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1
Vivir no es otra cosa
que una cuestión de nervios,
de nervios bien templados,
capaces de hacer frente
a los duros embates,
desengaños y trampas
que jalonan los días.

2
Poco a poco uno aprende,
si no es tonto del todo,
a parar, encajar,
esquivar, aguantar.
En este batallar
valen todas las técnicas
y todos los estilos.
El caso es no perder
el terreno ganado
y seguir adelante
como buenos soldados.

3
Cuando llueven los golpes
y bajo nuestros pies
la madre Tierra se abre
con aviesa intención,
hay que andarse con tiento
y no salir pitando
llevados por el pánico,
nuestro más natural
y comprensible impulso.

4
Detenerse y templar,
eso es lo que hay que hacer.
Detenerse a pie firme,
dar un buen capotazo
y esperar a que el toro
embista nuevamente.
La vida es un morlaco
mirándonos de frente.

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Bruto (I)

El trascuarto


La casa tenía gruesos muros que no dejaban pasar ni el calor ni el frío, numerosas habitaciones, un soberado por donde se oía corretear a los ratones, un patio y un corral con varias dependencias. Era una casa en la que uno podía perderse fácilmente.
Entre tantos aposentos y rincones, ¿por qué escogí precisamente ése, solado con ladrillos renegridos y cruzado de viejas vigas de madera? Era de dimensiones normales y tenía una ventana pequeña que daba a una calle poco transitada.
Era un lugar tranquilo y penumbroso. La mayor parte del tiempo que permanecía allí, estaba con la luz encendida.
Este cuarto apartado comunicaba con otro más profundo, que no tenía ninguna otra salida.
Oscuro, sin ventilación, con olor a humedad, allí se amontonaban objetos inservibles y muebles desvencijados.
Una cortina separaba el cuarto del trascuarto. Aunque no hubiese corrientes de aire, a veces se movía. Sus pliegues cobraban vida. Una ondulación recorría a la cortina que hacía amago de entreabrirse. Un temblor que me dejaba con el aliento en suspenso y los ojos fijos en la tela de sarga.
Nunca le daba la espalda al trascuarto. Cuando me sentaba a la mesa, situada en el centro de la habitación, la cortina quedaba a mi derecha. Incluso cuando me levantaba para ir a la estantería a coger un libro, o para estirar las piernas, no la perdía de vista.
Una vez me quedé dormido en la butaca. Cuando desperté, había anochecido. Quedé paralizado. La boca del trascuarto se había difuminado. Me vino un olor a moho y a ranciedad. En esa atmósfera enrarecida percibí una amenaza.
Adquirí la costumbre de inspeccionar el trascuarto antes de ponerme a leer o a escribir. Descorría completamente la cortina y entraba, deteniéndome de inmediato a causa del tufo a cerrado.
Cuando mi olfato había asimilado ese olor, efectuaba mi visita a la luz de una linterna.
Años después –yo ya no vivía en la casa-, ese ala fue objeto de una reforma. Cuando me lo comunicaron por teléfono, tomé la decisión de regresar.
Quería ser testigo de cómo destejaban el trascuarto y lo dejaban expuesto a la acción del sol y del viento. Quería contemplar cómo el aire viciado de esa cámara oscura se diluía en el fresco día primaveral.

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Gamonita (III)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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Habla Borges del poeta menor de la antología, pero sus reflexiones son aplicables a cualquier hombre que no vio cumplidos sus sueños.
En el caso del poeta menor quedará una palabra en un índice. En el del ser humano corriente ni siquiera eso. Pero tal destino no es una desgracia. Es, por el contrario, una gran fortuna.

 

 

 

 

¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?

(…)

Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra
pensará que los dioses han sido avaros.

Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?

(…)


 

Gamonita (II)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En su libro “Memorias de un niño políglota” mamá detalla nuestras giras por España y por el extranjero.
Nos hemos convertido en una pareja famosa. Nuestras apariciones en televisión, aparte de proporcionarnos popularidad, han creado un cliché sobre mí.
Las conversaciones más bien estúpidas que mantengo en los platós con el nativo de turno, suscitan una incomprensible admiración.
Mis actuaciones se desarrollan según un esquema que admite pocas variaciones. Un presentador sonriente empieza haciendo preguntas a mamá, casi siempre las mismas, como lo son también las respuestas.
A continuación me somete a un cuestionario cuyo objetivo es informar al espectador de mis gustos y aficiones.
Tras esta introducción cuya finalidad es demostrar mi normalidad, el presentador, frunciendo levemente el entrecejo, me invita a exhibir mis dotes.
El número consiste en recitar textos y mantener un diálogo con los nativos que me tienen preparados. También se pide a alguien del público, que me ponga a prueba.
Con esta batería de improvisadas preguntas en diferentes lenguas finaliza mi intervención entre los aplausos de los espectadores convencidos de que no hay trampa ni cartón.
Madrid, París, Londres, Berlín, Roma, Moscú…son algunas de las ciudades que he visitado en compañía de mamá y de miss Pratolini primero, y de miss Kovalevski después.
En nombre de la ciencia o de la diversión, me han hecho desde simples test a sofisticados electroencefalogramas, cuyos resultados mamá se ha encargado de recoger y ordenar.
Después que miss Kovalevski nos dejara, mamá invirtió seis meses en componer su libro, que está teniendo un éxito notable. Para mí ha sido un respiro. Si no fuera por los inevitables paseos, incluso podría afirmar que llevo una vida como la de cualquier otro niño de mi edad.
Ahora tengo un profesor particular al que se la encomendado la tarea de completar mi formación cultural, plagada de lagunas.
Es evidente que estoy mejor dotado para las lenguas que para las matemáticas. De hecho, he aprendido portugués escuchando la radio.
Ayer mamá me dijo que me tiene preparada una sorpresa. Me pregunto cuál será su nacionalidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Le lengua italiana se me rindió en cuestión de semanas. Mamá previno a miss Pratolini de que “eso” ocurriría con precisión matemática.
“Eso” no era una profecía sino una deducción basada en datos de los que mamá se había hecho un deber dejar constancia por escrito.
Tenía rellenos varios cuadernos en los que consignaba al detalle todo lo referente a mi aprendizaje. Estas anotaciones no eran sólo de índole pedagógica. Un sinnúmero de anécdotas ocupaban tantas páginas como las consagradas a mis progresos lingüísticos.
Con miss Pratolini se inició una nueva etapa marcada por los viajes. Había llegado la hora de salir del anonimato.
Yo tenía seis años y la suficiente lucidez para saber a qué atenerme. Según los testimonios de los que frecuentaban nuestra casa, nunca habían visto a mamá tan emprendedora y feliz.
Me volví más taciturno, pero nadie pareció reparar en ese cambio. A fin de cuentas yo era más bien reservado.
A raíz de mi primera intervención radiofónica, seguida de una entrevista en un periódico local, mamá había concebido proyectos más vastos.
A miss Pratolini no hizo falta convencerla de que colaborara. Desde el primer día secundó encantada los planes de mamá.
Era un poco más joven que la señora. Esta circunstancia, unida a unos caracteres semejantes, contribuyó al buen entendimiento de ambas mujeres, que pusieron manos a la obra con empeño.
A papa lo escamaban sus interminables conversaciones, que concluían en una llamada de teléfono o en la redacción de una carta. Su interés era acogido con deferencia y sus preguntas respondidas con parquedad. Si insistía, se impacientaban. Si se sentaba con la intención de participar en la charla, ésta empezaba a languidecer.
Mamá necesitaba que festejasen sus ocurrencias. Si se procedía de esta forma, cabía la posibilidad de modificar e incluso de suprimir, aunque para esto se requería mucha ciencia, sus planes.
A miss Pratolini le bastaron días para comprender algo tan simple. Papá, tras años de convivencia, aún no se había enterado.
Antes del evento, acompañada de la institutriz italiana, mamá recorrió la casa de arriba abajo, sin omitir el jardín, atisbando en todos los rincones. Había ordenado una limpieza general a fondo.
Mi suerte estaba echada. Una revista nacional vendría a hacer “in situ” un reportaje.

Encina