían hundida en la hierba.
El semental era nuestro principal objetivo. Se le veía arrogante, consciente de su poder. Un relincho confirmó esta impresión. Cuando lo oyeron, los otros caballos dejaron de comer y lo miraron.

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No podía andar bien. Me dolían las piernas y la espalda, sobre todo los hombros. Sabía que el origen de mi mal estaba exactamente en mi pie derecho.
Pero me resistía a ir a ver al Chamán. Ése es siempre el último recurso. Una vez que fui porque cojeaba, como ahora, a causa de unas durezas cruzadas de grietas que me circundaban los calcañares, y que sangraban en cuanto forzaba la marcha, me dijo que tenía talones equinos.
Se estaba organizando una expedición para capturar caballos salvajes y yo quería participar en ella. Pero si no podía correr, me vería obligado a quedarme en la aldea.
Fui a hablar con el Jefe, un hombretón que te mira como si te estuviese tasando. Fue categórico. Si renqueaba, tendría que hacer compañía a las mujeres. Los tullidos son un estorbo, añadió.
– ¿Has ido a ver al Curandero? –preguntó.
Yo asentí.
– ¿Y no te ha solucionado el problema?
Yo negué.
Calló un momento. Observándome de esa forma suya tan molesta, concluyó:
-Pues entonces tendrás que hacerle una visita al Chamán.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
No son altos. Metro y medio tal vez. Bajo su abundante pelaje pardo se adivina su robustez. Incluso de lejos, mientras pastan sosegadamente ajenos al peligro, el rasgo más llamativo es su vigorosa constitución.
Algunos tienen bandas oscuras que les recorren el lomo. Otros tienen las patas negras. Todos lucen crines tupidas que el viento agita o que ellos sacuden ufanos.
El Chamán los llama caballos esteparios. En las reuniones nocturnas cuenta que sus ancestros vinieron de una lejana región oriental. Esta emigración se produjo hace mucho tiempo.
La manada se componía de unos treinta ejemplares, sin contar los potrillos que siguen dóciles a sus madres.
Los caballos salvajes son veloces. Pero lo que los convierte en una presa difícil de apresar es su extraordinaria resistencia.
Pueden correr kilómetros y kilómetros sin dar muestras de cansancio. Cuando por fin se detienen, dan un par de resoplidos y se abanican con su larga cola.
La tropilla estaba dirigida por un semental corpulento que se mantenía vigilante. Tenía la cabeza alta. De vez en cuando miraba a sus congéneres que la tenían hundida en la hierba.
El semental era nuestro principal objetivo. Se le veía arrogante, consciente de su poder. Un relincho confirmó esta impresión. Cuando lo oyeron, los otros caballos dejaron de comer y lo miraron.

III
Nadie quiere ir a ver al Chamán. Su cabaña está cerca de un barranco tan profundo que, si te asomas, ves volar a los pájaros allá abajo.
Primero vamos al Curandero que intenta arreglarlo todo con sus hierbas. También fui a hablar con las parteras, que movieron la cabeza de un lado a otro y cuchichearon entre ellas. No les gustaban esas dos habas negras que tenía en la planta del pie derecho. Tras un intercambio de pareceres, me aconsejaron que las frotase con hiel de oso.
Ningún remedio dio resultado. Yo seguía cojeando. Para andar, debía apoyarme en el borde del talón o en la punta del pie. Por orgullo, no me servía de un bastón.
Durante la noche, soñaba con caballos que, raudos como el viento, cruzaban la llanura. Eran blancos y de gran alzada. Nunca llegué a montar en uno de ellos, pero ese deseo aleteaba en mí.
Me dirigí a la choza del Chamán como quien va a un entierro. Aunque sólo sean ciertas la mitad de las historias que se cuentan de él, son más que suficientes para inspirar temor.
En voz baja se habla de sus viajes al inframundo, de los que vuelve desfallecido y ojeroso. Y más sabio, según dicen.
Nadie duda de su poder. Él no se jacta de ello, pero ni los vivos ni los espíritus de los muertos se atreven a desafiarlo.

IV
El Jefe estaba en la cabaña. Me quedé en la puerta.
El Chamán es robusto y achaparrado, de hombros anchos y manos grandes. Como cualquier otro habitante de la aldea.
Pero hay algo que lo singulariza, algo que descubre su verdadera naturaleza incluso al más lerdo: sus ojos celestes que, dependiendo de la luz, cambian de color y adoptan un tono verdoso.
Me pidió que me sentase en una esterilla, y que me descalzase. Luego se arrodilló y examinó la planta de mi pie derecho, en la que sobresalían esos dos botones negros y ovalados.
El Jefe dijo:
-Parecen dos insectos.
Como le gusta hablar, siguió explicando que él veía una cabeza gorda y un cuerpo alargado.
El Chamán no replicó nada, pero observé un leve cambio de expresión. Una fugaz culebrilla le cruzó la cara.
Cogió su cuchillo, introdujo la punta en el borde de una de las excrecencias y la sacó limpiamente. Luego hizo lo mismo con la otra.
Nos las mostró. Tenían, en efecto, cierta semejanza con un insecto cuyas alas estuviesen pegadas al cuerpo.
El Chamán las arrojó al fuego donde se consumieron sin ruido. El Jefe hizo un comentario jocoso.
Yo contemplaba los huecos que habían quedado en mi pie. No me sangraban ni me dolían. Me preguntaba si podría andar normalmente.
El Chamán me tranquilizó con un gesto de la mano.

V
Nos pusimos en marcha antes de que amaneciera, cuando todavía los caballos no han salido de los marjales donde pasan la noche.
Con los primeros rayos del sol, abandonan las tierras anegadas, al este de la llanura, junto al gran río, y se dirigen a los pastizales.
Avanzaban las tropillas encabezadas cada una de ellas por un semental. Dejamos que se desperdigasen.
La manada elegida estaba compuesta por unos treinta animales, sin contar los potrillos.
Los fuimos cercando sigilosamente. De vez en cuando soplaba una brisa racheada que podía crearnos problemas.
Nos habíamos repartido en dos alas que debían unirse en una sola línea con el objeto de cortar la retirada a los caballos. Había que impedir que regresasen a los marjales, en cuyo caso la expedición habría fracasado.
El semental advirtió algo extraño y empezó a dar zapatazos. Los golpes en el suelo alertaron a sus congéneres, que dejaron de comer.
Detuvimos el avance y nos agazapamos entre las gramíneas o nos escondimos tras los escasos arbustos de la llanura.
Se produjo una escapada. Los machos iban los primeros, seguidos de las yeguas flanqueadas de los potros.
Tras una carrera no demasiado larga, el semental se alzó de manos y detuvo la huida. Luego dio un par de coces. Lo mismo hicieron otros caballos, que se pusieron también a relinchar.
Nosotros no podíamos ser la causa de ese comportamiento. Miramos a nuestro alrededor y descubrimos que no éramos los únicos perseguidores.

VI
¿Cómo no nos habíamos percatado de su presencia? Eran unos grillos cabezones, negros como el azabache. Se apreciaba en su actitud una íntima satisfacción, como si nuestra perplejidad les resultase divertida.
Si los espantábamos, se alejaban, pero regresaban en cuanto les dábamos la espalda. De vez en cuando, discretamente, rechinaban un poco, lo justo para comunicarse.
Sabíamos que en los marjales había colonias de grillos. Pero éstos eran más pequeños y no abandonaban nunca los lodazales donde vivían.
Estábamos desconcertados. Tras unos momentos de vacilación, reanudamos la captura de los caballos.
En nuestra tarea de encaminarlos a la aldea, contamos con la ayuda de los grillos que, con sus saltos y sus chirridos, contribuyeron al éxito de la empresa.
Apresamos a toda la manada. Los viejos, las mujeres y los niños acudieron en tropel a los corrales. Querían ver a las yeguas y a los potrillos que, asustados, no se separaban de sus madres.
Pero la estrella fue el semental que, encolerizado, piafaba y bufaba sin parar.

VII
Nos felicitaron por nuestro éxito del que podíamos sentirnos orgullosos, aunque totalmente no lo estábamos.
No podíamos negar la indeseada ayuda que habíamos recibido. Los grillos nos habían humillado.
Esto, con ser malo, no fue lo peor. Esos bichos se quedaron a vivir en la aldea y bien que se hacían notar frotando sus patas contra sus alas.
Chirriaban día y noche. Su incesante estridor se metía en la cabeza. Llegaba un momento en que eras incapaz de distinguir si su origen estaba dentro o fuera de ella.
El silencio quedó desterrado desde la llegada de esos cabezones que, en una disparatada competición, se ponían a cantar todos a la vez.
Los intentos de atraparlos eran inútiles. En cuanto percibían una amenaza, se callaban y se escondían. Descubrimos que eran muy hábiles excavando galerías subterráneas, en las que empezaron a reproducirse.
El insomnio se extendió como una epidemia. Los tapones en los oídos no impedían que siguiésemos oyendo el chirrido de los grillos. Si conseguíamos adormilarnos, nos despertábamos sobresaltados y de mal humor. Como ese sonido metálico daba dentera, algunos vecinos dejaron de hablar e incluso de comer por estar mordiendo continuamente un pedazo de madera.

VIII
Empecé a preocuparme. Corrió la voz de que había que encontrar al responsable de esta calamidad, al culpable de que sobre la aldea se hubiese abatido esta desgracia.
La gente explotaba por cualquier motivo. También los caballos tenían los nervios a flor de piel y se peleaban sin razón aparente. Hombres y bestias estaban volviéndose locos.
Los primeros estaban siendo atacados por una peculiar forma de demencia. Iban con un freno en la boca, como si estuvieran a punto de desmandarse. Era una imagen penosa que no tenía nada de cómica.
Sus miradas no presagiaban nada bueno. Se daban cuenta de que yo no había sucumbido a ese concierto infernal, y se preguntaban por qué.
Sufrían vértigos espantosos que los dejaban exhaustos y empapados de sudor. Contaban que los árboles, las cabañas, los animales se deshacían en líneas sinuosas que se multiplicaban hasta el infinito, o bien disminuían de tamaño hasta ser engullidos por ellos mismos.
Vivían en una realidad distorsionada. Mi miedo era cada vez mayor. Yo no podía hacer nada por ayudarlos. Estaba seguro de que, si no me linchaban antes, acabaría siendo el único habitante cuerdo de la aldea.

 

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1
Estaba tirado en el suelo, en mitad de la calle, mascullando palabras ininteligibles. No podía levantarse. Se lamentaba mirando a su alrededor en busca de ayuda. Ni siquiera tenía fuerzas para arrastrarse y ponerse a un lado.
Era bastante tarde. En otras ocasiones lo había visto dando tumbos, pero no en un estado tan lastimoso como el de ahora.
Sus ojos suplicantes me produjeron un rechazo brutal. Extendió un brazo hacia mí. Haciendo un gran esfuerzo intentó hablar, pero de su garganta sólo salió un ronquido. Como el estertor de un moribundo.
Entendí una palabra. Dijo: “Muchacho”, que repitió mientras yo me alejaba.
2
Este hombre se llama Boris y vive solo, no lejos del lugar donde lo encontré.
Como el buen samaritano, podía haberlo ayudado a levantarse y haberlo llevado a su casa. Incluso haberlo echado en la cama para que durmiera la mona.
Pero pasé de largo. Boris es un desecho social. Por nada del mundo le hubiese tocado.
Hostigado por los gimoteos de ese solterón alcoholizado con una perenne colilla entre los labios, seguí mi camino más de prisa.
3
Este incidente sepultado en el olvido resurgió de forma imprevista.
Estábamos bebiendo ginebra y hablando de la claridad existencial. Tengo poco aguante y, además, no había comido. El espirituoso se me subió rápido a la cabeza. Me puse pesado. Me sentía infeliz. Nunca alcanzaría la meta que me había propuesto en la vida. Nunca mis sueños se harían realidad.
Mi amigo Carlos escuchaba pacientemente. Cuando metía baza, era para tratar de rebatir mis argumentos.
Sin proponérmelo, pillé una buena cogorza. Al andar me iba de un lado para otro. En uno de esos bandazos no di con mis huesos en tierra porque Carlos, cogiéndome por un brazo, lo impidió.
Mi reacción fue instantánea: me solté de un tirón y lo miré de hito en hito.
4
Apoyado en la pared, logro mantener el equilibrio.
Cuando extendió de nuevo sus brazos para ayudarme, mi cólera se convirtió en agresividad.
Que no se atreviese a tocarme. Que no se acercase a mí.
No había dado más de tres o cuatro zancadas cuando tropecé con el bordillo de la acera y pegué un batacazo.
Me incorporé lo más rápidamente que pude, pero ponerme en pie estaba por encima de mis posibilidades.
Arrastrándome llegué hasta la pared cercana, en donde me recosté.
No sé cuánto tiempo permanecí allí. Era bastante tarde. Lo último que recuerdo es una arcada y la vomitona.

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Rufo Fernández llegó a Argentina hace muchos años. De mediana edad, amable y servicial, este asturiano soporta las bromas sobre su soltería con buen humor, consciente de su improbable cambio de estado civil.
El panorama es magnífico. El mar encrespado y gris se extiende ante Rufo. Por encima de su cabeza, los nubarrones parecen otro mar igualmente gris. El restallar de las olas se mezcla con los gritos de las aves marinas.
En la playa, las gramíneas se doblan y se enderezan sin descanso. Detrás de las dunas están las casas de madera.
Cuando los Leyva lo invitaron a pasar unos días en el sur, no lo dudó un momento. Era un viaje largo, pero valía la pena. Sentía una atracción inexplicable por esa región meridional. “Un sur que para mí es un norte” se decía.
Había hecho el trayecto en avión desde Buenos Aires con unos amigos de los Leyva, que tenían también una casa de madera en esa remota región, adonde iban en cuanto podían permitírselo.
A Rufo le resulta difícil comprender que una pareja tan habladora y extrovertida como los Falcón se refugie en este lugar, al que le cuadran muchos adjetivos, pero no el de turístico.
Se vuelve y contempla a los dos matrimonios. A su lado, sobre unas trébedes, hay un caldero en el que se hace un guiso de pescado. Las llamas del fuego y los largos tallos de las gramíneas bailan al unísono.
Mónica Leyva mira cómo burbujea la bullabesa, aspira su aroma y hace un comentario.
Rufo se acerca al grupo y dice: “Sólo pensáis en comer”. Él aprecia la buena mesa, pero hoy no para de dar vueltas a un asunto.
Tiene noticia de una playa donde vive una colonia de pájaros bobos.
Los Leyva y los Falcón lo escuchan y, aunque no comparten su interés, acceden a hacer la excursión.
Hay pájaros bobos por todos sitios. Con sus largos y afilados picos. Moviendo la cabeza a un lado y a otro.
Rufo es el único que se adentra en esa aglomeración de aves. Va de aquí para allá hasta que se pierde detrás de un montón de rocas.
Y ahí está, al socaire. Con sus ojos redondos en su cara redonda. Con su nariz pequeña y ganchuda. Con el firme trazo de sus labios apretados. Erguido e inmóvil. Sin parpadear. Con un cuervo de brillante plumaje en las manos.

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En lugar de venir a recogernos a la puerta del hotel, somos nosotros quienes tenemos que desplazarnos con las maletas y las bolsas hasta el autocar, aparcado en un extremo de la explanada.
Nadie protesta ni pide una explicación. La buena actitud de nuestro grupo es ejemplar.
Rita, desentendiéndose del equipaje, habla con unos y con otros. Creo que ya conoce a todos los viajeros. Si se lo pidiera, me suministraría abundantes datos sobre cada uno de ellos.
Miro con ojo crítico la gran maleta roja que ella ha hecho a toda prisa. Remeto el pico de una prenda que sobresale, y aprieto las correas que están flojas.
Los turistas se dirigen al autocar. Aunque no la veo, supongo que Rita va con ellos. El caso es que me ha dejado con la maleta, la bolsa y el neceser. No me muevo. ¿Acaso piensa que soy su mozo de cuerda?
Observo cómo los viajeros entran y se acomodan en el vehículo, que ya está en marcha. Cuando sube el último, cierra sus puertas y se aleja primero lentamente, luego a una velocidad cada vez mayor hasta perderse de vista.
¿Qué hago aquí, en este lugar del que no recuerdo ni el nombre? Sólo sé que está cerca de la frontera boliviana. Eso y que me he quedado en tierra.
Mi padre tenía también una habilidad especial para perderse. Hace años que no tengo noticias suyas. Su última carta fue enviada desde este confín del mundo.
Tras esperar un rato, llamo a un taxi que me lleva a la estación donde cojo un autobús.
Mientras contemplo el páramo desolado, empiezo a entrever la razón de este disparatado viaje, que no es el ansia de pintoresquismo de Rita por quien suponía me había dejado arrastrar.
Estoy seguro de que mi padre no tiene oficio ni domicilio fijos. Lo más probable es que viva dando tumbos. No me extrañaría que sus actividades rozasen lo delictivo, que a veces tuviese que huir o esconderse, en el caso de que los años le permitan ese ajetreo.
Decido iniciar mis pesquisas recorriendo tabernas y garitos. Allí donde disponga de una oreja condescendiente, puedo encontrarlo desgranando sus infinitas historias.
Me bajo en la primera parada, sin preocuparme del equipaje que es un estorbo.
En este pueblo tendré que pasar la noche.
Callejeando llego a una plaza cuyos soportales están divididos en pulcros habitáculos. Las camas están hechas con esmero y las escasas pertenencias de sus ocupantes están ordenadas.
En cuanto a los niños, guardan una curiosa compostura. No gritan ni corren. No arman jaleo. Algunos están recostados en los pilares. Otros están de pie en mitad de la plaza. Tranquilos y callados. Esperando la hora de irse a dormir.

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La casa tenía gruesos muros que no dejaban pasar ni el calor ni el frío, numerosas habitaciones, un soberado por donde se oía corretear a los ratones, un patio y un corral con varias dependencias. Era una casa en la que uno podía perderse fácilmente.
Entre tantos aposentos y rincones, ¿por qué escogí precisamente ése, solado con ladrillos renegridos y cruzado de viejas vigas de madera? Era de dimensiones normales y tenía una ventana pequeña que daba a una calle poco transitada.
Era un lugar tranquilo y penumbroso. La mayor parte del tiempo que permanecía allí, estaba con la luz encendida.
Este cuarto apartado comunicaba con otro más profundo, que no tenía ninguna otra salida.
Oscuro, sin ventilación, con olor a humedad, allí se amontonaban objetos inservibles y muebles desvencijados.
Una cortina separaba el cuarto del trascuarto. Aunque no hubiese corrientes de aire, a veces se movía. Sus pliegues cobraban vida. Una ondulación recorría a la cortina que hacía amago de entreabrirse. Un temblor que me dejaba con el aliento en suspenso y los ojos fijos en la tela de sarga.
Nunca le daba la espalda al trascuarto. Cuando me sentaba a la mesa, situada en el centro de la habitación, la cortina quedaba a mi derecha. Incluso cuando me levantaba para ir a la estantería a coger un libro, o para estirar las piernas, no la perdía de vista.
Una vez me quedé dormido en la butaca. Cuando desperté, había anochecido. Quedé paralizado. La boca del trascuarto se había difuminado. Me vino un olor a moho y a ranciedad. En esa atmósfera enrarecida percibí una amenaza.
Adquirí la costumbre de inspeccionar el trascuarto antes de ponerme a leer o a escribir. Descorría completamente la cortina y entraba, deteniéndome de inmediato a causa del tufo a cerrado.
Cuando mi olfato había asimilado ese olor, efectuaba mi visita a la luz de una linterna.
Años después –yo ya no vivía en la casa-, ese ala fue objeto de una reforma. Cuando me lo comunicaron por teléfono, tomé la decisión de regresar.
Quería ser testigo de cómo destejaban el trascuarto y lo dejaban expuesto a la acción del sol y del viento. Quería contemplar cómo el aire viciado de esa cámara oscura se diluía en el fresco día primaveral.

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Una mala racha (y VI)


VI
Se derrumbaba y no podía hacer nada por impedirlo.
Sintió un amago de náusea que achacó al vaho acaramelado de la tarta de Saint Honoré.
La necesidad de crear un espacio interior ajeno a las contingencias emergió con más fuerza.
Era un pensamiento ridículo, se dijo. Ella era una mujer de su tiempo. Incluso, en algunos aspectos, una adelantada.
Aunque la actitud de su marido la irritase, su displicencia era comprensible. Con las diferencias propias de cada personalidad, ésa habría sido también la reacción que ella habría tenido en circunstancias similares.
¿Por qué se preguntaba si había un reino interior? ¿Para alcanzarlo tenía que traspasar esa raya tras la que se extendía un páramo?
¿Pero cómo se llegaba a un lugar que sólo existía en su imaginación? ¿Que sólo era el producto de su deseo?
Visualizó una cebolla de tantas capas que el corazón del bulbo era inaccesible. Luego, sin solución de continuidad, un juego de cajas chinas, en el que siempre había una embutida en otra.
¿No había eliminado de su vida el absurdo y la sordidez? Su pulcro salón era la prueba. Si acaso, se dijo tras echar una ojeada, habría un poco de polvo en las estanterías. Tal vez alguna pelusa debajo del sofá. Nada que se pudiera detectar a simple vista.
Pensó en ventanas tapiadas, en candiles cuya reserva de aceite se había agotado, en estrellas extintas.
Tenía que traspasar ese umbral.
Mercedes seguía balanceándose en el sillón. Raquel y Nicolás la contemplaban en silencio.
Tenía calzados los pies con unas flexibles zapatillas de cuero granate. Cuando detuvo su vaivén, se quedó mirándolos.
Los tenía tan fríos que habían perdido la sensibilidad. Era como si se los hubiesen amputado. Ahora no podía andar. Ni siquiera ponerse en pie porque caería redonda.

Nota.-En Una mala racha (I) puedes leer el relato completo.

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Una mala racha (V)


V
Raquel se apresuró a coger la taza de Mercedes y ponerla en la mesa.
A continuación se levantaron los tres. Mercedes volvió a preguntar:
-Entonces ¿no me lo vas a decir? –y salió detrás de su marido.
Raquel y Nicolás permanecieron de pie delante del sofá.
Más tarde, en su propio salón, Raquel siguió contando a su marido las divagaciones de Mercedes.
-En otra ocasión me habló de un documental sobre poblados africanos que le produjo una fuerte impresión. Las chozas eran de adobe y paja, y estaban distribuidas en círculos. Los efectos del soplo caliente del viento y de las ráfagas de polvo eran patentes. Y sobre todo los de la sequedad.
-¿Y qué?
-Entonces se hizo una pregunta que la angustió: “¿Cómo puede vivir alguien en esas condiciones?”.
-Vaya –apuntó irónicamente Nicolás-, la correcta conciencia de una señora repantigada en un sillón, ante un televisor de pantalla plana, sufrió un ataque de desolación.
-No es eso.
Paco estaba en el cuarto de baño. Cuando Mercedes llegó, se echaba agua en la cara y en el cuello. Se mojaba la camisa y el jersey, pero no parecía darse cuenta.
Mercedes regresó al salón tiritando, como si tuviese frío o fiebre. Se sentó con las piernas juntas y empezó a balancearse. Luego dijo:
-¡Qué merienda os estamos dando!
Y prosiguió:
-Con la tarta tan buena que habéis traído. A mí se me han quitado las ganas. Comed vosotros.
-Por favor –replicó Raquel-, ¡qué importa la tarta!

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Una mala racha (IV)


IV
Una vez Mercedes comentó a su marido que se sentía incapaz de trasponer ese umbral. La perspectiva de adentrarse en un desierto la atemorizaba.
-¿Y para qué tienes que cruzar ese desierto?
Mercedes calló. Sólo sabía que era algo que debía hacer.
Paco, dando a entender que ese asunto carecía de importancia, se encogió de hombros.
A Mercedes le resultaba más fácil sincerarse con Raquel. Ésta escuchaba sus divagaciones, las tomaba en serio. Pensó que había sido un error contar a Paco esa historia de puertas que hay que franquear y páramos que hay que atravesar.
No estaba perdiendo el sentido de la realidad. Tampoco le había dado por fantasear. Tenía los pies en la tierra. ¿Qué estaba rebullendo en su interior?
Junto a la tarta había un mechero de plástico, cuyo dueño era Paco, el único fumador del grupo. Raquel, que tenía declarada la guerra a dicho material, declaró que el uso de esa clase de objetos debería tipificarse como delito.
Cuando fue a exponer sus argumentos, sonó el teléfono y todos volvieron la cabeza hacia el aparato, que estaba en una mesita supletoria con enaguas, a un lado del sofá.
Se escucharon varias llamadas antes de que Paco se levantase del sillón y lo descolgase.
En el salón se hizo el silencio. Las mujeres se mantenían erguidas en sus asientos. Nicolás se recostó en el almohadón del respaldo.
Tras oír unos instantes, Paco se dio media vuelta y se puso de espaldas a los demás. Paco era de constitución fuerte, cargado de hombros. Estuvo un rato con el auricular pegado a la oreja. Sin decir nada. Al menos ninguna frase larga.
Luego colgó el teléfono con cuidado, como si fuera de cristal y pudiera romperse si procedía con brusquedad.
Mercedes esperó a que su marido acabara de realizar esa delicada operación antes de preguntar con una nota discordante en la voz:
-¿Qué pasa, Paco?
-No te va a gustar. Es una mala noticia.
Y como si esto fuera todo lo que tenía que comunicar, Paco se dirigió a la puerta del salón.
-¿No me lo vas a decir? ¿Adónde vas? Me estoy poniendo nerviosa.
La taza de café con leche que tenía en la mano, empezó a bailar.

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