
Tamiza el visillo
la luz de la tarde,
destila la estancia,
de estío, el sopor.
En coqueto vaso
que dejó el acaso
en una repisa
del aparador,
cortada, caída,
dormita la flor.
En una butaca,
la niña, tendida,
gentil, presumida,
que guarda en el seno
secretos de amor,
la mira aburrida
y lleva, perdida,
la mente a su amor.
Frente a la butaca,
pintado en un lienzo,
arcaico, elegante,
se planta un señor
que luce un bigote
y lleva una espada
caída, arrastrada,
y mira, sonriente
y un poco cargante,
a la bella niña
que sigue caída,
preciosa, indolente
y casi dormida
sobre el butacón.
En la mesa, el gato
de pelo sedoso
y mover unduoso,
con un cascabel
y un lazo de raso
que le da calor,
entorna los ojos
y mira al señor
que mira a la niña,
que mira a la flor,
que, blanda, declina
en el bello vaso,
sobre la repisa
del aparador.
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