
Miss Dickinson nos dejó por iniciativa propia. Con su brutal sinceridad comunicó que se podía prescindir de sus servicios.
No hubo peros por parte de mamá. Ambas mujeres se profesaban una aversión mutua.
La institutriz británica, cuya sequedad e inflexibilidad no suscitaban la simpatía, no sólo se negaba a secundar los proyectos de la señora, sino que no tenía reparo en echar un jarro de agua fría sobre su calenturienta cabeza. Y esto, que mamá no permitía ni a su marido, se lo tenía que consentir a una extraña en virtud de las prerrogativas de su cargo.
Su incompatibilidad se manifestaba a todos los niveles. Miss Dickinson tenía buena figura y vestía con sobriedad. Mamá, metida en carnes, tenía debilidad por los colores vivos y las telas estampadas. Miss Dickinson era la discreción personificada. Mamá era parlanchina y metomentodo. Miss Dickinson era parca en el comer y no tanto en el beber. A mamá le pasaba tres cuartos de lo mismo pero al contrario. Miss Dickinson no se casaba con nadie, pues era una mujer de férreos principios. Nunca averigüé cuáles eran los de mamá, que no perdía la oportunidad de lucirse aunque fuera a costa de incurrir en flagrante contradicción. Estaban hechas para no vivir bajo el mismo techo.
Con su decisión de marcharse, miss Dickinson solventó el problema que mamá tenía planteado, y que era justamente ése: librarse de ella.
Entornando los párpados, mamá soñaba con legiones de institutrices que me enseñarían sus respectivas lenguas. ¿No era su obligación propiciar el desarrollo de mi inteligencia y sacar el máximo partido de mis dones?
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Mamá había congregado a todas sus amistades para que fuesen testigos del acontecimiento. Se deslizaba por entre los grupos interesándose por la salud de la tía o de la abuela de los invitados, interviniendo en las conversaciones o preguntando por un ausente.
A veces, como impulsada por un resorte, abría los brazos y cruzaba el salón para agasajar a una señora de porte marcial o a un joven atildado que daba la impresión de sentirse perdido en este ambiente. A renglón seguido, los abandonaba a su suerte y corría a ocuparse de otro recién llegado, a inmiscuirse en la charla de unos amigos de su marido o a verter “sotto voce” en el oído de la criada una orden o una recomendación de última hora.
Miss Dickinson y yo permanecíamos en un rincón. La fiesta era en mi honor, como así lo corroboraba el hecho de que los invitados se acercasen a felicitarme, prodigándome cariñosas palmadas.
A simple vista nadie hubiese adivinado que se trataba de una fiesta de cumpleaños. No había globos ni piñatas ni cadenetas. La mullida alfombra que silenciaba nuestros pasos, no sería tampoco espolvoreada con papelillos de colores ni cruzada por serpentinas.
Un solo detalle respondía al espíritu de una celebración de esta clase: una tarta con cuatro velitas salomónicas en mitad de una larga mesa adosada a la pared. Su aislamiento provocaba tristeza y, de hecho, constituía un elemento discordante, flanqueada como estaba de bebidas alcohólicas y exquisiteces culinarias.
Miss Dickinson no apartaba los ojos de mamá, en espera de la señal convenida para que yo hiciera mi entrada en escena. Fue ella quien me sacó de mis cavilaciones. Había llegado el momento cumbre de la tarde.
Mamá, sentada en un sillón, y papá, de pie a su lado, componían un cuadro de felicidad conyugal. Según lo previsto, yo debía atravesar la habitación y unirme a mis progenitores.
Se hizo un silencio sobrecogedor. Fue necesario que la institutriz me diese varios empujoncitos.
Cuando estaba a mitad de camino, los nervios pudieron más y eché a correr. Mamá, en cuyo regazo había buscado refugio, me separó de ella y me acarició la barbilla. Luego, con una radiante sonrisa de disculpa, se dirigió a los invitados.
El Cielo había sido muy generoso con ella. De entre todos los regalos recibidos de tan alta instancia, del que sentía más agradecida y orgullosa era de mí. Sin sombra de pudor, ponderó y enumeró mis cualidades.
Allí donde me veían, yo era un niño prodigio, concluyó.
Cuando se apagaron los murmullos, mamá prosiguió. La señorita Dickinson podía confirmarlo.
La institutriz, que no había comprendido, balbució unas palabras de excusa. Mamá me pidió que sirviera de intérprete y así empezó la función.
Miss Dickinson corroboró con un monosílabo la declaración de la señora.
Tras exponer los resultados obtenidos en pocas semanas, mamá me rogó que hiciera una demostración de mis excepcionales facultades.
No se oía el vuelo de una mosca. Me aclaré la voz y empecé a recitar en un inglés armonioso el monólogo de Hamlet:
“To be or not to be: that is the question:
Whether’tis nobler in the mind to suffer”…

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Col de jardín (Brassica oleracea) y rosa de alabastro (Echeveria elegans)

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Cuando, pocas semanas después de su llegada, miss Dickinson comunicó que estaba asombrada de mis adelantos en la lengua de Shakespeare, mamá aceptó el hecho con la mayor naturalidad.
La institutriz empezó enseñándome canciones y el nombre de los objetos corrientes, que yo memorizaba con extraordinaria rapidez, así como también sus expresiones de fastidio en relación con la comida y las costumbres indígenas.
Tener de pupilo a un niño que capta todo de inmediato, no debe ser agradable. Es difícil relajarse ante un pequeño ogro al que no se le escapa ni el detalle más nimio.
Me hago cargo de la antipatía que inspiraba a miss Dickinson. Ni siquiera podía desahogarse contando que yo era travieso o maleducado, pues mi conducta era intachable.
El sentimiento de desagrado era, en realidad, recíproco. No nos queríamos, aunque ambos tratásemos de disimularlo.
Ignoro si estuvo en mi mano ganármela. No lo intenté.
Según las reglas que impuso, pese a la estrecha convivencia, había que guardar las distancias.
En cuanto a mi instrucción, tuvo que cambiar de método. Una mañana apareció con cuadernos, libros y lápices. Iba a enseñarme a leer y a escribir en inglés.
No se privó de decirme lo que pensaba al respecto. Le parecía una burrada. Las actividades apropiadas a mi edad eran los juegos, pero ella había agotado su repertorio. Así pues, se veía obligada a emplear otra técnica más efectiva.
Yo contemplaba embelesado los cuadernos y libros que había colocado en la mesa. Estuve a punto de responder, si bien me contuve a tiempo, que estaba de acuerdo con ella.
Pero miss Dickinson no buscaba mi aquiescencia. Le habría dado igual que me mostrase encantado con esa idea. Y no iba a confesarle que estaba hasta la coronilla de sus juegos y de sus canciones.
Como era normativo no manifestar las emociones, a ello me ceñí y no hice ningún comentario.
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Flota en el aire un olor a violetas,
tan sutil como la melancolía
que rezuma gota a gota este día
declinante, de arreboladas vetas.
Mientras se alejan las preciadas metas
o van desmoronándose a porfía,
mientras disminuye la algarabía
y se debilitan las pataletas,
la fragancia se hace más perceptible.
Es el momento de cerrar los ojos
y comprobar que el milagro es posible:
ramos de lilas en lugar de abrojos
verás y oirás el inconfundible
descorrerse de enmohecidos cerrojos.

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El reconocimiento de mi portentosa facilidad para aprender idiomas tuvo lugar oficialmente el día de mi cuarto cumpleaños.
Mamá se había empeñado en contratar los servicios de una institutriz británica que cuidase de mi educación. Ella había tenido una y, aunque su inglés era macarrónico, ensalzaba los beneficios lingüísticos derivados de crecer a la sombra de una miss seria, enjuta, de ojos claros y cabellera lacia, que así es como recordaba a la suya.
Había que buscar a una miss que no hablase español, para que mis progresos en inglés fuesen más rápidos.
A papá le pareció bien la idea. Legitimada con su beneplácito, mamá se dedicó a consultar agencias y a contactar con personas enteradas; todo lo cual se traducía en largas horas colgada del teléfono. Cuando no estaba haciendo gestiones, invitaba a merendar a sus amigas y, tarde o temprano, sacaba a colación este asunto que, según confesaba, tantos quebraderos de cabeza le estaba dando.
Se convirtió en una asidua del consulado de Su Graciosa Majestad en Sevilla. En el norteamericano no puso los pies, pues tenía claro qué clase de acento quería para mí.
Sus esfuerzos se vieron recompensados. Un día apareció una muchacha delgada, más bien alta, melena lisa hasta los hombros, ojos de un azul desvaído tirando a gris, piel blanca y dedos largos. Reunía casi todos los requisitos exigidos: severidad, hieratismo, buenos modales y una ignorancia supina de la lengua española.
Había un único inconveniente: era demasiado joven. Mamá esperaba una miss de más edad.
Miss Mary Dickinson demostró sin lugar a dudas que no era necesario ser una cuarentona para hacerse respetar por un crío o por un adulto en el caso de que cualquiera de los dos se extralimitara.
La contemplo con la maleta y el bolso de viaje a su lado, de pie ante mamá, sentada en el canapé de raso rosa que engalana el salón del mismo color donde decidió recibirla.
Está de espaldas a mí, escuchando el discurso de bienvenida que mamá ha preparado.
Pero su memoria flaquea y a los pocos minutos se enreda.
Miss Dickinson, para ayudarla a salir de apuro, le hace una pregunta. Mamá dice “sorry”. Mi flamante institutriz, esmerándose en la pronunciación, repite la pregunta. Mamá sigue sin comprender.
Finalmente, miss Dickinson le tiende unos papeles a cuyo estudio mamá se aplica.
Mientras la señora está absorbida en la lectura, mi preceptora vuelve la cabeza y me mira de hito en hito. “Pian, piano” emprendo la retirada.
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