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Entrada la noche, siento la llamada imperiosa y me adentro en esas calles oscuras y torcidas.
¿Mi alma no aprecia la belleza del mundo, no se contenta con ella y por eso desciende al antro en el que se rinde culto al ídolo?
Mientras me pierdo por esos andurriales, me hago esa pregunta.
Quiero desvelar el secreto de mi fascinación por el ídolo ante el que, a pesar de mis rebeliones y mis propósitos de enmienda, acabo postrándome.
Esa imagen merece que la destruyan, y que luego esparzan los pedazos por los cuatro puntos cardinales para que nadie pueda recomponerla y ofrecerla a la adoración, para que nadie pueda entregarse a esos ritos, de los que se regresa mustio y cabizbajo.
¿Cuántas veces, a la vuelta, me he preguntado por qué no me sacudo ese yugo y me convierto en un hombre libre, por qué no dejo de ser un despreciable idólatra?
Pero soy consciente de que carezco de fuerza para tomar y, sobre todo, mantener esa decisión.
Alguna vez me he plantado y no he ido. Pero ese arrebato es la rabieta de un niño que acaba cediendo.
El ídolo ejerce su tiranía sin aspavientos ni alboroto. En sus toscas facciones de gran manitú se lee la certeza de quien se sabe dueño de los círculos viciosos por los que vagan sus fieles, a los que contempla indiferente desde su hornacina en penumbra. La certeza de quien sabe que ellos por sí solos no serán capaces de salir del laberinto.
También yo lo creo. Sólo un acontecimiento imprevisto, una intervención providencial, un desastre, pueden imprimir un giro a esta situación y hacer que prevalezcan los beneficios del aire, del sol y de la lluvia.

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Sólo queda aceptar, tras tanta resistencia,
tras tantas pataletas, tras tantos comentarios
inútiles, irónicos, sólo queda aceptar
eso que tú ya sabes, aceptar de buen grado,
poniendo buena cara, poniendo el corazón.
Así pues, no demores por más tiempo el momento
y acepta de una vez lo que te parecía
el mayor sinsentido, una monstruosidad.
Ha llegado el momento de que digas que sí
y aceptes de una vez lo fatal, lo caótico,
lo que no tiene pies ni tampoco cabeza,
en fin, lo inaceptable.

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I
Me levanto temprano, hago las cuatro cosas necesarias y bajo la escalera deslizando la mano por la barandilla.
Empiezo un nuevo día, aunque todos son tan parecidos que, al recordarlos, resulta difícil distinguir uno de otro.
Mi vida se circunscribe a un único episodio. Toda ella está contenida en la cadena de actos anejos al hecho de recorrer la misma calle incansablemente.
II
La calle está silenciosa. A otras horas del día está bastante animada pero a las siete los vecinos duermen todavía.
No todos. Cuando paso delante del número seis, el viejo está en el portal con el libro.
Se acerca a la puerta y me lo muestra. “Léelo” me repite, “no pierdes nada”.
Sostiene el libro con una mano y lo señala con el índice de la otra.
El viejo tiene una barba larga y puntiaguda. Su cara me recuerda la de un animal doméstico: un gato o un perro.
Un transeúnte aparece por una esquina. Avanza con determinación pero sin prisa. Se me antoja que viene de lejos y aún le queda un largo camino. Pienso en peligros, naufragios y tribulaciones. Mi imaginación se puebla de mares, desiertos y ciudades.
Lleva la cabeza ligeramente inclinada, como si fuera meditando. De su hombro cuelga un bolso.
Una camioneta traqueteante profana la quietud de la calle en cuyo irregular adoquinado abundan los baches. Sin dejar de andar me vuelvo para contemplar cómo se aleja el ruidoso vehículo.
Tropiezo y, tras dar varias zancadas desiguales, caigo.
No hay nadie. Nadie ha sido testigo de ese ridículo percance. Si alguien me descubriera arrodillado en el suelo, creería que estoy rezando.
Me duelen los huesos y me he magullado la palma de la mano izquierda.
Quiero levantarme rápido pero no puedo.
Observo la calle, tan recta, sus edificios de fachadas roñosas, sus ventanas cerradas, sus portales oscuros, sus tiendas de olores abigarrados e intensos, sus bares de clientela fija, observo la calle que ando y desando tantas veces al día.
La calle a la que estoy condenado. La calle de la que nunca podré evadirme. La calle que en determinados momentos suscita en mí un rechazo visceral, aunque en verdad no la odio.
No sin trabajo me pongo en pie. Me sacudo los pantalones. Me masajeo las rodillas. Reemprendo la marcha cojeando levemente.

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Cuando no sé qué hacer y me asaltan las dudas,
me paro de inmediato.
Mas no crean ustedes que en este mundo nuestro,
eficaz, productivo, es una cosa fácil
pararse, no hacer nada. Lo fácil es correr,
afanarse, salir, entrar, dar empujones,
como cuando hay rebajas, como cuando buscamos
las mejores ofertas.
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