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…¿Dónde exactamente? ¿En la sierra de Hueva o en la de Sevilla? En ambas hay romero, brezo, encinas, madroños. Había olvidado el nombre del pueblo. La estrecha carretera discurría flanqueada por cercas de piedra, que se alzaban más allá de las profundas cunetas. A la altura de los primeros corrales acababa el asfaltado y empezaba el piso de adoquines. La carretera se convertía en calle. Aquí y allá, interrumpiendo la blancura de las paredes, aparecían portones pintados de añil, como retazos de cielo…

…pelo recogido en un moño, tez morena, ojos rasgados, nariz recta, pómulos marcados, labios finos, barbilla bien moldeada. Pero su cuerpo había perdido la gracia de la juventud. Encarnecido y ajado, contrastaba con la belleza de las facciones.
Los signos de la servidumbre convivían con una sensibilidad que se adivinaba exquisita. Esta era la impresión que sus andares garbosos y su mirada profunda confirmaban.
El efecto era turbador, pero duraba el tiempo de oírla hablar.
Destacados miembros de la corte celestial salían malparados en cuanto abría la boca, pues, antes de entrar en materia, tenía por costumbre lanzar unos cuantos juramentos.
Tachonada de palabras soeces, su conversación giraba de preferencia sobre lances amatorios, que exponía con minuciosidad y parsimonia.
Tal era su reputación de deslenguada que, para no desmerecerla, le era necesario realizar piruetas verbales más propias de un poeta gongorino que de una comadre…

 

 

 

…Martín entró sigilosamente por la puerta trasera, que él sabía cómo abrir aunque estuviese cerrada. Pegado a la pared del patio, se deslizó de puntillas. Las luces estaban apagadas, pero eso no lo tranquilizó. Su padre podía estar esperándolo en la oscuridad con la correa en la mano. Ojalá tuviera que levantarse temprano y ya se hubiese acostado. ¿Y si había echado el cerrojo a la puerta de la cocina? La cabeza le bullía de negros pensamientos mientras avanzaba muy quedo. Lo más probable era que esa noche no se librase de una buena tunda…

…una larga hilera de chumberas se extendía en paralelo a las vías del tren. “Allí es” dijo Martín a la pandilla que capitaneaba. Los niños venían pertrechados con cubos y cañas rajadas y abiertas por uno de sus extremos, de forma que quedara un hueco del tamaño de un huevo. Esta cavidad se mantenía con la ayuda de una piedrecita colocada en el interior y fijada con cuerdas.
Dejaron los cubos de plástico en el suelo y contemplaron ese amasijo de pencas cargadas de higos y erizadas de espinas. Martín no había exagerado. Sin pérdida de tiempo pusieron manos a la obra.
Al cabo de cinco minutos se oyeron ruidos guturales y a un niño que gritaba: “¿Qué te pasa?”. Otro dijo: “Se ha engollipado”.
Martín se acercó corriendo. Encorvado y rojo como la grana, uno de sus compañeros se esforzaba por expulsar el mazacote de pulpa y pepitas que le obstruía la garganta, cortándole la respiración.
En un tris estuvo de morir asfixiado. Pero gracias a los golpes que Martín le propinó en las espaldas pudo arrojar el bolo verdoso…

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– ¿Y entonces?
-No sé.
-Pero yo la vi el otro día con el hijo de Adriana, los dos muy juntitos y acaramelados. Con decirte que ni siquiera me saludó. No me vería, claro.
-Esta hija mía se achara en cuanto se habla de novios. Seguramente tú sabes más que yo…

…te topas con ellos en cualquier parte. Morenos y sucios. Moviendo a compasión o a desprecio. La gente los mira de refilón, temiendo que se acerquen. No acaba de acostumbrarse. A lo más que llega es a considerarlos una nota pintoresca. Alegres pero sin educación. Desharrapados. Mientras tomas un café o saludas a un conocido, se acercan mirándote directamente a los ojos. Con una sonrisa en los labios. Vienen a pedirte dinero y tú los despachas como buenamente puedes. Tal vez esbozando una mueca de disgusto. Sin mirarles a la cara. Negando con la cabeza. Y ellos se dan media vuelta. Igual de contentos. Tanto si tu puño se ha abierto como si se ha mantenido cerrado…

…no se negaría en redondo. Ése no era su estilo. Alegaría que estaba ocupado. Mientras marchaba a su encuentro, imaginé la charla que tendríamos, incluidos sus gestos.
En efecto, no podía ser. No me dio ninguna razón de peso. Se limitó a exhibir su abanico de recursos, que me sabía de memoria, para cuando no quería hacer algo.
Adoptó un aire de arrogancia apenas contrarrestado por sus inconsistentes excusas. Sus sólidos argumentos las llamó sin pestañear. Luego dijo algo sobre dificultades insalvables. Yo observaba cómo hacía el paripé…

Higuera (I)

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…sus sospechas se revelaron ciertas. Pedrito Andévalo se había mostrado reticente y poco preciso en la conversación mantenida en el bar del Nuncio. Una actitud semejante sólo podía significar una cosa: había un sector que se oponía a que él encabezase la candidatura en los próximos comicios locales. Un sector minoritario pero influyente que, a pesar de su jacobinismo, no tenía reparo en conchabarse con el ala más conservadora del partido con tal de conseguir sus fines.
Lo veía con meridiana claridad. Si pensaban que iba a darse por vencido, se equivocaban de medio a medio…

…huíamos de Rosario Velarde como de la peste. Bastaba que se aludiese a cualquier enfermedad para que ella empezase a experimentar los síntomas. Aparte de lo aprensiva que era, se consideraba el ombligo del mundo.
Sabíamos todo lo referente a su embarazo y al nacimiento de su hija, que su madre estaba chocha por la nieta y se pasaba el día haciéndole gachas, que no probaba el alcohol ni le gustaban las alubias, que el director del banco donde trabajaba le había llamado la atención injustamente por hablar demasiado con sus compañeros, cosa que no era cierta pues ella era una persona más bien callada…

…eso es lo que soy, una cornuda –concluyó al tiempo que un vaso se le escapaba de las manos y por poco se rompe.
-Estás en boca del pueblo –prosiguió con voz entrecortada-. Tú y tus belenes. Y habrá que oír lo que dicen de mí. Que soy una consentida. Una que aguanta carros y carretas. Pero esto se va a acabar. Estoy hasta la coronilla de ser el hazmerreír del vecindario.
Impávido, desde la puerta de la cocina, Juan presenciaba los platazos y cucharazos que su mujer daba en el fregadero entre hipidos y sorbetones…